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BASURA SELECTA

La fiera de mi Estefanía

Si Gracia de Mónaco levantase su testa coronada para ver cómo van las cosas por el Principado, posiblemente padecería una fuerte y dolorosa migraña al comprobar que ninguno de sus hijos ha seguido por el recto camino (entendiendo por recto camino casarse con algún heredero de familia real y posar años después con los retoñitos vestidos de comunión cuando la familia es numerosa).

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Mientras Carolina lleva ya tres maridos, el último de los cuales parece que empina el codo y alivia la vejiga por cualquier rincón, Alberto no parece tan afecto al matrimonio y su prolongada soltería provoca rumores insidiosos aunque se deje fotografiar en compañía de bellas modelos y alegres coristas. Sin embargo, es Estefanía la que más se ha alejado de la senda adornada de guirnaldas por la que suelen transitar (al menos en público) los jóvenes de las familias reales. Rebelde, irascible y caprichosa, la pequeña de los Grimaldi tiene un historial de amores tan extenso que ni el propio Jaime Peñafiel sería capaz de recitar los nombres de todos aquellos rufianes que han pasado por sus musculados brazos. Cualquiera que haya seguido en estos últimos quince años el intrincado folletín de sus amoríos reconocerá que la princesa no parece tener demasiada suerte con los hombres.

Cuando era mozuela, Estefanía vivió fugaces idilios con los hijos de Jean-Paul Belmondo y Alain Delon. Ya por aquel entonces, demostró una notable capacidad para publicitar y vender en exclusiva sus romances juveniles. Sus novios eran guapos, ricos y tenían el glamour cinematográfico de sus apellidos paternos. La prensa del corazón entendía perfectamente que la joven prefiriese las carantoñas de los hijos de las estrellas de cine que las de los aburridos vástagos de un archiduque centroeuropeo. Tiempo tendría de sentar la cabeza y buscar un esposo aristócrata y hemofílico, con el que pudiese pasar el resto de sus días tomando el té en palacio. No fue así. Siendo ya una veinteañera, Estefanía se lió con un maduro playboy francés de melena platinada, que le metió en la cabeza la idea de trasladarse a Los Angeles para iniciar una carrera como cantante. El romance duró lo que tardó en darse cuenta la princesa que desafinaba y no vendía ningún disco. No fue la más desastrosa de sus conquistas, porque unos años más tarde se encaprichó de un miembro de su escolta. El guardaespaldas Daniel Ducruet se convirtió en su esposo, le dio un par de churumbeles y luego la traicionó con la avispada bailarina Fili Houteman.

Las imágenes de aquella infidelidad en la piscina de una villa de la Costa Azul se convirtieron en uno de los pornos caseros de mayor difusión de los años noventa. ¿Qué podía esperar Estefanía de alguien como Ducruet, que fue capaz de amartelarse con Marujita Díaz para promocionarse como cantante melódico en España?

Tras el divorcio de Ducruet, Estefanía siguió apuntando nombres en su abultada agenda de novios, pero ninguno de apellidos sonoros o con la hemoglobina regia. Con tanto roce en las estaciones de invierno, la menor de los Grimaldi cometió una imprudencia y tuvo una niña con Jean-Raymond Gotlieb, otro mocetón fornido que se encargaba de vigilarle las espaldas, incluso en el lecho.

Pero el escándalo de convertirse en madre soltera ha quedado definitivamente eclipsado por su actual relación con el suizo Franco Knie, un empresario circense de origen aristocrático, que doma elefantes, leones y otras fieras salvajes. Además de su pintoresco trabajo, el domador está casado y tiene un hijo. Esta circunstancia ha sido la que ha generado una morbosa controversia en las últimas semanas, puesto que la esposa abandonada acusa a Estefanía de haberle quitado el marido. Según el testimonio de la pobre mujer, la princesa fue acogida en su casa como una más de la familia, pero nunca sospechó que acabaría integrándose tanto.

De esta curiosa relación entre carromatos, jaulas y trapecios, conviene destacar la dedicación de Estefanía al mundo del circo. Se le ha visto fotografiada dando de comer a los elefantes o mimando a las cebras, junto a su nuevo novio. También conviene destacar el inquietante parecido físico de Franco Knie con Rainiero de Mónaco cuando era joven. Los dos tienen el mismo bigotillo de galán de opereta. Esta presencia de la figura del padre nos hace sospechar que todos los conflictos psicológicos de la desventurada princesa puedan tener su origen en un complejo de Electra mal resuelto.

Aún es pronto para saber si Estefanía se cansará del olor a tigre y las boñigas de los elefantes, pero esperemos que Franco Knie tenga el tiempo suficiente para amansar a una fierecilla de tan indómito carácter.
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