Menú
Con tu apoyo hay más Libertad
  • Sin Publicidad
  • Acceso a Ideas
  • La Ilustración Liberal
  • Eventos
EXPOSICIONES

Rafael Botí un siglo después

La Fundación Carlos de Amberes acaba de acoger una exposición dedicada a Rafael Botí en conmemoración del centenario de este pintor cordobés. Para completar la exposición se han reunido también un conjunto importante de obras de Vázquez Díaz, maestro directo de Botí, y de Julio Romero de Torres como otro de los grandes artistas cordobeses de este siglo. Con ello se nos ofrece una mirada peculiar a un momento especialmente importante de la pintura española.

Pablo Jimenez
0
Tradicionalmente, la historia de la pintura moderna en España, con no ser muy gloriosa, se ha venido contando de una sola manera y muy a la luz de los dictámenes de la norma internacional que se dictaba en París. Así, para la historiografía que se quería más progresista y moderna todo aquello que no se podía homologar con la más canónica de las tradiciones de lo parisino, quedaba fuera de lugar.

Bien es cierto que ello no es por casualidad. El arte moderno, incluso la idea de lo moderno y la propia idea de la vanguardia surge en el París del cambio de siglo y es desde allí donde se realiza lo más novedoso y lo más importante del arte moderno y contemporáneo, bien es cierto que por artistas que, en la mayoría de los casos procedían de otros lugares del mundo.

Este preámbulo sirve para situar esta insólita exposición dentro del contexto en el que encuentra un mayor interés: el de ofrecer una óptica y una mirada distinta al proceso de modernización de la pintura en nuestro país.

Romero de Torres es un artista estimable y sobre todo importante en nuestro panorama que, desgraciadamente, ha tenido que esperar a fechas muy recientes para empezar a encontrar un reconocimiento que todavía es parcial. No es de extrañar. Se trata del mejor representante de una corriente simbolista que en España fue especialmente tardía, ya que podemos situar su momento más brillante en la primera década del siglo, mientras que el simbolismo internacional hay que situarlo en el último tercio del siglo XIX. Pero, si tenemos en cuenta que el simbolismo es un movimiento que todavía no ha sido recuperado por la historiografía internacional y que sigue resultando sospechoso.

Pero, Romero Torres no sólo queda huérfano de un referente internacional suficientemente prestigioso; además, tiene en su contra el haber sabido representar una determinada y muy clara imagen de España y lo español. Si a eso le añadimos que su gran popularidad coincide, en los años 20, justo en la época del surgimiento en nuestro país de lo que podemos entender como un arte de vanguardia que veía en él el símbolo de todo aquello con lo que había que terminar para siempre, es comprensible la poca fortuna crítica de un pintor cuyas imágenes, además, fueron profusamente utilizadas por la propaganda y los medios oficiales del régimen anterior.

Sin embargo, como decíamos al principio, Romero de Torres es un artista especialmente estimable: Su obra no sólo es personal, intensa y oportuna, históricamente, sino que aún hoy es capaz, en su registro, de transmitir una emoción y un sentido de la realidad y de lo fantástico especialmente atractivo.

Justo en el lugar opuesto es donde hay que situar a Vázquez Díaz. Considerado por muchos como uno de los referentes para el arte moderno de la tradición parisina fundamentalmente tras la guerra civil. Y es cierto, y precisamente en esta exposición está la prueba de la importancia de su magisterio. Durante los años cuarenta fue el gran exponente de una tradición del arte nuevo, aunque bien es cierto que atemperada y ya bastante conservadora.

Con todo es uno de los nombres fundamentales de la pintura española de este siglo con una obra tan sólida como, no podía ser menos, peculiar en su mezcla de clasicismo y lenguaje neocubista, con una sensibilidad exquisita en el uso del color y gran monumentalidad en la construcción de las figuras.

Vázquez Díaz no sólo fue el maestro de una generación muy importante en la historia de la pintura española, por mucho que su nombre quedara un poco empañado por el triunfo de los informalismos, sigue siendo un pintor cautivador por esa mezcla de grandiosidad y delicadeza de sus composiciones.

Para terminar queda justamente el homenajeado. Rafael Botí, un pintor casi clandestino, que no tuvo que vivir de la pintura, lo que lo alejó de los circuitos habituales, pero que, sin embargo, supo construir un mundo tremendamente personal y sorprendente. Un mundo que se inscribe justamente entre un planteamiento simbolista, por la esencialidad de lo representado y la subjetividad de los colores y las formas, con lo que enlazaría, al menos con una parte del espíritu de Romero de Torres, y una factura muy próxima a Vázquez Díaz.

Botí es un pintor delicado y proclive a secretas y pequeñas exquisiteces siempre amables y plenas de una intensidad en tono menor (no en vano fue un importante músico) pero muy cálida y muy próxima.

Sus jardines, sus patios cordobeses y sus paisajes, están llenos de un misterio que ha sabido recoger lo más sencillo de la tradición moderna para llevarla a una pintura serena y sencilla pero también cálida y tremendamente honesta.
0
comentarios

Servicios