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AUTORES Y GéNEROS

Pum, pum, pum, Angelina

Lara Croft ha emergido del videojuego a la pantalla en forma de Angelina Jolie como, tiempo atrás, un modelo de Botticelli surgió de la espuma marina en formato de Venus.

Agustín Jiménez
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La capacidad de transponer códigos y la afición al multimedia nos lleva por derroteros imprevistos. Uno de los filones tradicionales del cine han sido las novelas. Después de esas secuelas (“Desde Rusia con amor: La película”) llegaron las prequelas (sic: inglés “prequel”): la industria del libro empezó a novelar películas de éxito: “Batman: La novela”). Se tradujeron al celuloide obras de teatro y series de televisión —que, en cuestión de formato, eran de la familia. Se adaptaron cómics (“Superman”, “Batman”, “Los hombres X”). Llegó un momento en que las conversiones se aceleraron y se instaló el travestismo generalizado de formatos, eso que los americanos denominaron “crossover”. Entonces, los cantantes de ópera, con el dilatado Pavarotti a la cabeza, se pasaron al pop. También se pasaron al pop los filósofos, cruzando la calle desde la acera donde vivía Aristóteles. En los años setenta y ochenta del lejano siglo XX, capitaneados por un tomista llamado Umberto Eco, se ajustaron las gafas y escribieron sobre Tarzán y James Bond. Pero hoy viene Lara Croft procedente de un videojuego —una probeta novedosa— y los filósofos están callados. Los que teorizaron sobre el relato popular, de Caperucita a Modesty Blaise, de Propp a Bettelheim, no han dispuesto aún una semiología para el género donde se gestaron Mario o el animoso niño de Zelda o Lar Croft, que ahora nos viene con la carne de Angelina Jolie y no sabemos por qué. Y, sin embargo, el videojuego ofrece indudables atractivos a la semiótica, o como se llame ahora la sociología reflexiva de las costumbres.

El videojuego es un estilo nuevo de iniciación a las ideas de la tribu similar, paralelo al rito de la lectura de cuentos en el que los niños aprendían las nociones de bien y mal y los peligros de atravesar el bosque. Sólo que ahora el bien y el mal se aprenden apretando compulsivamente una serie de botones. Por primera vez en una actividad humana, continente y contenido van de la mano. El niño, o asimilado, mata a los malos para aprender una técnica manual que lo guiará cuando, en su porvenir adulto, deba pilotar aviones o votar por Internet. El espíritu de iniciación queda patente en la secuencia de los hechos. Cada pantalla es un nivel que hay que conquistar. La ardua y continua complicación de los niveles recuerda las pirámides en que transcurren las luchas de clases y aspectos cotidianos como el ascenso del escalafón.

La técnica del videojuego, aunque manufacturada por adultos —se necesitaría otro capítulo para discutir por qué los adultos trabajan tanto para sus menores—, ha sido perfeccionada por los niños, que ahí nos ganan. No deja, pues, de ser una perversión que un objeto erótico tan potente como Angelina —la Venus desinhibida, experta en puenting y lenguas exóticas, capaz de sujetar dos pistolas por el mango— sea una incitación al mal que nos hacen nuestros niños.

Las historias de los videojuegos se parecen muchísimo a los libros de caballerías. El andarín de Zelda lo sabe muy bien. Sale de aventuras, atraviesa bosques encantados y, cada dos pasos, se encuentra a un monstruo que, como los antiguos caballeros bravucones, lo desafía.

Lara Croft, la bella Angelina, sigue, en su particular búsqueda del Grial, una pauta mitológica que viene de atrás a la que ella aporta algo de originalidad. Definitivamente, consagra el “crossover” a la épica de la mujer moderna. En los últimos años han llegado al relato Shena, que es una especie de Conan y un montón de novelas de acción protagonizadas por mujeres —de P.D. James a Evanovich. Aunque la primera heroína seria fue Modesty Blaise y ya conocíamos a una serie de heroínas consortes interesantes, desde los Ángeles de Charly a la señora de Diabolik.

El referente literario más claro, consciente o no, de Lara Croft es SHE, la novela más famosa de H. Rider Haggard, a quien en España conocemos más por LAS MINAS DEL REY SALOMÓN y QUATERMAIN. Desde su aparición ha inquietado a los británicos y, en general, al mundo anglosajón. Hay de “Ella” una docena larga de versiones cinematográficas, la más conocida de las cuales la interpretó Ursula Andress. “Ella” (la que debe ser obedecida) fue uno de los motes de Margaret Thatcher. Evidentemente, la Angelina de nuestra película es inglesa por los cuatro costados y vive en uno de esos caserones con tan sólo un mayordomo y un experto en informático (que tan poco servicio lleve el palacio en condiciones era un misterio que se planteaba en la mansión de Batman).

SHE/ELLA —como si dijéramos “la” mujer —no sólo es la referencia de Lara Croft sino también de las dos o tres películas de egipcios que están esta temporada en las pantallas. Así, por ejemplo, las relaciones amorosas que atraviesan los milenios y los continentes (“Belphégor”, “El retorno de la momia”) las inventó probablemente Haggard con la extraña historia de su criatura blanca, que daba órdenes a los negros en árabe y recordaba a los muchachos griegos con los que hacía pinitos en los tiempos clásicos.

Sólo por la referencia a la literatura entendemos la relación padre-hija que tan mal explican los guionistas de TOMB RAIDER. La única razón por la que un John Voigt muerto vela por su hija —aparte de lo fácil que resulta revivir a un señor que es sólo cibermuerto— es que, en su mayoría de edad, el héroe de SHE recibe —como aquí Angelina— una pista legada por su padre para que inicie una búsqueda estrafalaria.

La búsqueda. Los caballeros del Grial fueron los primeros turistas. Salían a verlas venir. Lara Croft, con su mezcla de Modesty Blaise e Indiana Jones, se va hasta el fin del mundo porque ya hay muchos aviones. Llega, encuentra la pieza que le falta —porque además es lista— y sale de estampida como en las epopeyas de Spielberg. Llegará a la puerta de salida cuando todo se está yendo al garete. Todo el rato hará “pum, pum, pum”.

Todos estos libros están disponibles en la Tienda de Libros de El Corte Inglés
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