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DE ESTE Y OTROS MUNDOS

Radiaciones. ¿Peligro?

Resulta muy frecuente asociar a las emisiones de radiaciones posibles daños fisiológicos para el ser humano. Habitualmente, se teme cuando se oye hablar de radiaciones. Lo que no deja de ser normal debido a los desastres ecológicos producidos por conocidos accidentes de centrales nucleares y otras plantas industriales donde se trabaja con cuerpos radiactivos. Pero curiosamente, cualquier objeto o entidad del universo emite algún tipo de radiación y no todas son ni radiactivas ni perjudiciales para el hombre.

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Es un axioma. En matemáticas se dirá que, por definición, todo cuerpo que pertenezca al cosmos, que exista o que sea real, está vibrando; oscila entre una posición y otra de manera periódica. En realidad, al observar un objeto no somos capaces de detectar estas variaciones. Es lógico, ya que se producen normalmente en las partículas más elementales de las que está formado y no al conjunto que forman. Se habrá oído hablar de los átomos y los componentes que los forman. No importa que nos refiramos a materia orgánica o inorgánica. Siempre está compuesta por elementos que se distinguen por numerosos factores y, uno de ellos, es la frecuencia con la que oscilan las partículas más básicas que la constituyen. Es una manera de medir la energía de un cuerpo que dice mucho del tipo de masa que lo forma.

Dentro del universo conocido todo cuerpo con masa tiene asociada un nivel de energía determinada. Puede parecer que un “sólido” conjunto de entidades subatómicas se observe en una aparente “equilibrio” estático como, por ejemplo, cualquier piedra que encontremos en el campo. Sin embargo, cualquier cuerpo emite una onda. Se trata de un estado que lo caracteriza y nos permite identificar propiedades específicas que lo hacen diferente a otro objeto. Hasta un ser humano emite ondas o radiaciones de estas ondas. La “radiación” solo es una palabra que indica la emisión o la absorción de estas ondas (de la energía), como sucede con las de radio u otras menos conocidas.

Claro que todas las radiaciones no son necesariamente nocivas. Depende de muchos factores. Naturalmente, hay elementos en la naturaleza que denominamos “radiactivos”. Esto es, que la actividad que emiten estos cuerpos (con una potencia determinada) produce una liberación de energía que, fundamentalmente, resulta perjudicial para la vida orgánica. Hablamos de los elementos radiactivos cuando nos referimos a los usados en procesos de obtención de energía nuclear. Esto se hace mediante el uso, entre otros, de Uranio, Plutonio y otros compuestos o isótopos (variaciones de un mismo elemento químico con propiedades muy diferentes).

La radiación indiscriminada o no controlada, en estos casos, sí que supone un peligro para el ser humano. Desgraciadamente, hemos sido testigos de fugas y accidentes desastrosos de estos materiales. Aunque lo complejo siempre ha sido conocer con detalle el daño real que se puede llegar a producir.

Pero, como decíamos, es prácticamente imposible que no estemos sometidos a la influencia de algún tipo de radiación. Por ejemplo, las radiaciones provocadas por las microondas también son altamente perjudiciales si no están bien controladas. Aunque, por otro lado, se han logrado hornos que aprovechan bien sus propiedades si se encuentran bien confinadas y adecuadamente utilizadas. Desafortunadamente, el descubrimiento de las propiedades de las microondas se detectó al utilizarlas como ondas de radio convencionales en la segunda guerra mundial. Las quemaduras y las consecuencias en los operadores de comunicaciones fueron fatales. Sin embargo, un estudio posterior permitió aprovechar las ventajas particulares de estas radiaciones que precisan ser confinadas y aisladas.

Las aplicaciones industriales más conocidas y extendidas, actualmente, las encontramos en las antenas parabólicas y en la comunicación de la telefonía móvil, por ejemplo.

Volvemos de nuevo a la idoneidad del uso de las radiaciones de manera controlada o acertada. No todas las radiaciones son nocivas. Incluso la energía nuclear presenta unos altos niveles de rendimiento energético en condiciones de seguridad muy severas. Sus residuos son otro problema añadido. Pero nunca hay que confundir la radiación en general como algo nocivo. Depende del objeto que esté radiando o emitiendo ondas, del que lo recibe y de los efectos que se produzcan en el proceso.

Para que un objeto exista debe estar vibrando a una determinada frecuencia que emita una onda. Pero, normalmente, no todas las ondas son perjudiciales; con independencia de qué tipo de influencia ejerzan en su entorno. Así, las ondas de radio y TV no han de ser necesariamente nocivas. Si bien es cierto que depende, también, con la intensidad (la potencia o la fuerza) con la que se emitan. En realidad vivimos en una “maraña” de ondas utilizadas en telecomunicaciones, lo que no produce necesariamente un conflicto en nuestra salud. Si bien no conviene residir cerca de un repetidor de alta potencia de televisión, por ejemplo. Hace poco, se escribía en esta misma sección sobre la influencia de los cables de alta tensión que “pueblan” nuestro paisaje. Todo son radiaciones, pero hay que saber cuáles son los límites que las convierten en perjudiciales para la salud. Otra reciente polémica se centra en el desconocimiento del impacto real de los repetidores de las antenas de telefonía móvil. No es que se trate de un misterio, más bien, salvo casos extremos, se discute sobre la influencia incierta de estas radiaciones.

En definitiva, no es conveniente adoptar una postura de temor ante cualquier exposición de radiación. Hay que saber bien de qué energía se trata y cuáles son las consecuencias directas en la población, por ejemplo. Sin embargo, los estudios son constantes y cada vez se descubre algo específico en cada investigación al respecto.

El último caso lo encontramos en los estudios realizados por un investigador de una Universidad británica: Yuri Dubrova. Hasta ahora, se habían observado e identificado los efectos producidos por el desafortunado escape de la Central Nuclear de Chernobyl. Los resultados se habían explicado con rigor científico. Sin embargo, desde la Universidad de Leicester se han encontrado nuevas claves sobre el efecto producido por las emisiones radioactivas perjudiciales en nuestro organismo.

La verdad es que el desastre de Chernobyl fue tan devastador para la vida (y para la calidad de vida de muchos supervivientes) que se ha “invertido” en paliar las consecuencias más contundentes producidas en sus víctimas. Es decir, se ha trabajado en frenar los síntomas más “visibles” desde el punto de vista médico y psicológico. Pero Chernobyl encerraba otros secretos. El Dr. Dubrova ha descubierto que se han producido ciertas mutaciones genéticas que son hasta tres veces más fuertes que las esperadas inicialmente. Al menos, según el conocimiento que se tenía sobre la materia. El hallazgo apunta a que el genoma humano incorpora zonas que son extremadamente sensibles a la radiactividad. Aunque todavía no se acierta a explicar muy bien por qué, lo que provoca aún más incertidumbre.

El hecho, es que, además de las consecuencias ya observadas, nuestro sistema inmune no es capaz de reparar otras influencias producidas por las emisiones de ciertos isótopos radiactivos. Al menos, en el caso de Chernobyl. Aparentemente, hay zonas donde no se detecta daño alguno aunque se producen mutaciones genéticas inesperadas y descontroladas. Lo que afecta al equilibrio de nuestro organismo fisiológico. Digamos que nuestro cuerpo, en determinadas situaciones, no es capaz de reconocer el daño provocado, simplemente lo acumulará hasta que redunde en consecuencias más graves. Naturalmente, el gran conflicto reside, actualmente, en la incertidumbre o en la falta de conocimiento.

Es posible que sea este el último capítulo de Chernobyl. Pero solo será así durante algún tiempo. La ciencia médica investiga con celeridad las consecuencias y las relaciones entre las mutaciones genéticas aparentemente caprichosas pero que actúan contra nuestra salud. Ya se sabe que el sistema inmune no detecta los posibles daños producidos y ahora se trata de investigar cómo abordar el problema.

Ya hemos dicho que no todas las radiaciones son peligrosas, pero sí lo son cuando sus efectos producen incertidumbre en las consecuencias fisiológicas. Este ejemplo de la Universidad de Leicester abre la puerta en una línea de investigación. Será imprescindible en la evolución de la medicina y la influencia inevitable de la interacción de todos los cuerpos y la radiación. No hay que alarmarse pero sí tener conocimiento sobre la evolución de la investigación sobre estos asuntos.
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