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BASURA SELECTA

Raphael sigue siendo aquel

Después de casi cuarenta años de actividad artística y más de sesenta discos editados, Raphael sigue conservando lo mejor y lo peor de si mismo como se constata en su espectáculo musical basado en “El extraño caso de Doctor Jeckyll y Mister Hyde”. En esta nueva andadura profesional, Raphael demuestra que es un artista total y totalitario al que no le importa desmelenarse y entregarse a su público en cada actuación. Pocos artistas en este país han conseguido mantenerse tan vivarachos durante tantas décadas y esa entrega merece un respeto.

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Raphael es un fenómeno paranormal de la canción ligera española que nunca deja indiferente. Mientras sus más rendidos admiradores lo consideramos un artista genial e irrepetible, para sus cejijuntos detractores no es más que un presuntuoso tonadillero de engolados gorgoritos y ademanes histriónicos. Todos coincidimos, sin embargo, en reconocer que Raphael ha tenido siempre mucha, muchísima, demasiada personalidad.

Nacido en Martos, provincia de Jaén, el 5 de mayo de 1945, Rafael Martos Sánchez se dio a conocer como jilguerillo cantarín a través de los concursos radiofónicos de finales de los cincuenta hasta que consiguió triunfar en el Festival de Benidorm en 1962. La singular ortografía de su nombre artístico ya delataba una voluntad imperiosa de distinguirse del resto de los mortales, aunque también podría ser interpretada como un signo de modernidad (de dudoso gusto) dentro de la canción melódica española. Raphael se convertiría pronto en el embajador privilegiado de una España deseosa de abandonar la boina y el botijo para lanzarse en bikini a la especulación urbanística y el turismo de masas. En 1966, una llamada del entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, permitió que el cantante abandonase por unos días el servicio militar para que fuese a representar a la Patria en el Festival de Eurovisión con la canción “Yo soy aquel” (“el que viene del cuartel”, como apostillarían algunos malintencionados). No ganó, pero al año siguiente repetiría la experiencia eurovisiva con “Hablemos de amor”.

Durante la década de los sesenta, Raphael fue promocionado por su compañía de discos como el “Niño de Linares”, con el fin de despertar los cándidos instintos maternales de sus admiradoras más que sus desenfrenadas pasiones eróticas. El cantante aparecía fotografiado en las revistas de la época mirando fijamente a la cámara (aún lo sigue haciendo) con un gesto entre desafiante y desvalido. La estrategia dio tan buenos resultados que el escritor José María Pemán llegó a afirmar: “Raphael no tiene diez mil novias, sino diez mil madres”. El artista tenía por aquel entonces su público más fiel entre las señoras de mediana edad de la alta burguesía. Tanta pasión edípica dejaría una profunda huella en el cantante hasta el punto de no haber querido renunciar nunca a eso mohines de niño travieso y mimado, pese haber cumplido la venerable edad de cincuenta y cinco años.

Su excéntrica y desmedida personalidad artística no le ha impedido llevar una vida privada bastante convencional. Al menos, aparentemente. Casado desde 1972 con la aristócrata Natalia Figueroa (santa mujer de inagotable paciencia), Raphael es titular de cartilla de familia numerosa. Tiene tres retoños ya creciditos: Jacobo, Alejandra y Manuel. La familia Martos Figueroa viene apareciendo regularmente en las satinadas páginas de “Hola!” desde la década de los setenta con motivo de la celebración de bautismos, cumpleaños, onomásticas, comuniones, cenas de fin de año y otros ágapes familiares de carácter promocional.

Con el apoyo de su familia y su público, Raphael no se ha planteado abandonar los escenarios. Sabe muy bien que nunca nos cansaremos de verlo aunque en ocasiones nos empalague. También sabe que se ha convertido en un mito imprescindible de la cultura kitsch más petarda y que si se retira dejaría sin trabajo a muchos imitadores. ¡Larga vida a Raphael!
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