Menú
Con tu apoyo hay más Libertad
  • Sin Publicidad
  • Acceso a Ideas
  • La Ilustración Liberal
  • Eventos
BASURA SELECTA

Las fallas como monumentos "kitsch"

Decía el padre Tarifa en 1755 que “los valencianos son bulliciosos de genio, vivos de ingenio, sutiles de discurso, agudos en inventar y aplicados sobre todo al trabajo, cualidades que con la generosidad del ánimo y la franqueza en el gastar, les hacen muy singulares y aún únicos en la celebración de sus fiestas”. El ilustre canónigo se olvidó, sin embargo, de mencionar la irrefrenable pasión de los valencianos por lo deliciosamente grotesco y escatológico, que también se refleja en la naturaleza excesiva de las Fallas. Durante las estridentes fiestas josefinas, los habitantes de la ciudad de Valencia derrochan alegremente miles de kilos de pólvora, toneladas de flores en las ofrendas a la Virgen de los Desamparados, millones de litros de alcohol e ingentes cantidades de comida del alto contenido calórico, por no hablar ya de los alijos de fármacos ilegales que circulan entre los jóvenes por bares, discotecas y otros sitios de mal vivir. Sin embargo, el mayor encanto de las fallas reside en poder contemplar, a pesar de las aglomeraciones humanas y el olor a buñuelos, los gigantescos y efímeros monumentos de cartón piedra que arderán la noche de San José, con el acompañamiento sonoro de las tracas y el himno del maestro Serrano.

0
A lo largo de su historia, la estética de las fallas ha evolucionado bien poco, pese a los esfuerzos aislados y nunca bien entendidos de ciertos artistas falleros por intentar renovar este singular lenguaje artístico, tan afecto al populismo procaz y a la autocomplaciente caricatura. Año tras año, se siguen plantando las mismas figuras regordetas de rostros esperpénticos y chirriante colorido, sin que varíe demasiado la galería de personajes tópicos: la fallera, el agricultor, el paleto de pueblo, el viejo verde, la suegra airada, el marido calzonazos, la señora estupenda o el borrachín de la farola. Además de padecer graves problemas de obesidad y de tener muy altos sus índices de colesterol, los denominados "ninots" se han quedado anclados en la estética deformante del humor gráfico de carácter satírico del siglo XIX. Incluso los "ninots" de los políticos más populares de los últimos años (Aznar, Zaplana, Rita Barberá, Pujol) parecen figuras decimonónicas emparentadas con Cánovas del Castillo, Isabel II o Castelar. No niego que está estética desbordante y populachera de raíces agrícolas, bien podría haber maravillado a artistas fascinados por el "kitsch", como los norteamericanos Andy Warhol o Jeff Koons, pero quienes ya están cansados de ver siempre lo mismo reclaman un poco de aire nuevo.

Uno de los pocos artistas falleros que ha intentado prescindir en sus monumentos de la opulencia chabacana y del chiste de sainete es Manolo Martín. En los años ochenta, fue el encargado de realizar una falla muy original para la Plaza del Ayuntamiento, diseñada por el dibujante de cómic Sento y con guión de Manuel Vicent, que representaba la propia fachada en obras del Ayuntamiento de Valencia. La idea de montar una falla que era como el espejo esperpéntico del propio Ayuntamiento, con sus políticos y sus famosillos en el balcón, no fue bien recibida por los sectores más conservadores del mundo fallero. Tampoco fue entendida el año pasado su falla de personajes mutantes para la histórica plaza Na Jordana, que contó con el diseño del humorista gráfico Ortifus. A pesar de la incomprensión, Martín ha vuelto a apostar este año por la innovación al plantar en Na Jordana un gigantesco Pinocho de veinticinco metros, diseñado por el pintor madrileño Sigfrido Martín Begué. La falla "La pinochada universal", una reflexión sobre la mentira y la hipocresía en la sociedad actual, huye de los volúmenes expansivos de cartón piedra y prefiere las anatomías estilizadas de madera.

Semejante apuesta por la anorexia, intuyo que tampoco será del agrado de quienes premian a las fallas de la sección especial, la más importante dentro del mundo fallero. Me temo que esa debilidad por el "kitsch" más lustroso, siempre aderezado por el aroma dulzón de la fritanga callejera, seguirá perviviendo durante mucho años.
0
comentarios

Servicios