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MEDICINA Y SALUD

Matemáticas contra la guerra

La reciente decisión de George W. Bush de parapetarse y parapetarnos bajo un gigantesco paraguas atómico frente a posibles enemigos nucleares ha provocado airadas críticas entre sus socios europeos y el recelo de muchos países asiáticos, que han recibido la noticia como una clara amenaza. A raíz de los acontecimientos, algunos expertos se preguntan hasta qué punto estamos inmersos en una nueva carrera armamentística global y, de ser así, cuáles serán sus consecuencias.

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La respuesta, al menos en parte, a esta inquietante cuestión quizás nos la puedan facilitar los científicos. En el último número de la revista Nature, J. C. R. Hunt, del Departamento de Física Espacial y Climática, de la escuela Universitaria de Londres, plantea la necesidad de que se produzca un debate abierto entre los científicos sobre los modelos matemáticos que evalúan la relación entre el armamento y los conflictos bélicos, del mismo modo que hoy se discuten en foros internacionales los modelos del cambio climático. De este modo, la ciencia pone sus conocimientos a disposición de los gobiernos para adopten las estrategias más eficaces. Gracias al desarrollo de potentes ordenadores, capaces de manejar millones de datos por segundo, los investigadores pueden simular en la pantalla del ordenador desde el origen y evolución del universo hasta cómo los gases de invernadero calientan nuestro planeta. ¿Podrían decirnos los chips del ordenador si viviremos una Tercera Guerra Mundial, y cuándo? ¿Nos darían la fórmula para evitarlo?

Los modelos matemáticos son la bola mágica en la que miran los científicos para predecir acontecimientos. Antes del apogeo de los ordenadores, el físico británico Lewis Fry Richardson (1811-1953), del Laboratorio Nacional de Física y autor del libro Arms and Insecurity (1949), desarrolló un simple modelo, con ayuda de ecuaciones diferenciales, para mostrar cómo el gasto en armamento por parte de países rivales se había disparado antes de las dos grandes guerras. En una carta publicada en la revista Nature, en 1935, Richardson advertía de la posibilidad de que ocurriese un segundo conflicto bélico a escala planetaria en el momento que el armamento de las dos superpotencias se volviese peligrosamente numeroso. La llamada de atención no era fruto de su capacidad visionaria, que probablemente la tenía, sino de los números.

Para un profano resulta sorprendente cómo los matemáticos hacen hablar a las ecuaciones. En cierto modo, el físico inglés predijo el fin de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Como señala Hunt en Nature, la mayor parte de las naciones redujeron su stock armamentístico durante el nuevo orden mundial, entre 1989 y 1999, salvo China y La India. La pregunta ahora es saber qué tipo de predicción podría emerger del modelo matemático desarrollado por Richardson cuando se aplica a la situación actual. "Tal como están las cosas, los modelos ecuacionales tienden a mostrar una mayor sensibilidad a pequeñas variaciones relativas a armamentos, aunque son necesarios muchos más estudios", dice Hunt. No son pocos los expertos que aseguran que la actual situación internacional es potencialmente grave. Lo dice también el tarot de los modelos matemáticos: en la pantalla de los ordenadores los científicos juegan a ver cómo se nos presenta el futuro y qué estrategias podríamos seguir para evitar una quién sabe si tercera y última guerra mundial. Los políticos, con sus necesarios análisis, deberían dejarse aconsejar de los matemáticos, del mismo modo que los reyes consultaban a sus astrólogos. Pero la matemática predictiva nada tiene que ver con los vaticinios exotéricos.

Hoy por hoy, los resultados que arrojan los modelos matemáticos sirven de brújula para tomar decisiones económicas, afrontar el problema del cambio climático y predecir la expansión de determinadas enfermedades infecciosas. Quizás el siguiente paso está en que los gobiernos escuchen lo que las ecuaciones diferenciales y los algoritmos genéticos les susurran a los oídos.
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