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UN CENTRISTA CONFUNDIDO

La globalización según Pimentel

Tiene razón el ex ministro de Trabajo del Gobierno popular Manuel Pimentel cuando dice, en un artículo publicado en Cinco Días el pasado 20 de junio y titulado Una globalización económica interesante, que este fenómeno es imparable porque nada ni nadie podrá detenerlo. Pero lo sorprendente del artículo es que esta afirmación es la única relativamente acertada, siendo las restantes un compendio de tópicos, falacias y disparates que resume bien las opiniones “progresistas” e intervencionistas que se suelen escuchar sobre la globalización.

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Lo primero que llama la atención es que, después de mencionar el carácter imparable de este fenómeno, Pimentel asegure que lo importante es decidir cómo nos globalizamos ya que debe ser un instrumento, no un simple fin, para construir un mundo mejor y más justo. Parece difícil compaginar el que, por un lado, nada ni nadie pueda parar la globalización, con que al mismo tiempo sea un instrumento, en manos de los gobernantes, se supone, para alcanzar estos objetivos tan loables.

Este político “progresista” no entiende que precisamente la globalización es imparable porque canaliza las libres iniciativas protagonizadas por millones de agentes económicos que buscan mayores beneficios superando fronteras nacionales a través del comercio, las inversiones o el trabajo. Así entendida, difícil es que la globalización pueda instrumentarse y canalizarse por mucha “ingeniería social” que quiera utilizar Pimentel. Como mucho podrá frenarse, y esto es lo que suele suceder cuando se ponen en marcha medidas proteccionistas que limitan la libertad.

Pero si mal entiende la esencia de la globalización, peor analiza sus consecuencias. El político “centrista” asegura que el camino recorrido por la globalización no ha servido para disminuir las desigualdades, y menciona, cómo no, la repetida monserga de que los ricos son más ricos, y los pobres, más pobres. Los ricos son efectivamente más ricos porque sus economías han entrado en el concierto internacional abriendo las fronteras a los productos, al capital y a la mano de obra, como tan claramente sucedió en España a partir de 1959, mientras que los países pobres se estacan o apenas crecen porque permanecen al margen de este proceso. El resultado es que las divergencias de riqueza efectivamente aumentan, pero no por culpa de la globalización, sino por ausencia de ella en una parte del planeta, precisamente en las regiones más empobrecidas.

Para terminar, Pimentel propone para aliviar los supuestos efectos perversos de la globalización un disparate económico mayúsculo. Sería necesario, vienen a decir, que instituciones globales arbitraran sistemas para redistribuir rentas en las regiones más pobres y un efecto beneficio de esta política sería que las compañías de telefonía móvil e informática incrementarán sus clientes, por lo que ya no tendrían que reducir plantillas argumentando que el mercado occidental está saturado. Es decir, en lugar de crear su propio aparato productivo globalizándose, los habitantes de países pobres se deben conformar con ser meros consumidores gracias a las rentas caritativamente redistribuidas. O haciendo una caricatura, que los pobres sigan siendo pobres aunque, eso sí, con teléfonos móviles.

Lo más sorprendente es que, con un ministro de Trabajo que sostiene semejantes teorías económicas, el empleo haya mejorado durante su mandato. Afortunadamente, la sociedad civil consigue algunas veces sobreponerse a sus gobernantes.
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