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DRAGONES Y MAZMORRAS

Recompensas y rescates

La temporada literaria está en sazón y es lógico que se acumulen en mi mesa de trabajo invitaciones para todo tipo de actos a los que, en muchos casos, me siento vinculada por razones de amistad y otras. Entre éstos (y en el apartado de la amistad) valoro muy especialmente la concesión del Premio Montaigne 2000 a Juan Pablo Fusi por sus más que probados méritos en la siempre espinosa rama de la historiografía contemporánea. El acto, que se celebró en la Residencia de Estudiantes, fue intenso y sincero. Fusi estaba rodeado de admiradores y personalidades de diferentes ámbitos (aunque no abundaban sus colegas historiadores) y además en territorio amigo, ya que es patrono de dicha Institución.

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Me gustaría destacar la discreta presencia de Ana Botella, a la que sólo aludió la señora Birte Toepfer, presidenta del comité ejecutivo de la Fundación Alfred Toepfer, patrocinadora del premio. Doña Birte dejó muy claro que la mencionaba “de acuerdo con el protocolo alemán, ya que no podía hacerlo según el protocolo español”. De lo cual deduzco no sólo que Ana Botella asistía a título exclusivamente privado como es obvio, sino que los organizadores españoles querían dejar bien claro este último extremo, por razones que también supongo obvias. La laudatio de Fernando García de Cortázar no fue nada del otro mundo y cayó en las trampas más fáciles de la retórica al uso. Sin embargo, me gustó mucho Fusi que recordó dos cosas que, no por asumidas por la mayoría de los presentes (al menos eso espero), es menos necesario recordar en todo momento: la barbarie etarra y la españolidad del país vasco.

En el apartado de las presentaciones de libros la semana ha sido agobiante. Yo creo que se ha llegado a un punto de saturación tal que alguien tendría que recomendar a las editoriales un cambio de estrategia. Como habrán podido observar, de unos años a esta parte se ha puesto de moda sustituir la presentación al público por la presentación a la prensa. Craso error. Al menos la primera modalidad es una suerte de presentación en sociedad del libro -bautizo o comunión- al que asisten personas directamente implicadas o interesadas, mientras que a la rueda de prensa los medios de comunicación envían cada vez con mayor frecuencia a gente muy joven. La consecuencia es fácil de prever: los chicos, que además han padecido una enseñanza detestable, no están a la altura de lo que ahí se dice. La cara de absoluto despiste que tienen esos jóvenes (en su mayoría becarios) cuando se hacen alusiones culturales que van más allá de las referencias a la televisión o al cine es patética y aún lo es más el derroche de erudición de los presentadores que acaban con la penosa impresión de que han predicado en el desierto. Conozco la materia muy bien, además desde todos los lados de la barrera, y cada vez lo veo más claro: una buena entrevista en la radio o en la televisión (mejor varias) vale mucho más que todas las presentaciones del mundo.

Ya sé que esto que digo puede traerme consecuencias funestas (en definitiva, estoy en el mercado) pero les confesaré que yo me muevo por razones puramente egoístas. Sólo asisto a lo que me dice algo, bien porque se trata de un amigo, bien porque se trata de un autor que me interesa especialmente, aunque esté muerto y enterrado, como es el caso de Sándor Márai, el gran novelista húngaro que acaba de rescatar la editorial Emecé, perdón, la editorial Salamandra. Porque desde que Emecé España se separó de la casa madre (Emecé Argentina), ha tenido que cambiar de nombre. Me pareció muy meritorio que la editorial barcelonesa se ocupara de organizar un acto en Madrid para dar a conocer su última novela, La herencia de Eszter. En total asistimos unas cuarenta personas lo que no está nada mal, habida cuenta de que el autor no puede devolver el favor a ninguno de los presentes.

Sándor Márai es un novelista de la categoría de Thomas Mann o Joseph Roth y su obra está muy en la línea de la novela psicológica de Arthur Schnitzler o de Stefan Szweig. Es natural porque está muy impregnado de la cultura vienesa de entreguerras. Se da la circunstancia de que Márai admiraba España y su literatura. En París asistía a tertulias de literatos españoles y conoció en Fuenterrabía a Unamuno. Había leído La rebelión de las masas de Ortega, traducido ya al húngaro en aquella época con gran éxito. Por eso me hace gracia leer ahora en un periódico que las obras de Ortega y Gasset revolucionan el Este de Europa, cuando en realidad llevaban haciéndolo hace ya más de sesenta años. O quizás fue admirado y olvidado y ahora vuelto a admirar como ocurrió en España con el propio Sándor Márai del que todavía se pueden encontrar viejas traducciones de los años cuarenta en los libreros de viejo. La verdad es que este hombre tuvo un destino muy trágico, pues después de conocer la fama en vida tuvo que salir de Hungría en 1948 huyendo del comunismo y viendo cómo se le olvidaba poco a poco. Acabó viviendo en California donde se suicidó en 1989, muy poco antes de la caída del muro de Berlín.
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