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LA HISPANIDAD

Origen y destino

¿Qué es España? ¿Cuándo esa remota excrecencia de Eurasia cobró una identidad propia y surgieron los españoles? Las primeras noticias fidedignas, las consignadas por el griego Herodoto en el siglo V a. C., hablan de la punta occcidental de Europa como una tierra boscosa, llena de conejos y de diversos pueblos más o menos misteriosos y con muy distintos niveles de complejidad social. Todavía no hay, claro, españoles: son celtas, fenicios, vaceos, griegos, astures, cántabros, ligures, vascos y otra larga docena de etnias, casi todas envueltas en la bruma por la ausencia de documentos escritos, aunque se sabe con bastante certeza que algunas de ellas alcanzaron un notable grado de prosperidad, como atestiguan ciertas joyas conservadas y el muy notable busto de la bellísima "Dama de Elche", tallado en piedra.

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Todo empezó por un pleito

La unificación de ese territorio vasto y variopinto fue la azarosa consecuencia de un pleito entre romanos y cartagineses, entonces los dos grandes poderes del Mediterráneo, ocurrido en el siglo III a. C. La historia puede resumirse atropelladamente en unas líneas: tras la derrota militar por el control de Cerdeña a manos de los romanos, los cartagineses -situados en el norte de África, en lo que hoy son Túnez y parte de Libia- debieron aceptar el pago a Roma de unos fuertes tributos de guerra y vasallaje. Para generar esos recursos, como era propio de la época, necesitaban apoderarse de la riqueza minera de otros pueblos, y se sabía que al sur de la península ibérica, donde ya existían colonias cartaginesas, había grandes yacimientos de minerales. Lanzaron, pues, sus tropas aguerridas, y en poco tiempo ocuparon una buena parte de lo que hoy son Andalucía y el Levante español.

El senado romano se asustó

No estaba entre sus planes enviar las legiones a Iberia, pero la prudencia les indicaba que debía ponerle frontera a la expansión cartaginesa, así que obligaron a sus debilitados enemigos a aceptar un límite a la conquista: el río Ebro y la ciudad de Sagunto. Pasar ese punto significaba un casus belli, una causa de guerra. Y eso exactamente fue lo que ocurrió: los cartagineses se apoderaron de Sagunto y los romanos, sin demasiada convicción pero con suficiente ferocidad, enviaron sus tropas para desalojarlos y someterlos a la obediencia.

La romanización

Así empezó la romanización de Iberia: una prolongada tarea de más de 600 años. Con las legiones romanas llegaron una lengua -el latín-, un alfabeto, una forma de edificar y de construir ciudades, un derecho y una visión religiosa. En suma: una civilización y un Estado mucho más fuertes y coherentes que el reguero de pueblos celtibéricos que los romanos iban absorbiendo con cada ciudadela que fundaban o conquistaban. Poco a poco, de sur a norte y de este a oeste la antigua Iberia fue quedando sepultada por la Hispania romana, una provincia dividida en regiones que vagamente y sin proponérselo fueron prefigurando las zonas en las que luego, mucho tiempo después, se balcanizaría el mapa de España: Lusitania (galaico-portuguesa), Bética (Andalucía-Castilla), Tarraco (Valencia-Cataluña). Del viejo mundo ibérico, protegido por zonas montañosas de difícil acceso, sólo sobrevivió un pueblo tercamente apegado a sus tradiciones: los vascos, portadores de un idioma endiabladamente enrevesado cuyos orígenes se remontaban a la edad de piedra.

¿Se puede hablar de españoles en la época de la dominación romana? Todavía no. La identidad de la clase dominante, y, progresivamente, de las etnias dominadas, era la de Roma. No había tal cosa como una conciencia hispánica. Pero eso comenzó a cambiar en el siglo V d.C., tras el colapso del Imperio Romano, cuando entró en Hispania un pueblo germánico, los visigodos, en persecución de otros invasores germánicos, los suevos que se habían apoderado de una buena parte de lo que hoy son Galicia y Portugal. Los visigodos, radicalmente romanizados tras siglos de difícil convivencia fronteriza con Roma, constituían un aliado federado dentro del agonizante imperio.

El primer estado "español"

Quienes cruzaron los Pirineos serían aproximadamente unas doscientas mil personas -incluidos los guerreros, sus mujeres e hijos- frente a una población de acaso cuatro o cinco millones de hispanorromanos, pero en poco tiempo y con el beneplácito de las mayorías lograron controlar toda la región y cumplir el objetivo de expulsar a los suevos. Ahí comienza la monarquía visigoda y por primera vez se constituye en la Península un estado independiente y unitario. En el terreno político ha nacido España. San Isidoro de Sevilla, en torno al año 600, ya no se sentía romano. Era un orgulloso hispanovisigodo: un protoespañol. Toledo será la capital de ese reino, algo que tendrá importancia posteriormente cuando el latín evolucione y se convierta en castellano: la norma lingüística más acreditada será la de Toledo.

¿Qué es esa entidad surgida en Europa? Es la suma del viejo sustrato ibérico, casi imperceptible en el siglo V d.C., más la cultura y las instituciones romanas, a lo que ahora se añade y superpone una élite militar de origen germánico. Cien años antes de estos acontecimientos Roma había adoptado el cristianismo como religión del Imperio, declarando dementes -así decretó el emperador Teodosio- a quienes no lo aceptaran. Los visigodos también eran cristianos, aunque de la corriente arriana. Cierto tiempo después se acogieron a la ortodoxia católica.

Mahoma contra Santiago

Menos de tres siglos duró la monarquía hispanovisigoda. En el 711, en medio de una de las frecuentes guerras civiles desatadas por los belicosos germanos, unos siete mil árabes y bereberes del norte de África, bajo el mando de Al-Tarik, convocados por una de las facciones en pugna, cruzaron el Estrecho, desde entonces y en su honor llamado Gibraltar, y en un periodo sumamente breve lograron controlar casi toda la Península. Sólo en el norte, en Asturias, resguardado por las montañas, pudo constituirse un reino godo, un miniestado que soñaba con recuperar el territorio arrebatado por los árabes. Era la Reconquista. Pero no sólo era una reconquista política o territorial. Los árabes habían traído a la Península el concepto de guerra religiosa, la jihad, y los españoles les respondían del mismo modo: al grito de "¡Alá es grande y Mahoma su único profeta!" respondían con el de "¡Santiago y cierra España!". También era una reconquista espiritual.

¿Quiénes son los primeros hispanogodos que reciben el nombre de españoles? Irónicamente, son los cristianos que huyen de la invasión árabe y se refugian en la Marca Carolingia, es decir, en lo que hoy sería territorio catalán, entonces bajo el dominio de los francos de Carlos Martel. O sea: que los hispaniolis que apresuradamente escapan de la media luna son los catalanes.

Siete siglos duró la Reconquista, y en ese esfuerzo desigual, intermitente, con periodos de hostilidades y alianzas, en el que los árabes se españolizaron y los españoles se arabizaron, fueron acentuándose los particularismos regionales. El latín parió tres lenguas romances: el castellano, el catalán y el gallegoportugués, a las que se podía agregar una docena larga de dialectos. Y surgieron diversos reinos cristianos generalmente vinculados a las derrotas de los árabes: Asturias, León, Galicia, Navarra, Aragón, Valencia. Pero uno de los más "jóvenes", Castilla, enclavado en el centro norte de la Península, sería el que alcanzaría mayor peso y vigor. ¿Por qué? Tal vez porque la tremenda epidemia o peste del siglo XIV diezmó terriblemente la zona catalano-aragonesa. Acaso porque hubo reyes castellanos muy afortunados en el terreno militar. Seguramente, porque el peso demográfico y económico de Castilla, especialmente tras la absorción de León y Asturias, era mayor que el de las demás regiones de España.

Aparece América

En 1492, cuando los reyes católicos Fernando e Isabel entran en Granada, último reducto islámico en España, Castilla ya es una potencia europea, y los diversos reinos y territorios de la Península forman una especie de Estado federado en el que las tradiciones, las lenguas regionales y hasta el Derecho local tienen un notable grado de autonomía: son los llamados fueros. Es verdad que con el matrimonio de Fernando e Isabel también se casaban Aragón y Castilla -los reinos eran propiedad de los soberanos-, pero la suma de dos soberanías no necesariamente constituía una entidad unitaria. España todavía era una manta de retazos en donde predominaba Castilla.

En Santa Fe, la ciudad-campamento en la que Fernando e Isabel planean el asalto final de Granada, hay un marino iluminado, probablemente genovés, que quiere convencer a los monarcas de que participen en una aventura marítima de difícil pronóstico: darle la vuelta a la tierra navegando hacia el Oeste, con el objeto de llegar por esa vía a las islas asiáticas de las especias. Se llama Cristóbal Colón y tiene fama de ser un poco sabio, un poco loco y bastante latoso. Finalmente, se firma el acuerdo. Es un joint-venture en toda la regla y no demasiado costoso: unos veinticinco mil dólares calculan hoy los historiadores. Meses más tarde, inesperadamente, aparecerá América en el camino. Colón nunca se dio cuanta de ello o no quiso admitirlo. En realidad no le convenía ese gigantesco contratiempo.

Poco después del descubrimiento de América sucedió otro fenómeno político entonces de mayor envergadura para España: un nieto de Fernando y de Isabel, Carlos, criado en Flandes, como consecuencia de ciertas maniobras políticas, del soborno de unos cuantos nobles y de su condición por línea paterna de heredero de una de las ramas de los Habsburgos, antes de cumplir veinte años se convierte en la cabeza del Sacro Imperio Romano, una enorme porción de Europa que incluía Alemania, Austria, partes de Italia, Flandes, y, naturalmente, España y los flamantes territorios americanos. América era una colonia de Castilla, pero Castilla era una pieza del imperio de los Habsburgos. El emperador Carlos V de Alemania (I de España) ni siquiera hablaba español correctamente cuando llegó a la Península. Sus abuelos habían muerto y mandaba un habilísimo Regente, el cardenal Cisneros, pero también murió antes de poder darle la bienvenida al nuevo soberano. No todos fueron vítores: para afianzar su poder tuvo que enfrentar unas severas revueltas acaudilladas por una parte de la nobleza. Lo hizo con extraordinaria dureza.

América se independiza

Algo más de tres siglos duró la presencia española en América. Los dos primeros bajo la soberanía de los Habsburgos y el último bajo la rama francesa de los Borbones. En efecto: en 1700 muere Carlos II sin dejar descendencia, y tras una espantosa guerra internacional -la primera gran guerra mundial europea, librada al costo de más de un millón de muertos- un sobrino del rey francés se corona como monarca español y la Península y la Colonia reciben una fuerte influencia modernizadora traída por la nueva dinastía. En España y en América la intelligentsia lentamente se va afrancesando: es la Ilustración. Los criollos resienten la marginalidad en la que viven. Casi todas las jerarquías políticas y religiosas vienen de la península. De los 170 virreyes designados por la Corona a lo largo de tres siglos para gobernar en los cuatro virreinatos, sólo cuatro nacieron en América. De los 705 obispos, sólo 105 fueron criollos, y todos blancos, naturalmente. Para España, Hispanoamérica era una propiedad que le pertenecía como le pertenece una casa a quien la construye. Los criollos y mestizos comenzaban a albergar sentimientos separatistas.

La chispa fue la revolución francesa y su secuela napoleónica. En 1808, con España convertida en un virtual protectorado de las tropas francesas, el rey español Carlos IV fue obligado a abdicar a favor de Napoleón, en detrimento de su hijo Fernando, y el emperador francés a su vez le entregó ese reino a su hermano José Bonaparte. Este fue el punto de partida de la guerra de independencia española, librada de manera casi espontánea por guerrilleros extremadamente eficaces, y de la rebelión americana. Del lado de acá del Atlántico el primer grito de batalla fue "¡Viva Fernando VII!"; el segundo, "¡Viva la independencia y mueran los gachupines!" Quince años más tarde casi todo el nuevo mundo se había emancipado. Cuba y Puerto Rico todavía tendrían que esperar hasta 1898.

Los verdaderos "españoles"

Esta ruptura, naturalmente, sólo ocurría en el terreno político: en el cultural no había posibilidad de desandar el camino. En ese extenso periodo de tres siglos España había creado en América una de las pocas culturas planetarias, dotándola de un idioma que devino internacional -el 6% de la población mundial se comunica en español-, y en el que se publican anualmente más de sesenta mil títulos diferentes. Más aún: mientras en la Península, como se comprueba en la España de las autonomías, siguen vivas y crecientes las tendencias nacionalistas no-castellanas, especialmente en Galicia, Cataluña y las Vascongadas, donde verdaderamente se fragua la identidad española es en América. Es en Chile o en Costa Rica donde los vascos, andaluces y catalanes se funden en una nueva criatura. Es en Cuba, en Venezuela, en Argentina o en Uruguay donde gallegos, austurianos y canarios, mezclados con negros e indios adquieren un perfil unificado. Es acá, finalmente, donde gloriosamente cuaja la hispanidad.
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