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EXPOSICIONES

Paisajes americanos

El Museo Thyssen Bornemisza presenta hasta el próximo 14 de enero una exposición que plantea un recorrido, el primero que se realiza en España, por la historia del paisaje decimonónico en Estados Unidos. La exposición tiene un notable interés tanto por la novedad como por la calidad de las obras y se plantea dentro de una más que coherente política de exposiciones que pretende ampliar algunos aspectos de la colección permanente del propio Museo.

Pablo Jimenez
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La colección de los Thyssen es una de las pocas colecciones europeas que ha dedicado atención a este período de la historia de la pintura que, tradicionalmente, ha sido desdeñado por nuestros historiadores más preocupados por los propios problemas que plantea su ne-cesidad de establecer un recorrido lógico que explique el devenir del arte en Occidente.

Es cierto, por mucho que las necesidades de la industria turística se haya empeñado en justo lo contrario, que el arte, tal y como lo entendemos, como algo que tiene valor en sí mismo y que convierte su belleza o, al menos, su lenguaje, en su única utilidad, es algo que sólo se da en occidente. Las artesanías más o menos brillantes, ya estén al servicio de las labores cotidianas o al de la religión, pertenecen a esferas distintas.

El caso es bien distinto cuando hablamos de América ya que los artistas que crearon las diferentes escuelas procedían tanto en formación como en concepto del viejo continente. Sin embargo, el proceso de transformación de las tradiciones europeas frente a un mundo distinto y unas necesidades diferentes, plantea un tipo de pintura que parece proponer un más que interesante contrapunto a la pintura de paisaje en Europa.

En el principio, la pintura servía pare representar a los dioses y sus fantásticas cortes de ángeles y santos. Y durante mucho tiempo, para el catolicismo, la pintura servió para plantear la representación visual de los paisajes de la Biblia, para un público lógicamente analfabeto. Pronto también la pintura se utilizó para pintar a los reyes y los poderosos, pero precisamente para revestirlos de ese carácter sobrehumano que tenía lo pintado. El hombre como concepto y la naturaleza también conceptualizada y corregida, situados preferentemente en episodios prestigiados por la mitología, marcan otro momento importante de la historia de la pintura, en eso que entendemos como renacimiento.

Pero con la revolución Francesa y el cambio de Régimen, los asuntos prestigiosos ya no pueden ser ni la religión, ni la mitología sino la nueva base sobre la que se sustenta el nuevo mundo: la historia. Con el tiempo, sin embargo, los propios artistas propondrán un nuevo tema central para la pintura: la propia pintura, y eso es lo que marca a lo que llamamos arte contemporáneo, pero antes había descubierto el paisaje como una liberación precisamente del asunto, de la necesidad de encontrar un argumento poderoso que justificara la propia obra.

Este grosero resumen de la trayectoria de la pintura puede ser útil para entender cómo la pintura de paisaje en los Estados Unidos estaba liberada de todas estas ataduras de la tradición. El paisaje no es para ellos ni la liberación de una pintura al aire libre, fuera de los talleres donde se hacían los grandes y pesados cuadros de historia, ni la excusa para echarse literalmente al monte, como los simbolistas, prestos a encontrar en lo más elemental una nueva fuente de espiritualidad que les permitiera dar la espalda a un mundo cada vez más prosaico y vulgar.

Y es que el paisaje norteamericano, aunque puede estar más próximo a de este último planteamiento tampoco tiene nada que ver. Para los nuevos habitantes de ese nuevo mundo que, no lo olvidemos, había que conquistar y civilizar, el paisaje lo era todo. La orfandad de todo tipo de sustento frente a un mundo completamente diferente; salvaje y cruel, y que además parecía responder a una escala distinta, hizo que el paisaje se convirtiera pronto en la propia esencia y símbolo del nuevo mundo.

Los pintores encontraban en esas nuevas imágenes del paisaje, las del edén perdido y de pronto recuperado. Una tierra que había que conquistar, a la que había que conseguir imponerse, pero que al mismo tiempo, por su virginidad, por su inmensidad, participaban de un planteamiento místico y espiritual de la vida y el mundo.

Los norteamericanos del siglo pasado crearon sus propias religiones transformando las del antiguo continente a la nueva vida del nuevo mundo. Lo mismo supieron hacer con el paisaje y prueba de ello son estos fantásticos cuadros que no sólo nos permiten reconstruir una historia paralela a la de nuestra propia historia del paisaje, que no sólo favorecen el que nos aproximemos a otra manera de entender la pintura y la representación, así como el arte americano; sino que conmueven por su misterio y su inmensa belleza.
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