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PATENTES DE LA RED

Re-inventando la rueda

Hace tres meses una pequeña noticia conmocionó la Red: British Telecom (BT) reclamaba a diecisiete Proveedores de Servicios en Internet (ISPs, Internet Service Providers) norteamericanos, incluido America Online (AOL), royalties sobre el uso de una patente de 1986. La patente reclamada -número 4873662, “Sistema de manipulación de información y aparatos terminales” (Information handling system and terminal apparatus)- pretende ser la primera evidencia escrita del hipertexto.

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La conmoción inicial estaba justificada porque el hipertexto es la pieza clave de Internet. Mediante el hipertexto (enlaces de texto, extendidos mediante el lenguaje HTML a imágenes y otros elementos) podemos navegar de una página a otra, de un contenido a otro, en la web. Por ejemplo, el lector ha llegado a revisar los contenidos de este artículo porque ha seguido diversos enlaces desde las páginas principales de “Libertad Digital”.

Los "inteligentes" directivos, asesores y abogados de BT se debían estar frotando las manos: mientras Tim Berners-Lee y el World Wide Web Consortium (organismo internacional que revisa y publica los estándares relacionados con la red) les hacían el trabajo sucio de popularizar la red, ellos pasarían tranquilamente por caja. Muchos analistas financieros pensaron que BT había descubierto un Rembrandt en su ático.

Sin embargo, lo que habían descubierto no pasaba de ser un retrato del abuelo pintado por la Tía Rosa. La conmoción inicial se transformó rápidamente en burla y crítica de la patética avaricia de BT. Supongo que los directivos de los ISPs afectados estarán todavía riéndose en sus butacas, porque el contenido de la patente no soporta un análisis riguroso, como cualquier ingeniero o técnico de su propia compañía les podría haber hecho notar a los directivos de BT.

Existen varios puntos débiles en esta patente, pero el principal se basa en la existencia de “arte previo” (prior art). El concepto de bloques de texto “apuntando” a otros bloques de texto se remonta al año 1945 en el que Vanevar Bush publica su famoso artículo “As We May Think” (“Cómo podemos pensar”) en la revista “Atlantic Monthly”, en el que describe una máquina llamada “Memex” que permitiría establecer referencias cruzadas entre microfilms. Posteriormente, Douglas Englebart diseñó el sistema NLS, en el que ya se utilizaban ordenadores e hipertexto asociado al correo electrónico para compartir documentos. Pero el ejemplo más conocido apareció en los años 70 con la creación del proyecto Xanadú de Theodore Nelson (el lector puede consultar la historia completa del proyecto en Xanadu).

Las referencias al hipertexto no acaban ahí. En el libro de Roy Rada “Hypertext: from text to expertext” (“Hipertexto: del texto al exper-texto”, 1991) se citan diversos sistemas de edición que pasaron del prototipo y llegaron a ser probados en diversas firmas editoriales a finales de los 60. En Abril de 1969, la Universidad de Illinois hospedó la “Segunda Conferencia sobre Gráficos y Ordenadores de la Universidad de Illinois” en la que se presentó un artículo titulado “Un sistema de edición hipertexto para el IBM 360”. A finales de la década de los 80, en la que se concedió la patente, Tim Berners-Lee y otros científicos del CERN se encontraban trabajando en los primeros bocetos del lenguaje HTML y del protocolo HTTP.

El siguiente talón de Aquiles de las pretensiones de BT es temporal. Si la patente fue concedida en 1989, e Internet empezó a tener importancia comercial en el año 1995, diversos expertos legales norteamericanos cuestionaron inmediatamente la viabilidad de demandar a los proveedores de servicios si no se ha reclamado la patente durante cinco años.

Adicionalmente, la patente de BT está escrita en términos de los llamados terminales “tontos”, con dos memorias, sin procesador central y una unidad de control de memoria, conectados a un servidor central. Creo que resulta difícil comparar esas piezas de museo con cualquier ordenador actual, salvo que te defienda uno de esos brillantes abogados que aparecen en las series de TV norteamericanas.

Por último, la aplicación técnica de la patente era aún más difícil. Si la reclamación se refería a los enlaces, la única aplicación posible era cobrar a los creadores de páginas web, no a los proveedores de servicios. ¿A quién pensaban cobrar? ¿Pensaban cobrar por número de enlaces? ¿Pensaban cobrar al documento original del enlace, o al destinatario?

¿Qué ha ocurrido desde entonces? Absolutamente nada. La patente era insostenible en cualquier tribunal, la opinión pública se volvió en contra de BT rápidamente por pretender aprovecharse injustificadamente de algo considerado patrimonio de todos, y los proveedores de Internet se negaron a aceptar la patética reclamación. A cambio de esta maniobra, la imagen de BT se vio seriamente dañada en los Estados Unidos porque este incidente se sumó al escándalo previo sufrido por la compañía al hacer públicos accidentalmente los detalles personales de todos sus suscriptores de líneas ADSL.

Pero lo más preocupante del caso no es la actitud de BT, que al fin y al cabo trató de defender sus propios intereses, sino la de los oficiales de patentes. ¿Cómo pudo ser concedida esta patente con esta lista de antecedentes? ¿Qué sorpresas nos esperan? ¿El invento de la rueda? ¿A quién defienden estos funcionarios ineptos: al público que paga sus estupendos sueldos con sus impuestos, o a las grandes corporaciones? Ninguna de estas preguntas tiene respuesta, pero estamos seguros de que todavía siguen disfrutando de sus sueldos (libres de impuestos en Europa), y de que no se sonrojan ante fiascos como éste. Pero ejemplos como éste revelan que el modelo actual de patentes para la sociedad de la información está obsoleto. O quizás debería empezar a pensar en patentar “mi descubrimiento” de la tortilla de patatas.
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