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CRISIS POLíTICA EN EUSKADI

País Vasco, la hora del verdadero diálogo

La larga persistencia del terrorismo de ETA ha estado acompañada de demasiado silencio y de no menos hipocresía. Buena parte de la enfermedad moral que cualquier observador no puede menos que diagnosticar en la sociedad vasca viene determinada por ellos: por las nefastas consecuencias del miedo paralizante que ha afectado a unos (mezclado también con un absurdo complejo ante el nacionalismo) y por la negativa de otros a romper, a pesar de tanto énfasis en las vías pacíficas, el hilo conductor con la violencia. A los terroristas les ha sostenido la ceguera ética de su fanatismo étnico y totalitario, pero también la sensación de que esa combinación de miedo e hipocresía generaba esperanza para la consecución de sus aberrantes objetivos.

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El silencio aterrado ha llevado a muchos a abandonar el País Vasco o a desentenderse, en una suerte de asustado exilio interior, de lo que en él ocurría. La indignación ha sido demasiado frecuentemente privada, escondida. La sensación de que el futuro de la organización política del País Vasco no dependía a la postre de los ciudadanos sino de las maniobras políticas que se llevaban a cabo en torno a la lacerante violencia ha desmovilizado a la sociedad vasca. Los nacionalistas, al comprobar cómo una parte de los suyos se alineaba junto al terrorismo, se han resistido, a veces hasta la desvergüenza, a romper amarras con ella. Con necedad o desfachatez, han pretendido distinguir, y todavía siguen haciéndolo, entre medios y fines, para aglutinar en torno a estos últimos una “familia” que ha terminado por difuminar sus perfiles. ¿Cuáles de sus aspiraciones se han logrado en la práctica por la utilización de unos u otros medios? ¿Qué efecto han tenido, en la consecución de muchas de sus reivindicaciones, la expresión de una voluntad mayoritaria o la creencia de que con ellas se aplacaba a la bestia?.

Esta mixtificación, en la que se confunden la tribu étnica y las conquistas partidarias, está en la base de la reclamación constante de un “diálogo” para terminar con la violencia. Y es el caldo de cultivo en el que se sostiene la falacia de que todos los proyectos políticos son legítimos, aunque no lo sean los medios. En el País Vasco, durante mucho tiempo y todavía ahora en importantes pronunciamientos políticos, se olvida que, para organizar y desarrollar libremente un país, el diálogo es el ejercicio de la democracia, respetuosa con los derechos individuales, y no la conversación imposible con los asesinos o con los que quieren imponer su particular dictadura con el chantaje. Por otra parte, la equiparación ética de todos los proyectos, ocultando que algunos tienen en su entraña el totalitarismo y la violencia, degrada hasta límites insospechados (aunque hay que reconocer que últimamente se van viendo sus aterradoras fronteras) la vida social y política. La inteligencia queda soterrada por la estrategia, la moral pública por la táctica política. No es de extrañar que ese falso “diálogo” no pueda presentarse, en el debate mínimamente serio, como un valor y tenga que ser sostenido como un instrumento, como una estrategia.

Seamos sinceros: a lo largo de muchos años los no nacionalistas, más que dialogar, han cedido, que es lo que se pretendía con el planteamiento táctico que mezcla el victimismo, la amenaza de la violencia, la apropiación de la cualidad de vascos y un agobiante intervencionismo de las instituciones públicas en la vida cotidiana de los ciudadanos. La machacona insistencia en que, por formularlo gráficamente, sólo se puede estar en el presupuesto (en el Presupuesto público y en los presupuestos nacionalistas) o en el error, ha calado en un sector de la población que, aunque sea algo más de la mitad del cuerpo electoral, ha vivido acomplejado, temeroso y confundido. Entre las mentiras que abonan el triunfo simbólico del nacionalismo que hemos venido padeciendo no es la menor la del “inmovilismo” de los demás. Inmovilismo no, repliegue mientras el nacionalismo vasco se mantenía impertérrito en sus aspiraciones y planteamientos. Valga como muestra subrayar que la Comunidad Autónoma Vasca tiene como bandera oficial la que fuera del PNV (que es la única para la que vale la palabra en vascuence que significa bandera) y como himno el del mismo partido. Los no nacionalistas se replegaron, cedieron, amasaron su miedo, quisieron creer, para justificarse de algún modo, que, con su silencio y su sacrificio, facilitaban que los nacionalistas gobernantes terminaran con la violencia. Desde luego, no dialogaron. Tampoco el ambiente, la verdad, era proclive a ello.

Su desconcertado silencio tiene algunos hitos y, ahora, un afortunado final. Entre los primeros, hay que recordar la satisfacción infantil con que se acogió lo que dio en llamarse el “espíritu del Arriaga” que confirmaba lo llena de fantasmas que ha estado la vida política española de los últimos tiempos. Tras aquella Asamblea del PNV celebrada en el Teatro Arriaga de Bilbao creyeron que, por fin, los nacionalistas, acercándose al concepto de ciudadanía, les iban a dejar hacer algo más que acompañarles, quizá incluso, participar activamente en la conformación del presente y el futuro del País Vasco. Dialogar, en definitiva. Pero se vio pronto que así no se iban a lograr los que seguían presentándose como fines y cordón umbilical de todos los nacionalistas, el tótem con el que se prometía la solución del “conflicto” y el cese de la violencia. Volvimos enseguida a la “construcción nacional” (es decir, nacionalista, entre nacionalistas y para los nacionalistas) como panacea realmente nada ciudadana. Y a un constante terrorismo, doloroso para todos, claro, pero alentado por la impresentable concepción de que, en el fondo, se trata de una consecuencia no deseada de un problema originario que los no nacionalistas se resisten a resolver. Y más silencio aterrado.

Se quebró tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, al que había precedido la contemplación en directo de la realidad del terrorismo con el secuestro de Ortega Lara. Se comprendió toda la razón que tenía Camus al escribir que el silencio traduce bien la desesperación, que era precisamente contra lo que cada conciencia tenía que luchar, y que callar no era otra cosa que “dejar creer que no se juzga nada, y, en ciertos casos, no desear efectivamente nada”. Si es una paradoja no por ello deja de ser una verdad incontestable: gritar “no” (como ahora “¡basta ya!”) es el comienzo del único diálogo serio y moralmente aceptable, la toma en consideración de que todos los ciudadanos son sujetos de derechos, el esfuerzo por poner encima de la mesa una serie de valores que desbaratan la “lógica” de las estrategias interesadas o acomplejadas. Y si aquella reacción hizo pensar a algunos nacionalistas que, con la ruptura del hilo conductor entre ellos, podía venirse abajo la identificación con unos fines, deberán reflexionar ahora sobre la inanidad de éstos y el carácter dogmático de lo que hay que poner en juego para sostenerlos.

El Pacto de Estella es un intento de reformular la sinrazón empezando porque fuera el PNV el primero en escenificar la dejación que se venía reclamando de todos. La palabrería sobre ese eufemismo falaz de la desaparición de “todas las expresiones de violencia” (como si no viniera de donde viene) es el adorno de un veneno -el de que, antes de terrorismo, hay un conflicto que debe solucionarse negociando con los asesinos- que ha contagiado hasta a las instituciones vascas, a pesar de las humillaciones a las que ETA las ha sometido. La trampa del alto el fuego casi logra acallar de nuevo las voces que se habían levantado, el comienzo de un diálogo en el que por fin los silenciosos hablaban, pero la vergüenza y la indignación no pueden soportarse por más tiempo.

ETA asesina. El nacionalismo insiste en la negociación y en que consideremos, qué espanto, sus “razones”. Cuando afirma que no se puede usar el terror para conquistas políticas añade que el diálogo con los terroristas es el único camino para acabar con la barbarie. Pretende negar, aunque lo disimule, la existencia de las víctimas porque su sola presencia reclama el radical respeto a la memoria y a los derechos individuales que a la postre se oponen a cualquier precio político para iniciar una “nueva etapa”. Se nos presenta la ley como ajena a la moral, como si fuera ésta el refugio en el que debemos recluirnos mientras se construye su nación. Sobre las tablas del escenario de la política, la única invitación es al seguimiento obediente y no al reconocimiento de la pluralidad. Las elecciones reclamadas devienen, para el PNV, un peligro y “su” riesgo, como siempre, se quiere convertir en el de la ciudadanía entera. Se pretende entorpecer, en la teoría y en la práctica, que la Justicia persiga a los asesinos con todas las armas del Estado de Derecho y se trata de ocultar que el crimen “político”, precisamente por serlo, es aún más degradante que otros. Es hora, pues, de hablar, de empezar a dialogar de verdad diciendo “¡basta ya!” en las calles de San Sebastián, en las urnas y en cualquier foro en el que sea posible. Y reclamarlo para aquellos en los que aún no lo es. “Con la pérdida de la paciencia -sigue escribiendo Camus-, con la impaciencia, empieza por el contrario un movimiento que puede extenderse a todo lo que antes se aceptaba”.

Creo sinceramente que la movilización social que este sábado 232 de septiembre se va a hacer visible en San Sebastián es ya imparable. Se ha comenzado a negar la fatalidad, la situación del País Vasco ya no se acepta con un acobardado “es así” y se reclama el respeto a las libertades y los derechos humanos. Se niegan a la violencia sus pretensiones y se defienden unas instituciones que estén sin fisuras del lado de los agredidos. Se levanta la voz, se habla, se dialoga, para sostener la democracia y no fines partidistas. Y es precisamente la inclusión en el lema de la manifestación de las referencias al Estatuto y la Constitución lo que aporta a esta movilización social un valor añadido que la convierte en más eficaz y atractiva desde el punto de vista democrático. No se trata sólo de que se unan en la calle los atemorizados que quieren de algún modo consolarse, las víctimas y los amenazados, los que tienen vínculos psicológicos comunes y dolorosas sensaciones compartidas. Se trata, sobre todo, de defender los derechos y las libertades partiendo de los más amplios pactos políticos logrados entre nosotros, los que dan legitimidad al poder constituido -el que ostentan en el País Vasco los nacionalistas- y que, al mismo tiempo, representan los momentos en los que los no nacionalistas pudieron añadir su voluntad libre a sus miedos. No hay, por ello, ningún afán de enfrentamiento, ningún empeño (como los ha habido del otro lado) de subrayar dogmas o negar la existencia y los derechos a quienes se considera adversarios. Todo lo contrario. Se trata, simplemente, de comenzar a hablar, de no callarse para oponerse con firmeza al terrorismo y sus apoyos y para defender la democracia. Si el Gobierno vasco y los partidos que lo sostienen en el ridículo, es decir, al margen del Parlamento, no quieren estar en la manifestación de San Sebastián, si ven en ello “ideología” y “confrontación” (sic), si prefieren estar en el otro lado, quienes sí participemos en la manifestación y los que quieren hablar con y como nosotros, nos reafirmaremos aún más en la necesidad de desplazarles democráticamente del poder para que haya unas instituciones que defiendan los derechos de todos. Los suyos y los nuestros.
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