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EXPOSICIONES

Pierre Bonnard, otra vez en Madrid

El Centro Cultural Conde Duque acaba de inaugurar en sus salas una exposición del pintor francés Pierre Bonnard (Fontenay-aux-Roses, 1867-Le Cannet 1947), uno de los grandes maestros de la pintura de este siglo y uno de los pintores más emblemáticos para la crítica de los últimos años que lo rescató del papel de pintor menor que tradicionalmente se le había otorgado.

Pablo Jimenez
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Bonnard es un pintor especialmente exquisito que consigue en sus obras equilibrar el uso libre y denso del color, con temas llenos de intimismo y evocaciones de una felicidad tranquila y serena, al tiempo que juega con una desintegración de las formas en virtud de un sentimiento de clima.

Se trata de un pintor que en modo alguno reniega de la tradición decorativista de la pintura, que tanta importancia tuvo en el pasado fin de siglo, pero que a las revoluciones más formales del arte y a los misticismos exacerbados de su época supo oponer una pintura llena de encanto y de ensoñación con una serie de temas menores, interiores con desnudos en sus cuadros más célebres, pero que dejaban lugar para que la pintura encontrara un espacio para desplegar toda su capacidad de fascinación.

Independientemente de su importancia, que es mucha dentro de la historia del arte del siglo XX, ya que, entre otras cosas fue uno de los fundadores del grupo de los Nabis, esos pintores que se declaraban herederos de Gauguin, su importancia es muy especial para un grupo de pintores, y de críticos, españoles que, a principio de los 80 emprendieron una recuperación de los lenguajes de la pintura, frente a las opciones de carácter más ideológico -como fueron los planteamientos de la década anterior- o más formalmente experimentales.

Para estos pintores: Alfonso Albacete, Gerardo Delgado, Manolo Quejido, Navarro Baldeweg y para críticos como Juan Manuel Bonet, que fue el que más decididamente los apoyó, Bonnard era una figura mítica, el auténtico pintor moderno que permitía una vía para la recuperación de la pintura como un oficio legítimo y cargado de belleza y sensibilidad.

En este sentido la magnífica exposición que en 1983 le dedicó a Bonnard la Fundación Juan March fue especialmente importante, como lo era el magnífico texto de Ángel González -otro de los nombres decisivos de la crítica de arte de esos años que ahora acaba de editar en forma de libro todos sus textos- para el catálogo. Eran años en los que las grandes exposiciones de las fundaciones tenían un carácter casi de manifiesto. Y mientras la Fundación La Caixa marcaba desde sus salas la recuperación de la escultura contemporánea, por ejemplo, o los nuevos artistas de moda, Barceló incluido, en esta ocasión la Juan March daba en clavo con una magnífica exposición del que sin duda era el pintor más emblemático para uno de los grupos artísticos más importantes de la escena española de esos y todavía estos años.

Pero si esto ocurría en España, todavía marcada por ciertas peculiaridades debidas al ostracismo cultural provocado por el franquismo, la fortuna crítica de Bonnard, como no podía ser de otra manera ya había llegado en el resto de Europa a sus cotas más altas.

La exposición que ahora se presenta carece, por supuesto y afortunadamente también, de ese carácter casi programático y de toma de postura frente a los usos artísticos anteriores. Desgraciadamente también carece de severas restricciones en cuanto al número y calidad de las obras expuestas, lo que no favorece en nada un reencuentro con el que sigue siendo uno de los pintores más atractivos de todo el siglo XX. Pero aún así, las obras de Bonnard, intimistas y decorativas -“Toda mi vida, dirá en 1943, he flotado entre el intimismo y la decoración”- plenas de una sensibilidad seductora nos introduce, incluso con sus grabados o algunas obras menores en un mundo tan delicioso como seductor.

Bonnard empieza su carrera en medio del clima hostil hacia los impresionistas que domina la escena artística parisina de los años próximos a 1890. Pero tampoco estuvo próximo a los ambientes dominados por Gauguin, al que siempre profesó un lejano y reverencial respeto, y los simbolistas. Cuando fundó el grupo de los nabis, fue un nabis peculiar.

De todo ello sin embargo aprendió cosas muy importantes y que serían decisivas para su carrera: el uso libre y sentimental del color (Gauguin) y una aproximación a perspectivas más literarias (lo que lo acercaba a los simbolistas), que hizo que sus primeros paisajes de París, se acercaran a la poesía de Verlaine.

Pero fue en las escenas de desnudos femeninos en el baño o el tocador en las que Bonnard encuentra las claves de su estilo de madurez, recuperando algunos aspectos de la perspectiva y el modelado, abandonados en sus obras anteriores. Pero todo ello desde una complejidad (los espejos y sus reflejos, las mesas y las ventanas) tremendamente ingenioso y lleno de un inédito encanto.
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