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INGLATERRA Y EUROPA DESDE LOS EE.UU.

¿Perderemos a Gran Bretaña?

Con la desaparición de la Unión Soviética hace una década, la política extranjera ha perdido importancia en Estados Unidos y sólo la erupción de la violencia en Palestina logra grandes titulares en los periódicos. Esto es sorprendente dado que Estados Unidos está a punto de perder su gran aliada del siglo XX, Gran Bretaña. El problema no es que los británicos estén enemistados con sus primos norteamericanos, sino que su país está a punto de convertirse en una provincia del súper estado europeo.

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Es una paradoja que Washington apoye la independencia del diminuto Kosovo en Serbia y no la independencia británica de Europa. Kosovo históricamente es parte del corazón de Serbia, donde los serbios pelearon sus grandes batallas contra los turcos. Los ingleses nunca han sido realmente parte de Europa.

Una campaña de miedo orquestada por el primer ministro laborista Tony Blair y por algunos intereses económicos está empujando a los ingleses a los brazos del súper estado europeo. Argumentan que a menos que Gran Bretaña abandone la libra esterlina y adopte el euro, los ingleses quedarán a la deriva y económicamente aislados.

Los burócratas de Bruselas están ansiosos de “armonizar” el impuesto sobre la renta británico, aumentando las tasas en 50 por ciento para equipararlas con las europeas. De un plumazo se revocarían las reformas de la sra. Thatcher que revitalizaron la economía de Gran Bretaña.

Otras calamidades esperan a los británicos. Al contrario del caso europeo, la Seguridad Social y el sistema de bienestar social no son financiados en Gran Bretaña por impuestos a las nóminas. Esto le confiere una importante ventaja laboral a Gran Bretaña, donde además hay mucha mayor libertad de contratación y de despido de personal. El sistema de pensiones británico se volvería mucho más costoso, para ayudar a financiar las inexistentes reservas de las pensiones europeas.

Durante las últimas dos décadas, el rendimiento de la economía británica ha sido superior al de Alemania y Francia. Los ingleses no ganan nada al ser asimilados por Europa, pero tienen mucho que perder: su soberanía política, una moneda dura e impuestos relativamente bajos.

Los británicos también perderían su más grande logro histórico, su sistema legal. En Gran Bretaña, la ley surge del pecho de la gente y no de la Comisión Europea. La diferencia es inmensa y el carácter independiente inglés pronto lo descubriría, apenas los burócratas les comiencen a dar órdenes.

Estados Unidos sería otro gran perdedor. Nuestra relación especial con Gran Bretaña no sobreviviría su integración a Europa. Perderíamos nuestro principal aliado. Se cerraría el puente trasatlántico y Estados Unidos quedaría completamente aislado de Europa.

El impacto en nuestras gestiones diplomáticas sería dramático. Siempre tratamos de solucionar problemas buscando apoyo europeo en alguna acción internacional necesaria, y hasta ahora Gran Bretaña siempre nos ha ayudado apretándole los tornillos a Europa. Una vez que Gran Bretaña forme parte de Europa, habremos perdido nuestro aliado crucial.

Para proteger nuestra influencia diplomática, el primer trabajo del nuevo gobierno en Washington es convencer a los británicos de olvidarse del euro y hacerse miembro del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica. Los británicos deben pertenecer al TLC con Estados Unidos, Canadá y México. Estados Unidos invierte el doble en Gran Bretaña que Europa entera y Gran Bretaña es el inversionista extranjero más grande en Estados Unidos.

La batalla por Inglaterra de los primeros años del siglo XXI puede resultar más decisiva para el futuro que la famosa batalla aérea de Inglaterra, del otoño de 1940.

© AIPE

Paul Craig Roberts es columnista del Washington Times, fue subsecretario del Tesoro.
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