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Laplace, ¿conde o marqués?

Desde que el libertino renacentista Jerónimo Cardano (1501-1576), matemático y jugador, se interesara por aplicar sus conocimientos para obtener el máximo beneficio de su pasatiempo preferido, la probabilidad se fue haciendo sitio en el campo de la investigación matemática. Uno de los que, posteriormente, con mayor rigor científico trató el asunto del azar fue el matemático francés Pierre Simon Laplace (1749-1827).

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La personalidad de Laplace ha sido siempre muy discutida. Desde los que hablan de él como de un hombre poco práctico y absorbido por preocupaciones matemáticas hasta los que le consideran un oportunista, acomodaticio y chaquetero y le censuran haber sacado tajada de cuantos gobiernos pasaron por el poder en los agitados años que le tocó vivir.

Laplace nació en Normandía el 23 de marzo de 1749 en el seno de una familia de acomodados agricultores. Sus primeros estudios los realizó en un colegio religioso de benedictinos bajo la tutela de un pariente clérigo. Las leyes, las armas o la Iglesia eran los destinos posibles de aquellos colegiales. Pierre Simon se orientó hacia la Iglesia y a los 16 años entró en el Colegio de Artes de Caen, regentado por jesuitas, para estudiar teología.

Allí descubrió su extraordinaria facilidad para las matemáticas y decidió emigrar a París para dedicarse al estudio de esta disciplina. Envió a D’Alambert, considerado como la máxima autoridad matemática francesa de aquellos años, un trabajo sobre los principios generales de la mecánica con el fin de ganarse el favor y el apoyo del matemático parisino. Tenía Laplace 19 años cuando D‘Alambert le llamó a París para ocupar un puesto como profesor de la Escuela Militar.

En 1784 fue nombrado examinador oficial del Cuerpo de Reales Artilleros. Cuando a los 16 años Napoleón Bonaparte se presentó a los exámenes de la Escuela Militar de París, Laplace fue el encargado de juzgar al joven oficial. Más tarde, como miembro de la Academia de Ciencias, formó parte de la comisión que creó la Revolución para establecer las unidades de longitud y peso y el sistema de medidas. Cuando, en 1793 se cierra la Academia, la comisión siguió funcionando pero Laplace junto a Lavoisier, Coulomb y otros científicos son apartados de ella por no haber acreditado suficiente “fervor revolucionario”. El año sangriento llevó a gran parte de los científicos franceses ante los tribunales populares, muchos padecieron los rigores de la prisión y algunos perdieron la vida, como el químico Lavoisier que murió en la guillotina o el matemático Condorcet que, tras ser uno de los grandes líderes de la causa republicana, murió en la cárcel de forma un tanto misteriosa.

Laplace se refugió entonces en los alrededores de París y, según las malas lenguas, cuando al volver se enteró de las desgracias ocurridas a sus amigos y colegas, no dudó en recurrir a todo tipo de enredos para evitarse complicaciones.

Sea como fuere, el caso es que Laplace no sólo se vio libre de sospecha sino que incluso fue reelegido miembro de la Comisión de pesas y medidas y de una nueva que debía establecer el calendario republicano. Cuando, en 1799, Napoleón constituyó su primer gobierno le nombró Ministro del Interior.

La actuación de Laplace como político ha sido utilizada muchas veces como ejemplo para quienes sostienen la incapacidad operativa y administrativa de los hombres de ciencia, y en particular de los matemáticos. A las seis semanas de su nombramiento fue destituido. El propio Napoleón justificaba tan rápido despido con estas palabras:

“Un matemático de primera fila se reveló como un mediocre administrador; desde sus primeros actos vimos que nos habíamos equivocado. Laplace no enfocaba las cuestiones desde su correcto punto de vista. Encontraba sutilezas en todas partes, tenía tan solo ideas dudosas y, finalmente, llevó a la administración el espíritu de lo infinitamente pequeño.”

Es conocida la afición de Napoleón por la geometría, incluso un teorema lleva su nombre. Probablemente esa afición le llevó a sentir una gran admiración por los matemáticos y, a pesar de la decepción que le produjo el fracaso político de su antiguo examinador, no quiso dejar a éste sin recompensa y cuando fundó la Legión de Honor le nombró Gran Oficial y, cuatro años más tarde, le concedió el título de Conde.

Con el retorno de los Borbones, perdió Laplace su título nobiliario pero no tuvo que esperar mucho tiempo para recuperar su nobleza, Luis XVIII le nombró Par de Francia, miembro del Senado y le concedió el título de Marqués. No siempre se vio con buenos ojos el éxito social de Laplace y máxime cuando en los años difíciles hubo quienes en vez de ganar honores perdieron la vida.

Laplace escribió muchos ensayos de divulgación científica, entre ellos uno que utilizó para dar sus clases en la Escuela Normal de París, el “Ensayo filosófico sobre las probabilidades”. Unas palabras que el matemático recogió en este ensayo podrían arrojar alguna luz sobre su no demasiado clara biografía:

“Imaginemos que un hecho llegue a nuestro conocimiento a través de veinte testigos de modo que el primero lo haya comunicado al segundo, éste al tercero y así sucesivamente y que la probabilidad de que lo que cada testigo dice sea el fiel reflejo de la noticia que él ha recibido sea igual a 9/10. Al final la probabilidad de que el hecho resultante sea igual al producido será al producto de 9/10 por sí mismo veinte veces, algo menos que 1/8.”
“Los historiadores parecen no haber tenido muy en cuenta esta disminución de probabilidad en la verisimilitud de los hechos cuando se les enfoca a través de varias generaciones sucesivas”.
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