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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La saga/fuga de JP

En el lugar que ocupaba, Piqué era un tipo desconcertante: rara vez le he oído decir algo que condijera con la concepción política de su partido en Cataluña. Tiene razón Rajoy al decir que fue un gran ministro; el único, que yo recuerde, que habló sobre Marruecos sin pelos en la lengua: ¿tienen ustedes presentes aquellas declaraciones suyas que hicieron que El Mundo fuese secuestrado en el país vecino y ocasionalmente amigo?

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Pero se equivoca Rajoy al decir que al frente del Partido Popular de Cataluña hizo lo que pudo: hizo lo que quiso, lo que estaba preparado para hacer de acuerdo con su condición y extracción, es decir, poner paños calientes al nacionalismo y dar por supuesto que el electorado catalán del PP es tendencialmente catalanista. Eso fue lo que le permitió celebrar el pacto Zapatero-Mas, aunque después Mas acudiera al notario para dar fe de que nunca jamás de los jamases iba a pactar con su partido ni, desde luego, con él. Daba la impresión, Piqué, de haber olvidado en qué partido estaba.
 
Lo que más sorprende, sin embargo, no es la fuga, sino la saga que desembocó en ella. Primero, la fascinación de Aznar por el personaje, que, insisto, parecía verse justificada por su papel como ministro. Después, el cambio desde arriba en un partido que, mal que bien, minoritario y en clima hostil, no sólo se había ido defendiendo, sino que hasta había crecido en tiempos de Vidal-Quadras, para imponer a un hombre que, como todos, corría el riesgo de demostrar una vez más que el principio de Peter no es unidireccional: uno puede alcanzar su nivel de incompetencia yendo de arriba hacia abajo, de ministro a jefe regional. La idea, sin fundamento alguno, era que Piqué era capaz de mejorar la situación más que sus predecesores, sin tener en cuenta que su discurso poco o nada tenía que ver con el que había hecho crecer a la organización, decididamente centrado en decirse español, y en español, en Cataluña.
 
Pero lo más increíble de todo ha sido la duración del hombre en el cargo. Cinco años son demasiados años de protestas, de debilitamiento evidente del partido, de fenómenos políticos generados por la mala respuesta de Piqué a muchos asuntos.
 
Portada del último libro de Aleix Vidal-Quadras.Lo he escrito ya en otras ocasiones: muchos de los que impulsamos la creación de un nuevo partido político en Cataluña, entre asqueados y desesperados, no lo hubiésemos hecho de haber sido Vidal-Quadras la figura rectora del PPC. Por otra parte, estos cinco años han sido los del Estatut, al que Piqué no se opuso con todo el rigor que se requería, ni como no nacionalista ni, sobre todo, como el liberal que se supone que es, y que fue, de hecho, como ministro de Industria.
 
La crítica al Estatut que se esperaba de Piqué la enunció Vidal-Quadras en una conferencia, en el Ritz de Barcelona, a la que asistí: estaban allí desde Jorge Trías hasta, mire usted, Francesc de Carreras y unos cuantos de los que acabábamos de firmar el manifiesto inicial de Ciutadans, que finalmente fue capturado por su propia ala izquierda. Estábamos los liberales, los que abandonamos el proyecto tan pronto como comprendimos que aquello iba a ser lo que ahora es: un adefesio de "centro-izquierda", sea eso lo que sea. Piqué tendría que haber agradecido el esfuerzo de síntesis de Vidal-Quadras y haber tomado el de aquella noche como texto fundamental de su campaña contra el Estatut. Pero prefirió salvar la ropa hablando contra el tripartido como fuente de todo mal y respaldando los remiendos nocturnos de Mas con Zapatero, como si Convergència nada tuviera que ver con el nacionalismo.
 
Pues bien, finalmente, después de todo ese desastre, lo han sacado de allí. No se ha ido, que nadie se engañe: lo han sacado. Y bien que han hecho. La elección de sucesor es la más sensata: Sirera tiene madera de dirigente y mucho tiempo por delante para consolidarse. Aunque nadie espere milagros de su parte en las próximas generales, va a conseguir más que Piqué, lo que siempre ayuda. Y después le quedan tres años para las próximas autonómicas, si Montilla, con perfil bajo y siempre sigiloso, no es desfenestrado antes.
 
Ahora bien: voy a insistir en lo que dije en mi artículo anterior: el PP tiene problemas de liderazgo. Hace un tiempo, a propósito de Piqué, me escribía mi querida amiga Ana Nuño:
Está claro que ha sido nefasto para el PP en Cataluña. Pero yo no se lo reprocho a él, sino a Génova. Es decir, a Rajoy. Que también está claro que es honesto y decente y todas esas cosas, pero al que le falta audacia y capacidad para ser, por qué no, arbitrario en sus decisiones. Cualidades sine qua non en un líder de partido. Que alguien como Aznar no es que tuviera, sino que las exudaba por todos los poros. De ahí, estoy convencida, su impopularidad: los españoles quieren lo de siempre, es decir un caudillo; pero como cada español se cree la tapa del frasco, lo que no soportan es un caudillo que luzca como tal, como Aznar. Están encantados con un Franco o un Felipe González, es decir con un tipo mediocrillo, como ellos en realidad, del que pueden fiarse porque saben que si cualquiera de ellos ocupara su puesto, se comportaría del mismo modo: ejerciendo un poder omnímodo con aires de asistir a una verbena con los amigotes.
 
Hace tiempo que Rajoy hubiera debido sacar de aquí a Piqué. Y utilizar su innegable talento de otra manera, más provechosa para el partido en general. En el otro extremo del espectro pepero, ahí está también el caso (sangrante) de Esperanza. ¡Qué no hubiera hecho con ella cualquier partido, de izquierdas o derechas, da igual, en Inglaterra y hasta en la mismísima Francia! Y resulta que ni a maitines se la convida.
Piqué sí era hombre de maitines, dicho sea de paso.
 
Insisto, pues, en el problema del liderazgo y sus consecuencias en y para el PP. Es bueno que Piqué se vaya porque carecía de todo liderazgo, y es posible que Daniel Sirera logre algo de eso, al menos un poco, con coherencia de discurso y con ganas de hacer en lo que hoy es un erial. Era bueno que Matas se fuera porque no puede aspirar al liderazgo, ni siquiera al que ha tenido alguna vez, alguien que pone en sus listas a la inaceptable Janer: con eso perdió todo lo que podía tener. La gente corriente, el pueblo llano, el electorado, elige personas y, en algunos casos, discurso: el discurso puede hacer a la persona y viceversa.
 
Pero ¿qué pasa cuando un partido tiene en la dirección y en las candidaturas personas a las que todo el mundo, propios y ajenos, rechaza? Puede ocurrir lo que ocurrió con Zapatero, que no era nadie pero estaba a la cabeza (al menos, formalmente) de un partido con tipos muy hábiles que consiguieron llegar al Gobierno aprovechando una matanza, dando vuelta a una situación electoral en dos días y violando unas cuantas normas relativas a la jornada de reflexión y alrededores. Contribuyó el hecho de que al otro lado estuviera Mariano Rajoy, no José María Aznar, y un Rajoy que no era ni la sombra de lo que es ahora. Pero, si no median, como en el 14-M, circunstancias excepcionales, lo más probable es que pierda las elecciones.
 
Gallardón.Sólo una persona salió en defensa y elogio de Piqué: Alberto Ruiz-Gallardón. El mismo que, tras las municipales, se ofreció para las listas de las generales. Un tipo que no me gusta, no me cansaré de repetirlo, pero que arrastra votos de mucha otra gente que no me gusta, entre otras cosas, porque vota socialista. Pero un tipo que tiene carisma y que aprovecha la oportunidad para recordarle a Rajoy que está ahí. Algo que Rajoy tendría que tener en cuenta.
 
Por supuesto, si el candidato del PP fuese Ángel Acebes, el PP no ganaría unas generales. Ni que decir tiene lo que sucedería si el candidato fuese Eduardo Zaplana. Y eso también tendría que tenerlo en cuenta Rajoy. Es bueno relevar a Piqué, pero no es del todo conveniente que el encargado de hacerlo sea Acebes. Acebes y Zaplana fueron la bicha de Piqué durante mucho tiempo, y es una de las pocas cosas que la gente le tomó a bien al catalán.
 
Sea o no cierto aquello de que el hombre entró en política para forrarse, es lo que de Zaplana recuerda todo el mundo. Y lo que todo el mundo recuerda de Acebes es que una radical ingenuidad le llevó a dar por buena una información cuando menos manipulada durante la jornada del 11 de marzo de 2004. Ni siquiera se acepta en general lo que Ferraz intentó imponer durante casi cuatro años: Acebes no mintió, hizo algo que, en política, es peor: se dejó engañar. No son caras que ganen votos, dicho con todo respeto, y tengo para mí que una de las cosas positivas de la campaña de las últimas municipales es que no aparecieran mucho.
 
Acebes es el número dos de Rajoy; Zaplana, el portavoz parlamentario del PP. No tienta una lista en que un ministro que fracasó en su última y más importante gestión sea el más probable candidato a la vicepresidencia primera del Gobierno. Y no tienta en absoluto la posibilidad de que Zaplana sea el portavoz del Gobierno. No estoy hablando de mí, de mis propias impresiones: yo, de todos modos, voy a votar al PP. Me refiero a lo que constantemente escucho de potenciales e indecisos votantes del partido, los que dicen: "Yo, por Rajoy, sí, pero Acebes y Zaplana...". Y lo cuento en público, con la esperanza de ser oído, si no escuchado, en la calle Génova, porque si se necesitaron cinco años para comprender que Piqué era un lastre electoral y actuar en consecuencia, no quiero ni pensar en lo que sucederá si esta dirección, sin retoques, se perpetúa por un lustro.
 
¿Retoques? ¿Qué retoques? Pues los que demanda el electorado, que ha hablado con absoluta claridad en las municipales.
 
 
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