Menú
Con tu apoyo hay más Libertad
  • Sin Publicidad
  • Acceso a Ideas
  • La Ilustración Liberal
  • Eventos
AUTORES Y GéNEROS

¿Qué le hicieron a mi madre?

Nabokov escribió: "El arte es belleza más compasión". Con esta definición, las novelas de James Ellroy no son artísticas. Carecen de belleza al uso —a no ser al nivel muy intelectual en que admiramos su estilo amanerado— y, desde luego, carecen de compasión. Entre otras cosas, porque la compasión es un sentimiento y los sentimientos están ausentes aquí. El otro día, Ellroy pasó por España en promoción y, según los periódicos, dijo que era muy "maaaaaalo" —apelativo que, con "loooooco", se repite incansablemente en lo que escribe—, y confesó ser un genio. Demostró un talante desagradable y una ignorancia estereotipada de lo que no fuera americano, y remachó la moralidad de sus personajes, lo que nos asustó cuando, a continuación, alardeó de sus opiniones, que no difieren mucho de las lindezas o las "boutades" de su Howard Hughes, aquel que decía (capítulo 19 de "Seis de los grandes") que "sólo los mormones y los hombres del FBI son de sangre limpia".

Agustín Jiménez
0
Difícilmente pueden catalogarse de geniales las novelas unidimensionales de Ellroy. Ni siquiera pueden catalogarse de trepidantes por los manierismos que las mueven y que agotan más que excitan la atención. Él cree que es por su densidad. A propósito de "Jazz Blanco" (1992) recomendaba: "Esta novela es muy dura de leer. Debe leerse por bloques de 100 páginas. No es una broma, es la única manera de leerla". Un ejemplo de dureza en la primera página del capítulo 26 de "Seis de los grandes": "Bostezó. Se rascó el culo. Meó en una lata de leche. El coche empezó a oler. Se le fue el chorro. Roció varias veces el salpicadero". Sea o no genial, sea o no duro de leer, es obsesivo y es arriesgado. En otro contexto, es lo que hizo Proust. Así 122 capítulos. Lo que no quiere Ellroy es ser un escritor maldito. Alguna vez se ha enfadado con los que lo alinean al lado de un Bukowski, un William Burroughs, un Hunter Thompson, "ese trío de tipos misántropos que no saben escribir".

El argumento crónico de Ellroy es América. Es el argumento de muchos libros de una generación anterior de escritores (Gore Vidal, Norman Mailer). Es el tema de las novelas de un escritor más nuevo con quien comparte ambientación: Don De Lillo. El primer libro de De Lillo fue "Americana". Vino después "Underworld", donde ya planean Edgar Hoover y Frank Sinatra, personajes que luego agitarán los oscuros cotilleos de Ellroy. Con "American Tabloid", éste inicia la trilogía "Underworld USA". El segundo libro de la trilogía, "Seis de los grandes", se inspira directamente en otra novela de De Lillo, "Libra", una crónica del asesinato de John F. Kennedy. A los que no somos americanos, el asesinato de ese presidente mujeriego y belicista puede parecernos un asunto cargante y de poco interés (como ironizó Sean Connery al final de la película "La roca"), pero parece que en Estados Unidos sigue siendo un trauma.

Según la mitología, a Batman le mataron a sus padres de niño. Según la Historia, América sin Kennedy se quedó huérfana. Según los periódicos, a la madre de Ellroy la asesinaron tras una lucha de jarana extraconyugal. Según Ellroy ("Mis lados oscuros"), la solución del caso del asesinato de su madre lo sigue alucinando. Según Freud, Ellroy proyecta su madre en América, que es también su madre y que la gente mala, incluido el perverso Clinton, no para de violar y asesinar. Los majestuosos Hammett y Chandler marcaron una esfera literaria perfectamente americana y Ellroy es tan negro como ellos. Más negro aún, porque sus novelas no tienen, en rigor, conclusión, en el sentido moral del término. Pero Hammett y Chandler se ocuparon de gente corriente, mientras que los protagonistas de Ellroy, los criminales y los bellacos, son, como en la mitología griega, los dioses del momento: los varios Kennedy, los Sinatra, los Lutero King, los magnates a lo Howard Hughes, los capitanes de los sindicatos, los dueños del FBI, siniestros como Plutón, ayudados de varios corifeos que pasan de una novela a otra, con sus vergüenzas destapadas por una panda de periodistas cotillas ("L.A. Confidential") en un paisaje de kukusklán, de pistolas, de negros, de chuloputas, de mormones, de raza, dinero, poder, chantaje, miedo y sexo.

Ellroy tiene un estilo cortado que ha ido perfeccionando en varios libros y que en el último se le ha hecho crónico (para acompasarlo a su argumento crónico). Es un caso alocado de manierismo, una exageración convulsiva de la forma, que sólo se relaja cuando Ellroy recurre a otro de sus procedimientos habituales: la transcripción de un informe oficial o de una cínica conversación telefónica. Es admirable que eso se mantenga durante tantas páginas. Aparentemente el procedimiento es simple: yuxtaposición de palabras o de oraciones, anáforas con los nombres o con los pronombres (invisibles o insufribles en las traducciones españolas). El esfuerzo crea soluciones sintácticas curiosas, muchas intraducibles ("Pete fucking laughed") y copia la precisión detallada de un guión de cine y deja abiertas, como en el cine, dependiendo del montaje, la lectura final, más rica, más ambigua, que la que proporcionaría una cerrada acumulación literaria.

Lo sorprendente es que, con ese procedimiento, la acción no deje de progresar. Es como si, durante horas, nos estuvieran dando puñetazos pero cada puñetazo nos imprimiera un mensaje. Mensaje en el sentido de creación de una imagen. Literariamente hablando, esto es mucho, pero es dudoso que Ellroy narre muchas cosas. ¿Qué concluimos al final de una novela de Ellroy? Que las tramas son negras, que todos son malos, que algunos son fieles. Son conclusiones abstractas. La literatura carece de la definición del cine. Las películas de Tarantino, con las que también podrían compararse las novelas de Ellroy ("Pulp Fiction" con "American Tabloid"), están obligadas a contar cosas por su propio formato.

¿Hay que leer a Ellroy? Con mesura, pero sí. Sin que eso quiera decir que nos vayan a interesar sus contenidos. Chesterton decía que los libros malos contienen más verdades que los libros sofisticados, que, muchas veces, no pasan de ser manías personales. Para los estudiosos del estilo, Ellroy es un autor interesantísimo. Pero, como la América que describe —o, como la mitología que evoca—, ese estilo es un callejón sin salida.
0
comentarios

Servicios

  • Inversión
  • Seminario web
  • Podimo
  • Tienda LD