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AUTORES Y GéNEROS

Médicos, judíos, escritores...

Si no tienen una obra fresca en las librerías, los editores multiplican las ediciones de bolsillo de Noah Gordon —Noé Gordon, el ultimo judío, si parafraseamos el título famoso de su séptima novela, que escribe un judío en tierra de infieles. ¿Infieles? Las novelas de Noah Gordon —o sigamos llamándole Noé y forcemos un símil— han sido arcas de salvación para muchos creyentes. Aparte de que están bien escritas, han esbozado un bestseller de acento espiritual que no se conocía desde "Sinuhé el egipcio".

Agustín Jiménez
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Cada cierto tiempo llega una novela, o una estela de novelas, que remueve en los lectores la inquietud por el misterio, la búsqueda difusa de una verdad superior. Caldo perfecto de nostalgias vagas son ciertos países de ascendencia germánica, donde cada dos o tres años emerge una nueva superstición religiosa, esotérica, química o ecológica. Nada de extraño tiene que en Alemania se hayan vendido ocho millones de la trilogía formada por "El médico", "Chaman" y "Cuestión de elección". La repetición de títulos en Gordon canoniza esas funciones de interpretación y magisterio y de eficacia ejemplar derivada de la tradición. El oficio más emblemático es, naturalmente, el de rabí, al que Noah Gordon dedicó una novela, en la línea actualizada de una novela más pausada, nunca traducida, que publicó el albacea literario de Kafka: "Rubén, príncipe de los judíos".

En la Historia Occidental, los judíos han estado y no han estado entre los cristianos. Han influido a escondidas. Han mantenido saberes ocultos. La primera novela —y seguramente la mejor— que recoge el drama de su influencia despreciada es "Ivanhoe". Un personaje central del relato de Walter Scott es la hermosa y morena Rebeca. Sólo la religión le impide rivalizar de igual a igual con la protagonista, rubia y sajona. Aún así, su belleza mágica provoca la ruina de la mejor lanza de los templarios cuando el cristiano —y, sin embargo, agradecido— Ivanhoe se erige en su campeón. Por haber ejercido una medicina superior, los templarios preparaban para Rebeca una hoguera purgatoria. Rebeca sobre todo, pero también su riquísimo padre, siempre dividido entre el deber y la codicia, se refiere con insistencia a la inexplicada injusticia que considera a los judíos indignos del trato con cristianos. Una queja en la que resuena un párrafo de Shakespeare y que el cineasta Lubitsch utilizó de leitmotiv en el alegato más humano que se hizo contra Hitler: "Ser o no ser".

Tales rasgos han marcado un destino y, en lo que nos interesa, han fijado un cliché literario. Son sensibles a él autores no judios (Maalouf: "León el Africano", sobre el exilio de Granada). Suele manifestarse en una tierra de confusión, es decir, en España, que recorre, a lomos del burro Moisés, el protagonista de "El último judío". Los traumas se perciben en los autores más modernos. George Steiner ("Presencias absolutas") ha dado a entender que, creyentes o no creyentes, siguen siendo judíos, suposición sensible que sólo se hace antipática cuando Steiner nombra a Derrida abanderado de sus agnósticos.

El novelista judío más reputado es seguramente hoy Philip Roth, un señor concentrado que rehuye entrevistas y apariciones públicas. Roth no hace profesión de judaísmo, sino más bien de impiedad, pero su obra irónica y desesperanzada recuerda en continuas alusiones el peso de la tradición en que se inscribe. ¿Qué cosa hay más judía que lo que de antiguo hemos llamado la moral judeocristiana? En la última novela de Philip Roth, "The Dying Animal", aparece otra vez el lúbrico Profesor Kepesh ("El Pecho", "El Profesor Deseo"). A los setenta años, recuerda su aventura, no demasiado lejana, con una jovencita de veinticuatro. En la novela precedente, "The Human Stain", un académico aún más viejo —setenta y un años— logra proezas sexuales gracias al Viagra. La novela rememora la "mancha humana" más célebre del año 1998: la que dejó Bill Clinton en el vestido inlavado de Mónica Lewinski (curioso el apellido). El descuido puede considerarse una versión moderna y planetaria del tan cacareado pecado original.

Está bien que enlacemos con Bill Clinton. Otra de las características de Noah Gordon es su apertura sensible a la etnología y la ecología. Entre "Chaman" y "El médico" podemos reescribir series de televisión tan socorridas como "Doctor en Alaska". Aunque las novelas de Gordon no sean en Estados Unidos tan apreciadas como en Europa, los personajes que se autodestierran de la civilización urbana para profundizar en los misterios incorruptos de la vida rural coinciden en el tiempo con el ascenso al poder de un presidente poco convencional que, antes de integrarse ("Cortina de humo" y todo eso), ejerció como hippy, y que, tal vez sinceramente, parecía sentir nostalgia de una América virgen. Los abogados de John Grisham que dan puerta al medro crematístico asqueados de la corrupción del establishment profesional, muestran el mismo espíritu. Por eso algunos, refiriéndose a Noah Gordon y a John Grisham, han acuñado la expresión "novela clintoniana". Con tales ansias, Noah Gordon no sólo es el último judío, sino que tal vez aspira a convertirse, por amor a la literatura, en el primer hombre.

Todos estos libros están disponibles en la Tienda de Libros de El Corte Inglés
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