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AL MICROSCOPIO

La receta para cocinar universos

De momento, no tenemos ninguna constatación que nos permita pensar que existe un universo distinto al nuestro. Es posible (muy posible) que nunca la tengamos. Por lo cual, los que gustamos de mirar con asombro el cielo de las noches de verano en busca de estrellas fugaces, los que disfrutamos con las fantásticas fotografías del Hubble o nos preguntamos qué habrá dentro de un agujero negro tenemos que partir de la terrible evidencia de que cosmos no hay más que uno.

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No hay forma conocida de que nazcan las estrellas distinta a la que observamos cuando explota un cúmulo de núcleos de hidrógeno en la nebulosa de Orión, ni familias de galaxias diferentes a las que nos muestran los mapas del cielo, ni elementos fundamentales que escapen a los que los químicos cuelgan en la pared de sus laboratorios en forma de tabla periódica. Todo lo que en el universo es carece de parangón. Es raro, extremadamente raro, imposible de repetir, único.

Por eso, resulta tan asombroso que en este solitario ejemplo de universo que conocemos, hayamos tenido la suerte de nacer. En el único cosmos que la naturaleza ha parido, el azar de los azares quiso que surgieran estrellas, y luego galaxias, y que en torno a algunas estrellas se arracimaran planetas, y que algunos de ellos quedaran atrapados en una órbita estable, y que se fabricaran moléculas orgánicas que tuvieron la suerte de caer en océanos cálidos para generar gránulos de vida, y que éstos crecieran al calor de una atmósfera protectora para evolucionar y terminar convirtiéndose en usted, que lee estas líneas y mira el cielo de vez en cuando en busca de estrellas fugaces.

Todo demasiado raro, casi imposible.

Tanto, que uno de los astrónomos más brillantes de la actualidad, el británico Martin Ress, se ha atrevido a asegurar que el sutil equilibrio de las cosas que pasan en el universo reside sólo en seis números, en media docena de cantidades que resultan fundamentales para que todo sea como es. Cada una de ellas es imprescindible, si una sola tuviera un valor siquiera una milmillonésima de grado mayor o menor del que tiene, no habría estrellas, elementos químicos complejos ni lectores de Libertad Digital. Estos seis números son la receta mínima para cocinar universos.

El primer valor describe la fuerza que mantienen las partículas atómicas pegadas a un núcleo. Un ejemplo: El peso de un átomo de helio es un 99,3 por 100 del peso conjunto de su componentes (dos protones y dos neutrones). ¿Dónde está el 0,7 por 100 restante? Sencillamente se pierde en forma de calor, de energía necesaria para que las partes no se escapen y puedan formar un átomo compacto.

Resulta que en el interior de las estrellas como el Sol esa energía sobrante tiene que ver con la conversión del hidrógeno en helio. Si el porcentaje, en lugar del 0,7 fuera un 0,6 sencillamente los protones no se pegarían a los neutrones, ningún elemento químico distinto al hidrógeno podría existir. No habría vida. Si fuera del 0,8, la fusión sería tan rápida que ni siquiera el hidrógeno podría haber sobrevivido más allá del primer segundo del Big Bang. No habría universo.

El resto de los valores tienen una condición similar. El número N (equivalente a un 1 seguido de 36 ceros) define el resultado de dividir la fuerza que mantiene a los átomos juntos dividido entre la fuerza de gravedad entre átomos. Resulta que la atracción entre dos átomos es enormemente menor que la fuerza que aglutina a sus componentes. De no ser así, no sería posible que existiera ninguna forma de materia visible. Todos los componentes de las cosas flotarían atrayéndose unos a otros sin descansar en una estructura concreta.

El número mide la densidad de la materia del cosmos incluidas las galaxias, el gas interestelar y la materia oscura. Este número está en el lugar exacto para que el cosmos sea posible y no se convierta en una quimera de materia tan dispersa que ni siquiera pesa ni en un agujero negro gigantesco y cruel. El valor £ determina la fuerza que controla la expansión del cosmos, Q, representa las pequeñas irregularidades en dicha expansión que favorecieron que las galaxias ocuparan el lugar que hoy ocupan formando racimos y D es el número de dimensiones espaciales existentes, tres: la vida no existiría si hubiera sólo dos o existieran 4.

En definitiva, sólo seis valores matemáticos contienen la causa última de nuestra existencia. ¿Alguien puede explicar esto? Por supuesto, muchos científicos lo han intentado y se han agrupado, fundamentalmente, en dos corrientes de opinión. La primera invoca al llamado principio antrópico: las cosas son así, porque no las podemos ver de otra manera. Evidentemente, si estamos observando un universo como el nuestro es porque no se ha desarrollado de manera distinta. La naturaleza es así porque, de ser de otro modo, no estaríamos aquí preguntándonos cómo es la naturaleza. Puede parecer chusco, pero tiene su lógica.

Aunque el segundo grupo de científicos no se conforma con dicha explicación que, en el fondo, tiene mucho de derrotismo. Contraatacan con el siguiente argumento. Imaginemos que estamos ante un pelotón de fusilamiento compuesto por 12 fusileros y, a la voz de fuego, a los doce soldados les falla el arma. Seguro que nos preguntamos ¿por qué ha ocurrido esto? La teoría derrotista contestaría: la razón que explica por qué ha ocurrido esto es que yo me estoy preguntando por qué ha ocurrido esto. La teoría optimista exige encontrar las causas primeras de tal prodigio de azar: algo muy raro ha pasado, y hay que descubrirlo.

En términos matemáticos, es mucho más probable que a 12 fusileros les falle el arma a la vez que a un universo dado le aflore la vida. Los científicos teístas utilizan este argumento probabilístico para demostrar que el cosmos sigue un diseño previo: que una fuerza sobrenatural (dios) lo creó con la intención de que albergara a los hombres y al resto de los seres vivos.

Los científicos agnósticos, por supuesto, no piensan así. Ress es uno de ellos y postula que, en realidad, lo que nosotros llamamos universo no es más que una esquinita minúscula de un multicosmos. Este astrónomo cree que puede demostrar que hubo una sucesión de Big-Bangs, posiblemente infinita, que explotaron de un estado de materia superdensa original y que dieron lugar otros tantos universos. De nuevo, la metáfora: Si en una tienda de ropa se fabrican miles de trajes, no nos resulta extraño encontrar uno a nuestra medida. Pero si en la tienda sólo se fabrica un traje, es un prodigio de azar que nos sirva precisamente a nosotros.

Es decir, que, según Martin Ress, investido con el cargo de astrónomo real británico, la premisa con la que empezaba este artículo es falsa. El universo no es único, más bien hay infinitos cosmos paralelos. Claro que su idea, al igual que la de los científicos teístas, carece de la más mínima constatación empírica. Entre otras cosas porque, sea uno o sean millones, a nuestra mente sólo le está permitido el conocimiento de un único, raro, bellísimo y vital universo que en las noches de verano nos regala alguna que otra estrella fugaz para contemplarla despreocupadamente como si fuera la última.
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