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MEDICINA Y SALUD

Pensado en hormonas femeninas

Durante demasiado tiempo, las denominadas hormonas femeninas sirvieron de pretexto para misóginos, machistas y todos aquellos que consideraban a la mujer el sexo débil. Sin ir más lejos, en 1970 Edgar Berman, asesor médico del vicepresidente Hubert Humphrey, levantó ampollas en la sociedad estadounidense tras declarar, en 1970, que las mujeres no estaban cualificadas para desempeñar ciertos trabajos debido a sus violentos cambios hormonales. Afortunadamente, este tipo de comportamientos sexistas son cada vez más infrecuentes, y quienes aún defienden la supremacía del sexo masculino frente al femenino se han quedado sin argumentos, al menos científicos.

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Para despejar cualquier duda, una hormona femenina ha empezado a mostrar a los investigadores unas facultades hasta ahora desconocidas. Nos referimos a los estrógenos que, producidos en los ovarios, estimulan el desarrollo de los órganos sexuales de la mujer, de las mamas y de diversos caracteres sexuales secundarios. Además de la testosterona, en el varón se forman pequeñas cantidades de estrógenos, aproximadamente una quinta parte que en la mujer gestante. Recientes investigaciones indican que esta hormona femenina juega un papel destacado en preservar e incluso potenciar los procesos mentales más refinados. En palabras de Victoria Luine, una pionera en este campo de la City University of New York, Estábamos acostumbrados a pensar que los estrógenos influían exclusivamente en la conducta sexual; ahora sabemos que también influyen en el aprendizaje y la memoria.

Numerosos estudios celulares y moleculares apuntan que esta hormona femenina puede actuar de diferentes formas sobre las células cerebrales, o sea las neuronas, implicadas en los procesos cognitivos. A nivel cerebral, los estrógenos son capaces de propiciar ciertas reacciones químicas en las neuronas, así como incitar su crecimiento y protegerlas de agentes tóxicos. Los primeros estudios en este sentido demostraron que este producto ovárico alienta el crecimiento de nervios en el cerebro de los embriones, pero hasta ahora los científicos desconocían si albergaba algún potencial cognitivo en la materia gris de los adultos. Hoy, los neurólogos saben que los estrógenos están integrados en la bioquímica de la memoria y que los efectos de los estrógenos neuronales tienen consecuencias funcionales. Por ejemplo, estudios clínicos indican que la hormona mejora la memoria tanto en mujeres sanas como en enfermas de Alzheimer, así como alejar el fantasma de este mal en mujeres después de la menopausia. Además, algunas investigaciones sugieren que el cerebro de los hombres también es sensible a la acción neuronal de los estrógenos.

Las primeras evidencias de la conexión entre esta hormona y las capacidades cognitivas se remontan a los años setenta, cuando Luine estudiaba el comportamiento sexual de las ratas en la Universidad Rockefeller, en Nueva York. Junto a su colega Bruce McEwen administró estrógenos a ratas a las que se les habían extirpado los ovarios con la esperanza de detectar cambios en las regiones cerebrales que regían su conducta reproductora. Entre otras cosas, Luine y McEwen detectaron un aumento de los niveles de un enzima denominado acetilcolina transferasa (ChAT) en ciertas neuronas de la parte basal del cerebro anterior. Debido a que la ChAT sintetiza acetilcolina, el neurotransmisor que utilizan estas neuronas para comunicarse con otras células nerviosas, los investigadores dedujeron que los estrógenos podrían acelerar la actividad neuronal en esta región cerebral de las ratas.

Luego, en la década de los ochenta, Luine descubrió una disminución espectacular de acetilcolina en las neuronas que la liberaban en el cerebro anterior de los pacientes con demencia senil. A raíz de estos estudios, esta investigadora propuso, por un lado, que estas neuronas jugaban un papel importante en los procesos cognitivos y, por otro, que los estrógenos podrían convertirse en una terapia eficaz para tratar a los enfermos de Alzheimer. Investigaciones posteriores en animales hicieron posible que Luine pudiera establecer una relación entre las concentraciones de estrógenos neuronales y dos áreas cerebrales relacionadas con la memoria y el aprendizaje: el hipocampo y la corteza cerebral.

Debido a que las neuronas de la región basal del cerebro anterior envían largos cables, llamados axones, a estas dos regiones cerebrales, Luine dedujo que el ChAT producido de forma extra en la zona basal del cerebro anterior en respuesta a los estrógenos podría alcanzar el hipocampo y la corteza a través de estos cables neuronales. La investigadora estaba en lo cierto.

En la actualidad, los científicos empiezan a descubrir cómo los estrógenos actúan sobre las neuronas que nos hacen pensar y recordar. En los setenta, Dominique Toran-Allerand, de la Columbia College of Physicians and Surgeons, en Nueva York, se encontró con que esta hormona femenina estimula la proliferación de axones y dendritas —las prolongaciones neuronales que reciben los mensajes transmitidos a través de los axones de una neurona vecina— en neuronas de ratón cultivadas in vitro. Sin embargo, no fue capaz de determinar si este fenómeno ocurría en roedores adultos.

No hay que olvidar que cualquier pensamiento, cualquier recuerdo o cualquier movimiento del dedo constituyen un impulso eléctrico o una serie de impulsos eléctricos. Éstos, como tales, no pueden pasar directamente de una neurona a otra, ya que entre ambas siempre existe un espacio ínfimo, pero insalvable, que recibe el nombre de hendidura sináptica. Los impulsos eléctricos, denominados potenciales de acción que recorren el axón de una neurona a una velocidad de 150 a 300 kilómetros por hora, provocan la liberación en el espacio sináptico de unas sustancias denominadas neurotransmisores. De este modo, la información eléctrica es codificada en información química, que nada en el espacio sináptico hasta la célula más próxima. Cada célula nerviosa establece entre 5.000 y 50.000 contactos con sus neuronas vecinas. En el extremo receptor de éstas se hallan las dendritas con sus múltiples ramificaciones, denominadas espinas dendríticas. En estos puntos, el mensaje encriptado químicamente vuelve a convertirse en señal eléctrica, que recorre la neurona para alcanzar su axón de salida. Este trasiego de información recibe el nombre de sinapsis.

El grupo de Rockefeller descubrió, por otro lado, que la suspensión de estrógenos provocada por la extirpación de los ovarios en ratas se traducía en una pérdida de espinas dendríticas en ciertas células nerviosas del hipocampo. Por el contrario, los roedores ooforectomizados que recibieron inyecciones de estrógenos presentaron un número de espinas dendríticas en las neuronas del hipocampo similar al de las ratas con los ovarios intactos.

Un artículo publicado esta semana en el Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) por Catherine S. Woolley y sus colegas del Departamento de Neurología y Fisiología de la Universidad Northwestern, en Evanston (Illinois, EE UU), viene a confirmar estos hallazgos. Woolley ha descubierto, con la ayuda de la microscopia electrónica, que los estrógenos aumentan y refuerzan la eficacia sináptica en un grupo de células del hipocampo denominadas neuronas piramidales.

No cabe duda de que esta hormona femenina desempeña un papel decisivo en algunos procesos cognitivos vitales para el buen funcionamiento de nuestra mente. Sin ella, parte de nuestros recuerdos quizás no se almacenaría en la memoria o se borrarían para siempre de nuestra mente. Sin memoria, el ser humano pierde su raciocinio. Como dijo Napoleón, una cabeza sin memoria es como una fortaleza sin guarnición.
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