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CHINA Y CUBA

¿Qué pasó con el ejemplo chino de Fidel Castro?

Cuando Fidel Castro visitó las oficinas del Wall Street Journal en Nueva York, en 1995, defendía su obstinado totalitarismo explicando que planeaba una apertura al estilo chino: autoritarismo combinado con una lenta liberación económica. Nos aleccionaba que Gorbachev había destruido a Rusia con su perestroika, pero que él no sería tan tonto. Por el contrario, convertiría a Cuba en una economía de mercado socialista y visitaba nuestro diario para atraer inversiones.

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Poco después de que mi avión aterrizara en China, comencé a mirar a mí alrededor y a darme cuenta del nuevo capítulo de ineptitud económica de Fidel. Si imitar a China era verdaderamente su plan, éste ha sido tan exitoso como su intento en los años 60 de lograr la autosuficiencia en café, ordenando la plantación masiva de cafetos en cada metro de terreno vacío alrededor de La Habana. Esas plantas no produjeron café y resultó ser un fiasco tan grande que se ordenó toda alusión al fracaso.

La prometida apertura a la china tampoco ha dado fruto alguno. Mientras tanto, los chinos que sufrieron tanta hambre y pobreza están disfrutando de ciertas libertades. Liberar las legendarias energías mercantiles de los chinos está produciendo los resultados esperados y la nación vibra de optimismo. Yo no puedo dejar de comparar estos sentimientos con la depresión que aplasta a los cubanos.

En China todavía hay opresión, pero comparada con Cuba se parece más a Hong Kong. Y dada la enorme intervención estatal que todavía persiste en China, eso refleja cuán atrasada está Cuba.

A pesar de la insistencia china en mantener el control centralizado del partido, sus inmensos problemas de corrupción y decretos que distorsionan tanto los precios como los mercados, la conexión directa que existe entre la libertad económica y el aumento del nivel de vida está a la vista en Beijing, como también en el sur y este de China. Tal conexión refuerza el argumento que sería inútil suspender el embargo a Cuba. Con o sin la participación de Estados Unidos, Cuba seguirá siendo pobre mientras la propiedad privada siga considerándose tabú.

Tanto China como Cuba están hoy abiertas a la inversión extranjera. Pero en Cuba la inversión extranjera va directamente a las garras del régimen, por lo que la apertura extranjera ha hecho muy poco por el pueblo. Por el contrario, la desesperación fomenta la prostitución, convertida en principal actividad pagada en efectivo. Todas aquellas personas en los balcones y en las esquinas, con la vista perdida en el horizonte, están esperando sólo una cosa: la muerte del tirano.

Los chinos podrían estar en las mismas circunstancias si no hubiera muerto Mao en 1976. Poco después, los campesinos exigieron y obtuvieron el derecho a quedarse con el excedente de su producción. Eso hizo posible que la producción extra fuese a parar a manos de los obreros, quienes la podían consumir o vender.

A partir de esa pequeña concesión, la libertad económica ha ido creciendo e incluyendo a otros segmentos de la economía. Hoy los empresarios chinos tienen empresas conjuntas con socios de Hong Kong, Taiwán y Estados Unidos, compartiendo utilidades. Un economista chino me dice que 55 por ciento del PIB ahora proviene del sector privado.

Esto está produciendo una clase empresarial, algo que no existe en Cuba. En un paseo a la Gran Muralla y al Palacio de Verano, me sorprendió ver a cientos de turistas chinos, con chaquetas de cuero, pantalones de lana, buenos zapatos y cámaras fotográficas Canon, Nikon y Olympus. Venían de lugares como Shangai y Guangzhou; algunos hasta se detuvieron para conversar conmigo en inglés. El repique de su teléfono celular constantemente interrumpía a un empresario chino que viajaba con mi grupo.

Tal libertad no se ve en Cuba. El viejo castillo español de La Habana está repleto de turistas europeos con sus boinas del Che Guevara, pero dentro de los museos y junto a los monumentos históricos no se ven cubanos.

China avanza lentamente hacia más altos niveles de producción privada, excedentes, utilidades y riqueza. Y está claro que al adquirir recursos económicos la gente procede a exigir mayor libertad política. Muchos en China piensan que el régimen actual durará unos 10 años, para cuando sus propias reformas impondrán una transición. Esto fue lo que hizo que Castro suspendiera su propio avance hacia una economía un poco más libre. Se dio cuenta que significaría el fin de su finca de esclavos.

De hecho, Castro aflojó un poco las riendas hace unos años, permitiendo que los campesinos vendieran los excedentes de las cosechas y el funcionamiento de algunos negocios privados en las zonas urbanas. Pero apenas los ciudadanos comenzaron a acumular algunos ahorros, el régimen acabó con ellos. Un taxista de La Habana, quien conducía un Chevrolet 1957, me decía hace unos años que había tenido que abandonar su negocio de transportar turistas, cuando el gobierno le impuso un impuesto mensual de 225 dólares al mes. Los restaurantes que la gente había abierto en sus propias casas también están desapareciendo. Y en su artículo del 10 de julio en la revista New Republic, Sylvana Paternostro cuenta cómo Castro está persiguiendo a las prostitutas, no por razones morales sino porque están ganando mucho dinero.

Acabar con el embargo acabaría con la mejor excusa que Castro tiene. Y desde el punto de vista libertario, le permitiría a los americanos hacer los negocios que quieran. Pero pensar que ello cambiaría el panorama económico de los cubanos es una tontería. Mientras a los cubanos se les prohíba tener propiedades, la isla seguirá siendo un campo de concentración. Lo mismo que China, la única esperanza de los cubanos es la muerte de su dictador intransigente y egocéntrico.

© AIPE

Mary O’Grady es editora de la columna Las Américas del Wall Street Journal, diario donde fue publicado originalmente este artículo y autorizó la traducción de AIPE
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