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RECORDANDO A BASTIAT

¿Para qué sirve el gobierno?

Los gobiernos, si uno cree a los políticos, sirven lo mismo para un zurcido que para un remendado. Lo mismo para educar que para dar créditos blandos, lo mismo para hacer carreteras que para curar enfermedades, lo mismo para perseguir a los malos que para premiar a los buenos. Casi siempre lo hacen mal, pero por promesas y deseos no paramos.

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Ahí están. En donde uno esté. Casi tan omnipresentes como el aire que respiramos. Algunos más discretos y comedidos. Otros más insolentes y entrometidos. Algunos abrumadores; otros sutiles. Pero ahí están los dichosos gobiernos.

¿Para qué sirven los gobiernos? Tomo prestada la pregunta del economista francés Frederic Bastiat (1801-1850) y comparto, en pleno siglo XXI, la misma perplejidad que le producía a él esa entidad odiada y deseada, repudiada y anhelada, invocada a cada rato y casi con cualquier pretexto: el gobierno.

Unos dicen que el gobierno debe “organizar el trabajo y a los trabajadores”. Otros aseguran que la misión del gobierno es “reprimir la insolencia y la tiranía del capital”. Los de más allá puntualizan: “El gobierno tiene que promover la igualdad entre los hombres”. Aquellos refutan: “No, el gobierno tiene que protegernos de los delincuentes”. Más generosos otros anotan: “el gobierno debe educar”, o “construir caminos”, o “cuidar las tradiciones”, o “fomentar la cultura”, o “promover a los artistas”, o “ayudar a los ancianos”, o “proteger a los débiles”, o “dar créditos blandos a los industriales”, o “subsidiar el costo de tal o cual energético para las empresas”, u “organizar verbenas populares”, o “hacernos felices”...

Perfecto, es como aquél anuncio que promete que Internet puede ser lo que uno desee que sea. Así el gobierno. Se diría que puede ser lo que uno desee y servir para lo que uno le plazca.

Sin embargo hay dos problemas. Uno es práctico y el otro es ético. El problema práctico es que para que el gobierno haga todo lo que se le pide se requieren recursos. Y que por tanto el gobierno nos impondrá -de ahí viene lo de impuestos- pagos para poder cumplir con tal y con cual misión. Es la parte fea del asunto, de la que los políticos preferirían no hablar. “Fíjate que para darte el transporte en Metro barato, no voy a tener para construirte la escuela”.

Este problema práctico se llama política fiscal. Y en última instancia lo medular de la política se reduce a la política fiscal: ¿a quién le quito qué para dárselo a quién? Un político hábil pero inescrupuloso le quitará a quien menos pueda quejarse o causarle problemas para darle a quien más grita y más problemas le puede causar.

Un poco más de habilidad y tenemos al político astuto que sabe quitarnos sin que nos demos cuenta y que, en cambio, hace alarde estruendoso de cada centavo ajeno que otorga como si fuese suyo. ¿Cuántos políticos responden al zalamero agradecimiento (“gracias, señor por habernos dado la escuela para nuestros hijos”) con el reconocimiento de que el agradecimiento debiese ir para los contribuyentes o para los ciudadanos en general que sacrificaron parte de sus recursos propios para el bien de la comunidad? Casi ninguno.

Problema práctico: política fiscal.

Problema ético: si el gobierno hace tantas cosas acaba por asfixiarnos y someternos a la peor de las tiranías. Empieza por una noble preocupación (“hay que velar por la educación del pueblo”) y acaba entrometiéndose en lo más privado y sagrado de nuestras vidas (“no conviene que veas tal película porque atenta contra los valores de la patria” o “es obligatorio que leas este libro” o “voy a evitar que te hagas daño y por eso te impido que compres tal o cual cosa”, “si quieres usar la entrada de tu casa para tu automóvil me tienes que pedir permiso”, “si deseas trabajar aquí o allá me tienes que avisar para ver si eso es bueno para la patria” y así hasta el infinito, o casi).

Por eso, en lo práctico, vuelvo a Bastiat y su conclusión -que hoy en pleno siglo XXI suena tan “políticamente incorrecta” como en el siglo XIX:

“Gobierno es la gran ficción a través de la cual todos nos empeñamos por vivir a expensas de los demás”.

Y en lo ético sólo queda decir que el gobierno es un mal necesario... tan peligroso que lo más recomendable es el mínimo posible.

© AIPE

El mexicano Ricardo Medina Macías es analista político.
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