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FUEGO AMIGO

La niña que quería repetir curso o el poder de la ley

En un programa reciente de televisión nos enteramos de un caso muy interesante. Una muchacha ha estado casi todo el curso escolar enferma y, como dice ella misma, incluso si el recreo fuese una asignatura, la habría suspendido. Es decir, no ha aprobado ninguna. Por eso tanto ella como sus padres quieren que repita curso, consideran que necesita la formación que no ha podido recibir en el curso pasado. Las autoridades del centro escolar se niegan a los deseos de los padres y la obligan a inscribirse en el curso siguiente, ya que la ley no autoriza, al parecer, repetir curso. Una situación original. Sin duda, España es diferente.

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La argumentación de la familia es sencilla: quieren que su hija tenga una formación lo mejor posible. Suponen que los conocimientos de un curso son importantes para seguir con provecho el curso siguiente. Es decir que suponían que la enseñanza está escalonada y que va de lo más sencillo a lo complejo, que hay una jerarquía en el saber y que los planes de enseñanza gradúan adecuadamente, en el tiempo, los distintos niveles del saber, para que este esté bien estructurado en el conocimiento adquirido por el alumno. O lo que es lo mismo imaginaban que los humanos nacen analfabetos (y desdentados) y que la escuela, con la familia, eran las encargadas de ayudar a superar ese estado inicial de ignorancia. Craso error del que tratan de sacarles las autoridades escolares.

Los argumentos de los encargados de difundir los saberes son de varios tipos. El primero nos dice que lo que se aprende en un curso no es importante para el siguiente, y que su ignorancia no perturba los estudios posteriores, por eso se puede pasar curso con todas las asignaturas suspendidas. Ya que lo que importa, según un profesor, no es el título, si no lo que se sabe. De esta argumentación se deduce que: 1º los aprobados y los suspensos no significan nada, son artilugios incómodos e inútiles que deberían ser eliminados. 2º que los cursos acaso sólo sirvan para retener a los chicos en clase. Explicar algo, lo que sea, historia, aritmética, gramática, geografía o ciencias naturales es superfluo, basta con dejar que pase el tiempo; y cuando termina el año escolar, los alumnos son “trasladados” automáticamente al curso siguiente, y ya está. Es decir que basta con los locales y unos guardianes, para que los seres allí estabulados no se escapen antes que suene la campana. ¡Qué ahorro para el Ministerio de Educación!. 3º Que lo importante es el saber y no el título, pero que el saber, y esto es lo importante del razonamiento, no se adquiere en las clases de los centros de enseñanza, como se deduce de los argumentos anteriores. El saber ese está ahí, por ahí, no en clase.

Tras la argumentación llega la justificación. Un especialista de sicología escolar, indicaba que separar, por un suspenso, al alumno de sus compañeros de clase, podía producir un fuerte trauma al alumno dejado atrás. Ruptura del compañerismo, inmersión en otro grupo de gente desconocida, sensación de fracaso y abandono. Este sicólogo cree que esas experiencias no preparan para vivir en sociedad, en la nuestra. Perder un curso puede hacer del alumno un ser asocial, casi un perturbado mental o algo parecido. Y eso hay que evitarlo a toda costa. De esto se deduce, fácilmente, que el rigor en la selección, los suspensos en los exámenes, puede ser un peligro para la sociedad.

La última razón, la ultima ratio es la Ley. Según las autoridades escolares, la ley actual no permite repetir curso. La ley es la ley. Los antiguos decían Dura lex, sed lex. La ley es dura pero es la ley. La ley actual, parece, por lo que decían en la TV los responsables de la enseñanza, que trata de frenar el conocimiento serio. Su interés principal parece residir en aumentar la fluidez del paso de los alumnos en los centros de enseñanza, que no se produzcan atascos. Y como hay que acatar la ley hoy habrá que decir: Stulta lex, sed lex: la ley es estúpida, pero es la ley.

Para Kant, la frase de Horacio Sapere audej, atrévete a saber, era el lema de la Ilustración. Hoy parece que no están bien vistos esos atrevimientos, incluso pueden ser prohibidos por la misma Ley de la Educación, la de nuestro país.

La mayoría de los padres parece que están contentos con la legislación actual, y eso que quieren a su progenitura.
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