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BASURA SELECTA

Mónica Naranjo, la reina del petardeo

Me encanta Mónica Naranjo y sus desgarrados chillidos de pasión desbocada. Sin duda, nadie como ella ha conseguido convertirse en tan poco tiempo en un todo mito para la comunidad gay española. Pero no sólo en España es reconocida. Las paredes de muchas discotecas de ambiente en Europa y Latinoamérica retumban con el sonido de esta estridente diva de la música disco. Mónica Naranjo ha conseguido combinar de forma magnífica la estética de la España Profunda (Puerto Urraco´s Style) con el glamour más dudoso del kitsh.

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Pero hablemos un poco de ella. La biografía de la cantante está llena de tenebrosas zonas oscuras que ella misma nunca ha querido iluminar. Al parecer, tuvo una infancia difícil. Nacida hace 26 años en Figueras, Mónica Naranjo procede de una modesta familia de emigrantes. Su padre era un albañil que empinaba demasiado el codo y descargaba toda su agresividad etílica sobre la madre de la pobre niña. En su defensa, podemos decir que el padre se vestía de negro para ejercer de árbitro de fútbol en sus ratos libres. Los Naranjo no eran una familia modélica, pero la pequeña Mónica pudo aprender solfeo y piano. También tuvo la oportunidad de conocer a Salvador Dalí, puesto que su madre era amiga de la asistenta de la limpieza del genial artista de los bigotillos erectos. Sin duda, Dalí ha tenido una influencia poderosa en la extravagante estética de la cantante. Además, ella presume de esta chirriante influencia puesto que el sugestivo reportaje de desnudo que ha realizado hace poco para una revista de caballeros se ambientó precisamente en el Museo Dalí de Figueras.

Sigamos con esta breve biografía no autorizada de Mónica Naranjo. Siendo aún una adolescente, Mónica trabaja como camarera y consigue su efímero momento de fama regional al ganar el concurso de Miss Catalunya 1990. Sin embargo, no quiere ser simplemente una recatada reina de belleza. Aspira a algo más. Quiere ser cantante. A los 17 años intenta introducirse en el mundillo del espectáculo de la mano de su representante, Cristóbal Sansano, con quien poco tiempo después de casaría. Consigue debutar con el disco “Mónica Naranjo”, que pasa completamente desapercibido por el mercado discográfico español al descartar su promoción publicitaria la discográfica que lo produce. Sin embargo, el disco funciona bien en México en donde rápidamente se convierte en un mito al estilo de las raciales cantantes aztecas del pop como Thalia o Alejandra Guzmán.

Mónica y su marido se trasladan a vivir a México para seguir disfrutando de un éxito que en su país se les niega. Por aquel entonces, la cantante luce esa espléndida melena bicolor, dorada y azabache, que tanto recuerda a la bailarina exótica mexicana de los cincuenta, “La Tongolele”.

En la misma línea del histriónico y colorista pop mexicano, Mónica graba “Palabras de mujer” que triunfa en toda Latinoamérica, pero también en España. Los melodramáticos arreglos musicales y las arrebatadas letras de las canciones convierten al disco en el principal éxito de las discotecas gay en 1997. Mónica Naranjo se erige rápidamente en la musa de final de siglo de la comunidad homosexual, gracias a su estudiada imagen de “reina del petardeo” y a su innegable talento para los excesos histriónicos en el escenario. La cantante “charnega” se une así a la selecta galería de reinonas hispanas entre las que figuran Sara Montiel, Rocío Jurado y Monserrat Caballé, por citar tres estilos distintos de divas gays.

Después de unos años de silencio, Mónica ha madurado y debe haber leído muchos libros, puesto que en su tercer disco (“Minage”) intenta ofrecernos una imagen más refinada que se desmarca de la dulce y primorosa vulgaridad de sus anteriores trabajos. Concebido como un homenaje a la cantante Mina, un referente esencial de la cultura gay en Italia, “Minage” también cuenta con temas tormentosos para no perder la audiencia entre la comunidad gay. Si “Desátame” fue el tema que la lanzó a la fama entre los homosexuales más noctámbulos, “Sobreviviré” tiene como canción unas dimensiones épicas que la perpetuarán como la gran estrella en los locales de ambiente del siglo XXI. A pesar de haber estilizado su figura y limado ciertas asperezas de su volcánica personalidad, Mónica Naranjo sigue siendo un artista fundamental en el desangelado panorama de la música española. Esperemos que en su evolución artística nadie le aconseje que coja la guitarra y se ponga unas gafitas de bibliotecaria para cantar sesudas canciones como si fuese Rosa León. Sería una pena no poder seguir vibrando con sus quebrantados alaridos en la discoteca.
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