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FRAGMENTOS DE UN MANUSCRITO

Los jardines de Saint-Prix y otros encantos

El autor ya publicó una primera entrega de sus memorias, El exilio era una fiesta, Planeta, 1999. Estos capítulos, que Libertad Digital publicará durante los meses de verano, pertenecen a un nuevo libro de recuerdos, en el que sigue trabajando.

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1. Los jardines de Saint-Prix y otros encantos

No sé por qué, aquel día de agosto de 1944, almorzábamos en una habitación cuyas ventanas daban a la calle Auguste Rey, cuando habitualmente comíamos en otra, del otro lado del piso, una habitación que servía de comedor y cuyas ventanas se abrían sobre el jardín y, más allá, el valle de Ermont. Tal vez Annette nos había obligado a fregar el suelo y aún estaba húmedo, o a pintar algo y aún olía a pintura, el caso es que estábamos en aquella habitación del piso destartalado pero relativamente grande cuando, a unos pocos metros, a nuestros píes por así decir, pero en la calle, sonó una ráfaga de ametralladora. En torno a la mesa del almuerzo estábamos mi padre, Annette, Paco y yo, cuando casi por sorpresa, casi, porque conocíamos la liberación de París, el avance de las tropas aliadas, la retirada de las tropas nazis, pero que aquello estallara de pronto a pocos metros de nuestra mesa, de nuestro almuerzo, fue una sorpresa.

Nos precipitamos a verlo de cerca, a ver la guerra de cerca ¿existe algo más excitante que la guerra? Y por primera vez en mi vida vi uno de aquellos “jeeps” del ejercito norteamericano con una ametralladora instalada en su centro, cuyo cañón rozaba casi la cabeza del conductor, “jeep” que todo el mundo ha visto luego, aunque sólo sea en cine o televisión. Sus “tripulantes” en este caso eran cuatro “fusiliers-marins” (infantería de marina) franceses, que habían soltado una ráfaga de ametralladora contra los soldados alemanes que montaban guardia en una de aquellas grandes propiedades que rodean el casco de Saint-Prix, la vieja aldea, y que estuvieron casi todas ocupadas por el ejercito alemán durante la guerra. Inmediatamente los soldados de la Wermacht dispararon en respuesta y huyeron, despavoridos.

Pocos días antes, o mejor dicho noches, me habían despertado unas voces en alemán que parecían hablar en mi propio dormitorio. Enseguida me di cuenta de que hablaban fuera, pero parecía como si estuvieran a cincuenta centímetros de la ventana, de par en par abierta, ya que era verano y hacía calor. Me acerqué sigilosamente a dicha ventana y me sorprendió ver una fila de tanques alemanes parados en la calle Auguste Rey y, efectivamente, apenas a un metro, subidos sobre uno de los tanques, dos soldados alemanes, uno de ellos con la cabeza vendada, conversaban en voz queda, pero no tanto. Por aquel entonces yo no me había olvidado del alemán que Annette Litschi nos había obligado a aprender, y entendía casi todo lo que los soldados decían. Era una canción triste, la canción de la derrota. Decían que les habían engañado, que todo era mentira, que habían perdido la guerra, que su país estaba en ruinas, el hambre por doquier, y sus familias, ¿estarían aún con vida por otros bombardeos? Era una cantinela desgarrada y es probable que si hubieran estado “de ida”, cuando el ejército alemán iba de victoria en victoria, las palabras hubieran sido diferentes de las que escuchaba escondido junto a la ventana abierta, ahora que estaban “de vuelta”, derrotados, vencidos. Pero tampoco es seguro del todo, porque eran soldados rasos, carne de cañón, movilizados por la fuerza. Mi justificada prudencia sólo me autorizó a echar un vistazo rápido y no pude percatarme de si llevaban las “sardinas” de cabo o sargento sobre sus uniformes. De todas formas, humildes y vencidos, me dieron lástima.

En cambio, el “jeep” con los fusiliers-marins nos entusiasmó. Pese a los gritos de Annette: “¡Cuidado! ¡no salgáis!“, o algo por el estilo, salimos. Otros vecinos habían hecho lo mismo. Desde el “jeep”, uno de los soldados aulló: Arrière les pekins!. “Pekins” era un término displicente con el cual los militares designaban a los civiles —ni idea de si se usa aún— y arrière, todo el mundo lo habrá entendido, significa “atrás” o “fuera”.

Yo sé perfectamente que en Francia las tropas alemanas, al retirarse ante los aliados, combatieron ferozmente, por ejemplo en Normandia, que cometieron atrocidades, y la matanza de los habitantes de Oradour-sur-Glane permanece como un símbolo de dicha crueldad; que en suelo alemán como en las Ardennes, lograron peligrosas contraofensivas; pero en Saint-Prix y la región, Saint-Leu, Taverny, etc., ni lucharon ni fusilaron a nadie, huyeron, sencillamente, ante el menor “jeep”, o el primer camión con FFI ( resistentes franceses). Durante su ofensiva o conquista de Francia, en 1940, como apenas encontraron resistencia, no tuvieron que mostrarse muy bárbaros, al revés jugaron a ser buenos chicos. Sus únicas violencias en nuestra región fueron, por lo visto, yo no lo vi, entrar por la fuerza en ciertas casas para apoderarse de prendas de vestir civiles a fin de huir más disimuladamente. El único combate, que duró cincuenta segundos, tuvo lugar en la carretera Saint-Leu-Taverny, en donde en una encrucijada los alemanes habían instalado un cañón ligero, para proteger su retirada. Un tanque de la División Leclercy, que era la división que actuaba en la zona, lo hizo volar por los aires, con sus sirvientes, antes de que hubiera disparado. Algo así como el último duelo cara a cara en un western, pero mucho más rápido. El “bueno” fue mucho más rápido.

Un “comité de liberación” o algo por el estilo, creando hacía muy pocas semanas —Saint-Prix no fue un “faro” de la Resistencia— tomó en sus manos la organización de las cosas y de las personas. Dio orden a todos los habitantes de la aldea de abandonar sus casas y pasar la noche hacinados en las dos escuelas de la aldea, la de chicos y la de chicas, por si los alemanes contraatacaban. Dicho sea de paso, si los alemanes hubieran contraatacado con voluntad sanguinaria, ese reagrupamiento de muchos de los habitantes, no todos, pues los hubo que se negaron a abandonar sus casas, les hubiera facilitado extraordinariamente las cosas. Es mucho más fácil y rápido asesinar a los pocos habitantes de un pequeño pueblo agrupados en dos escuelas que ir a buscarlos casa por casa para matarlos. Pero aquel “comité de liberación” no sabía gran cosa sobre la guerra “moderna” y la matanza de civiles.

Al día siguiente ocurrió algo parecido, cuando ese mismo “comité” decidió transformar una de las escuelas en enfermería y hospital de campaña. Por si las moscas, por si había tiros y heridos. Uno de los caciques del pueblo —oficial del ejército durante la guerra del 14, que había sido alcalde de Saint-Prix, aunque se había retirado, tal vez desilusionado con Vichy y Petain, y convertido tardíamente en gaullista, como tantos franceses, tal vez por prudencia—, haciendo valer su experiencia militar, se puso a gritar que una enfermería u hospital improvisado no podía instalarse delante de la línea de fuego, que eso era de aquelarre, que había que instalarlo en la retaguardia. Este buen señor hubiera tenido toda la razón si hubiera habido línea de fuego, si hubiera habido un frente, pero el caso es que nadie sabía por dónde volverían las tropas alemanas, si volvían, ni donde tendrían lugar las trifulcas con las tropas aliadas o los FFI, si tenían lugar. Definir frente y retaguardia era, pues, tan absurdo como todo el resto. Lo dicho, no hubo nada. Un par de ráfagas de ametralladora y de metralletas, ya que los alemanes respondieron a los tiros de los fusiliers-marins y sus balas se estrellaron contra el muro y la tapia del jardín de la casa donde vivíamos.

Aquella tarde de fines de agosto, nuestro padre decidió seguir las consignas del “comité de liberación” y que pasáramos la noche fuera de casa, en el improbable refugio de la escuela. Sin concertarnos, Paco y yo, nos vestimos con nuestro bastante raído y único traje de los domingos (costume du dimanche) y nos llevamos algún libro u otro objeto querido. Yo, claro, me llevé mi gruesa libreta encuadernada, con mis poemas, un cuaderno que conservé durante años y terminé por quemar. Es una pena, no para la poesía, sino para mi curiosidad personal de viejo que recuerda. Porque si la mala poesía se merece las llamas del infierno, lo cual no es seguro, sí lo es que aquellos versos se los merecían más que ninguno. Pero es una pena, porque incluso los pésimos poemas escritos a los 17 o 18 años siempre revelan algo de ti. Releyéndolos ahora, tal vez hubiera recordado cosas olvidadas.

Cuando nos vio salir de la casa Sedaine, sita en el 47 de la calle Auguste Rey, una vecina que no parecía demasiado emocionada por los acontecimientos, se burló:
-Ils ont fait toilette ¡Como si fueran a bailar!
-Madame, señora, si tenemos que morir, moriremos con elegancia, le respondió Paco, risueño.

Nuestra lógica juvenil era bastante sencilla y coherente: si tenemos que huir a toda prisa, con sólo lo que tenemos puesto, que lo que vistiéramos fuera, si no lo más elegante (nada elegante teníamos), en todo caso lo menos feo.

Pasamos la noche con otros refugiados, sin apenas dormir, pero intentando ligar a una chavala de nuestra edad que conocíamos de vista, que admirábamos de lejos, pero era la primera vez que teníamos la oportunidad de hablar con ella. Los desórdenes de la guerra que no tuvo lugar, en Saint-Prix en todo caso, nos ofrecieron la oportunidad en bandeja. Pudimos constatar que no sólo era guapa, sino que tenía humor, que había leído tanto o más que nosotros, que su sonrisa rubia se hacía cada vez más encantadora mientras la noche se convertía en madrugada y la luz de la luna daba paso al alba. Claro, la luz eléctrica estaba prohibida en aquella escuela-refugio para no provocar tiroteos enemigos. Pero la señorita, cuyo nombre no recuerdo, sólo que no era “digno” de ella, algo así como Janine, o Josette, cortó todas nuestras ilusiones al declarar que dentro de un par de días, cuando fuera posible, ella y su familia, volverían a París. Sus padres habían huido de París por miedo a la guerra, los posibles combates y bombardeos, pero ahora que todo había terminado, volverían a París. Esta noche era su última noche de guerra y además no pasaría nada. “Pero París está muy cerca, ya hemos ido, iremos, mucho más ahora que las cosas han cambiado”, dijimos. Sonrió, pero no respondió nada, dio largas al asunto de una posible cita.

Muchos años después, en una foto en la prensa creí reconocer a nuestra “bella durmiente”, era la foto de una actriz, novel, pero con bastante éxito. No es nada imposible que fuera la misma con la que compartimos conversación nocturna y dos pitillos en aquel simulacro de guerra, sin más tiros, ni muertos, ni heridos. Ella debió considerar que éramos unos chavales divertidos —más o menos de su misma edad— para pasar el tiempo, algo así como una vieja revista en la antesala de un médico o de un dentista, que se abandona sin pena ni gloria, pero con quienes, evidentemente, no se traban lazos, ni se conciertan citas.
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