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DRAGONES Y MAZMORRAS

La movida cultural

El traspaso de Marisa Blanco a Babelia —que ya es oficial— ha originado un curioso corrimiento de puestos en el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, origen de muchas y descabelladas especulaciones en las que no entraré porque son aburridísimas. Que Marisa Blanco haya pasado de ABC a El País parece normal, dada la “filosofía” de la que fuera en su día una aplicada alumna de Lledó y la jefa de prensa de Carmen Alborch. Y a fe que debió de ser buena en este puesto porque jamás vi ministra más metepatas y mejor tratada por la prensa en toda mi vida.

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Ni siquiera la oposición se atrevía a decir lo que las risas extemporáneas de la susodicha proclamaban a los cuatro vientos: que parecía todo menos una ministra de Cultura. Nadie, ni la propia Carmen Alborch, sabía todavía que, en el fondo, no era más que una escritoraza. Aún recuerdo con estupor la presentación que hizo en un céntrico bar de copas de Madrid del número de Poesía dedicado al Guernica. Entre risas convulsivas de “muchachita pelirroja” de bote, ese “afortunado cruce de Buggs Bunny y Sofía Loren”, como la llamó no recuerdo quién hace tiempo, dijo cosas tan profundas como: “¡Qué ilusión me hace presentar este número! ¡Con lo que me gusta a mí el Guernica! ¡Y lo que representa para todos…!¿Quién no ha tenido un Guernica colgado de su cuarto?, etc.” Así que fíjense si era buena en lo suyo Marisa Blanco.

Después, a la caída de la Alborch, la Blanco entró en el ABC Cultural, apoyada por José Miguel Ullán que acababa de ser fichado por ese periódico para llevar toda la movida cultural. ¡Nunca lo hiciera! Fue el fin de una larga amistad que se había fraguado desde los tiempos en que los dos trabajaban para el Grupo16. Según testigos directos, los enfrentamientos entre ambos fueron continuos y Ullán acabó marchándose del periódico a los dos o tres meses de su nombramiento. Con él se marchó también Carlos Ortega (uno de los numerosos directores de la Biblioteca Nacional que tuvieron los socialistas), a quien Marisa Blanco había nombrado subdirector de ABC Cultural y cuya firma he visto yo últimamente en Babelia. Me pregunto por cuánto tiempo la seguiremos viendo ahora. Y esto me lleva a reflexionar sobre lo difícil que es nadar y guardar la ropa. La supervivencia, sin duda, es un arte que hay que cultivar con mimo.

Volviendo a las repercusiones del babélico fichaje, lo que más me llama la atención no es el nombramiento de Fernando R. Lafuente para dirigir el suplemento del ABC Cultural (lo hará de forma inmemorable) sino el temprano traslado de Jon Juaristi de la Biblioteca Nacional al Instituto Cervantes y no hablemos ya de Luis Racionero para suplir a Juaristi. A pesar de estar muy bien relacionada no consigo que nadie me lo explique, hasta el punto de que he llegado a pensar que debe de tratarse de asuntos de escalafón. Otra cosa no me cuadra porque si alguien es bueno para dirigir la Biblioteca Nacional, también lo será para dirigir el Instituto Cervantes (el caso Juaristi lo demuestra) luego, en buena lógica, ¿por qué no haber nombrado directamente a Racionero director del Instituto Cervantes dejando así solo una vacante, si me permiten la expresión, menos comprometida, como es la del Colegio de España en París? Pero ya se sabe que en algunas operaciones aritméticas el orden de los factores no altera el producto.

Ya que estoy metida en faena, me atrevo a lanzar una sugerencia a las autoridades competentes, por si todavía no tienen candidato para París: nombren ustedes a un Semprún. Y no me refiero a Jorge, ni mucho menos, sino a su hermano Carlos Semprún Maura (que así se llama y firma), nuestro colega de Libertad Digital, también escritor y residente en París. Sería hacer justicia a la labor de una persona que conoce al dedillo todos los intríngulis de ambas culturas. Seguro que entonces no le faltarán editores para la segunda parte de sus memorias (la primera se la publicó Planeta), porque las editoriales llevan eso de estar en el candelero muy a pecho hasta el punto de que para publicar puede más la coyuntura biográfica del autor que su abultada bibliografía. Cuando propuse a un joven editor que rescatara cierta obra de cierto autor, ya muy retirado del mundanal ruido, me contestó con total ingenuidad o absoluto descaro: “Mira, tienes razón, es muy bueno, pero reconóceme que a estas alturas publicar a fulanito no queda nada sexy”. Y la verdad, es que visto así, tenía razón, maldita sea.
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