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MEDICINA Y SALUD

La familia y uno más

Con sobrada frecuencia resulta curioso comprobar cómo los hallazgos en paleontología humana, en lugar de esclarecer nuestros orígenes, conducen a los científicos hacia un oscuro callejón del que no saben salir. El champán con el que celebran el descubrimiento se convierte en una cefalea generalizada dentro de la comunidad científica.

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Hasta hace pocos años, los científicos pensaban que la historia evolutiva de nuestra especie estaba más o menos dibujada. Los descubrimientos antropológicos les habían permitido establecer tres grupos de homínidos, es decir, primates capaces de caminar erguidos: Australopithecus, Paranthropus y Homo, el género al cual pertenecemos. Los dos últimos, o sea, Paranthropus y Homo, surgieron hace de 2 a 3 millones de años a partir, según los indicios, de los Australopithecus. En concreto, nuestros primeros ancestros podrían haber evolucionado a partir del Australopithecus afarensis, que incluye a la famosa Lucy.

Pero justo cuando los antropólogos tenían el boceto de nuestro árbol evolutivo casi completo empezaron a aparecer cosas que echaban por tierra parte del trabajo. El primer hachazo en el tronco de nuestra evolución vino del hallazgo de tres nuevas especies de australopitecos: el A. anamensis, procedente de Kenya; el A. garhi, de Etiopía; y el A. bahrelghazali, del Chad. Estos nuevos parientes lejanos venían a confirmar que el género Australopithecus era mucho más diverso y estaba mucho más extendido por África de lo que en principio se pensó. Pero aquí no se quedó la cosa.

Poco después, los científicos se dieron de bruces en Etiopía con los restos del Ardipithecus ramidus, un homínido con aspecto de chimpancé que vivió en las selvas lluviosas etíopes hace la friolera de 4,5 millones de años. Y a principios de este año un grupo de arqueólogos franceses presentó en la comunidad científica al que, según ellos, podría ser el homínido más antiguo hallado hasta la fecha. Bautizado como Orrorin tugenensis, éste antepasado vivió en el continente africano hace en torno a 5 millones de años. Sin duda alguna, el puzzle de la humanidad se ha complicado hasta el extremo de que no resulta nada fácil encajar las nuevas piezas en el lugar correcto. Alegría y confusión parecen ser el sino de los que se dedican a esclarecer nuestros orígenes. En la revista Nature de esta semana, un equipo de paleoantropólogos capitaneado por Maeve G. Leakey, del Museo Nacional de Kenya, en Nairobi, ha presentado un nuevo género de homínido recién descubierto en el yacimiento Lomekwi del lago Turkana, en Kenya.

Los científicos lo han llamado Kenyanthropus platyos. Sus restos, un par de cráneos parciales, han sido hallados en unos estratos con una antigüedad de entre 3,5 y 3,2 millones de años. En el mismo lugar, se han encontrado evidencias óseas de mamíferos que indican que durante este periodo el paisaje estaba constituido por una mezcla de bosque y sabana.

Curiosamente, Kenyanthropus platyos vivió en la misma época que Lucy y sus congéneres. "Kenyanthropus muestra de forma perversa que hace 3,5 millones de años coexistieron dos ancestros del hombre", ha manifestado Maeve Leakey, nuera de la pareja de antropólogos Louis y Mary Leakey, y esposa de Richard Leakey, el afamado antropólogo y divulgador científico que llevó a cabo fascinantes hallazgos antropológicos en los años cincuenta. "Los estadios preliminares de la evolución humana son más complejos de lo que pensábamos".

Kenyanthropus platyos ha sido bien recibido por la comunidad científica. Ahora bien, su hallazgo no está exento de polémica. Los autores del descubrimiento proclaman que el homínido de Lomekwi, que mostraba un rostro bastante plano, representa un nuevo género y una nueva especie. "La primera parte es fácil de responder", ha escrito en la revista Nature el antropólogo Daniel Lieberman, de la Universidad George Washington, en Estados Unidos. El cráneo de Kenyanthropus platyos, identificado con el código KNM-WT 40000, muestra "un mareante mosaico de rasgos". Si bien es cierto que ninguna de estas características óseas resulta novedosa, también es verdad que la combinación de rasgos presentes en Kenyanthropus no se repite en ningún otro fósil de homínido. Kenyanthropus platyos recuerda a un chimpancé y comparte con A. anamensis un pequeño canal auditivo. También exhibe semejanzas morfológicas con el Australopithecus afarensis —y Australopithecus anamensis— como unos molares con un fino esmalte, un cerebro no más grande que el de un chimpancé y unos márgenes nasales achatados. Algo similar se puede decir cuando el cráneo del Kenyanthropus se pone junto a los del Australopithecus africanus, el Australopithecus garhi. El primero conserva características que están ausentes en los segundos. Es por todo esto por lo que el nuevo homínido puede ser considerado un nuevo espécimen.

Ahora bien, la pregunta del millón está en saber si el KNM-WT 40000 es un nuevo género. Así es, los científicos tienen la difícil tarea de concretar si Kenyanthropus platyos es un linaje único, una criatura lo suficientemente distinta de otros homínidos contemporáneos como para ser incluida dentro de una categoría taxonómica independiente. Reconocer y clasificar unos huesos fósiles, a veces deformados y fragmentados en miles de pedazos, es un arduo trabajo. No menos ominoso resulta conocer el comportamiento de estas criaturas desdibujadas por el tiempo, así como la búsqueda de los ambientes en los que se desarrollaron los diferentes homínidos y las relaciones entre unas y otras especies. Como señala Lieberman, el actual grado de desconcierto en lo que se refiere al génesis de la humanidad se debe a la avalancha de espectaculares descubrimientos que se han realizado en los últimos 15 años. Todos ellos hacen pensar que hace entre 5,5 y 2 millones de años ocurrió una veloz radiación de los homínidos que dio lugar a la aparición de numerosas especies en el continente africano que colonizaron diferentes hábitats. Esta diversificación que tanto dolor de cabeza levanta entre nuestros científicos fue lo que propició, sin duda alguna, la aparición del hombre.

Los especialistas saben que para estudiar y comprender la creciente colección de homínidos de la que formamos parte ya no basta con medir sus cráneos y dientes. Nuevas técnicas analíticas saldrán en auxilio de los paleoantropólogos jaquecosos.
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