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THOMAS SOWELL

Odisea personal

Recuerdo la furia de mi padre, a mediados de los años 50, cuando el portero del edificio donde tenía su apartamento en Nueva York no dejó entrar a un amigo venezolano negro por la puerta principal y lo mandó a subir por el ascensor de servicio. Para los latinoamericanos esas cosas que sucedían en Estados Unidos, especialmente en el sur, eran inconcebibles. Hoy el daño que se les hace a las minorías es enteramente diferente. Más bien se trata de diseminar el sentimiento de víctima, como si el bisnieto de un esclavo estuviese imposibilitado de lograr éxito por las maldades e injusticias sufridas por sus antepasados.

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La situación es preocupante porque muchos de los líderes hispanos tienden a copiarse todas las malas mañas de los líderes negros, difundiendo mentiras sobre la incapacidad de nuestra gente en alcanzar éxito en Estados Unidos sin el beneficio de la acción afirmativa o sin educación bilingüe. Lo único que logran las clases en español para niños latinoamericanos recién llegados es que pierdan la oportunidad de aprender inglés de chiquitos, cuando es mucho más fácil. Y sin buen inglés, están restringidos a vivir en Miami o a trabajar en McDonalds.

Dos noticias aparecidas en la primera página de El Nuevo Herald en los últimos días son ilustrativas del tema. La primera, unas estadísticas de Associated Press se refiere a los hispanos como una raza. A los inmigrantes irlandeses, italianos y polacos que vinieron antes, nunca se les definió como pertenecientes a una “raza” diferente. ¿Por qué a los latinoamericanos sí? La segunda información de primera plana se refirió al éxito comercial de una cadena comercial llamada Don Pan, propiedad de una familia venezolana. Evidentemente que su éxito no se debe a privilegios buscados ni otorgados, sino a su habilidad en ofrecer productos de calidad y buen servicio, lo cual les permite competir exitosamente en su área de especialización con empresas mucho más grandes y antiguas.

Pensaba en todo esto mientras leía la recién publicada autobiografía, Una odisea personal, del extraordinario economista y columnista Thomas Sowell. Solemos pensar que una odisea es un viaje lleno de adversidades, pero en realidad es una mezcla de adversidades y aventuras favorables. Sowell nació en una familia de Carolina del Norte tan pobre que fue entregado a una tía para que lo criara. De chiquito le extrañaba que los personajes de las tiras cómicas tuvieran pelo amarillo, pero es que él nunca había visto a una persona blanca.

La inteligencia y el tesón no son monopolios de ninguna raza ni grupo. Por ello, éste libro de Sowell es de especial interés para maestros y administradores de escuelas donde a menudo se buscan excusas para condonar el bajo rendimiento de jóvenes pertenecientes a minorías.

Sowell, quien se graduó de Harvard y obtuvo su doctorado en la Universidad de Chicago, estudiando bajo el premio Nobel George Stigler, llegó a la cumbre de su profesión por esfuerzo propio. Cuenta con detalle la cobardía de administradores y profesores en la Universidad de Cornell, donde él entonces enseñaba, al aceptar pasivamente la violencia estudiantil de fines de los años 60. Fue entonces cuando comenzó a surgir la “corrección política” en este país, la cual otorga privilegios especiales a grupos, por estar estos compuestos por minorías étnicas o por feministas o por homosexuales.

En su libro, Sowell cuenta que en una ocasión se le acercaron unos estudiantes negros para quejársele porque los judíos sacaban el doble de notas que ellos. Sowell les contestó asombrado: ¿sólo el doble, cuando ellos trabajan tres veces más duro que ustedes?

Si en las escuelas y universidades se ignora el principio fundamental de la igualdad, promoviéndose más bien la manipulación de condiciones para lograr una cierta igualdad de resultados, esos jóvenes dedicarán gran parte del resto de sus vidas tratando que el gobierno de alguna forma les conceda similares privilegios para triunfar en sus actividades personales o profesionales. En tal sentido, las instituciones educacionales están corrompiendo a las nuevas generaciones.

La vida de Sowell ha estado repleta de tragedias y alegrías. Siendo un extraordinario escritor (algo raro entre los economistas), uno sufre y goza cada página. Quizá lo más triste que dice es que si él fuera 10 años más joven, sus triunfos personales hubieran sido puestos en duda, ya que la gente pensaría que llegó a ser profesor en Amherst o UCLA por ser negro.


© AIPE

Carlos Ball es director en Miami de la agencia de prensa AIPE y académico asociado del Cato Institute.
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