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AUTORES Y GéNEROS

Resonancias

Goethe, en su Autobiografía, se quejaba, o se ufanaba, de que, en su interior, el pasado se agolpaba con el futuro. De la mezcla le venía un sentimiento espectral de lo presente. Katherine Neville, que vende muchos libros en El Corte Inglés, dice que lo mismo le pasa a ella. La editorial Punto de Lectura ha publicado su famoso relato, El ocho, uno de esos relatos con vocación de ser la madre de todos los relatos, y los lectores curiosos, evidentemente, se apresuran a pagar 1.900 pesetas para sumarse a la cofradía de los millones de lectores que ya han leído el libro en todo el mundo.

Agustín Jiménez
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Después deberán leer El círculo mágico, que es también enormemente instructivo, arranca en la nieve de Idaho, compone una introducción a los cuatro elementos y, como es habitual en los relatos que son madre de todos los relatos, es también una introducción a los cuatro puntos cardinales. El círculo mágico se centra en un manuscrito secreto que guarda el secreto del pasado y del futuro, como la mente del gran Goethe. Nos ocuparemos de él cuando llegue a El Corte Inglés, probablemente a la sección de viajes pues la ruta de los protagonistas discurre, con ayuda del túnel del tiempo, por Viena, Nurenberg, Moscú, el Monte Ida, Cartago, por las profundidades de la mente y por los abismos de los dioses, todo lo que cabe entre la última semana de vida de Jesús Salvador y la caída del muro de Berlín..

La rapidez de los aviones, la vulgarización de las enciclopedias y los folletos turísticos han contribuido al desarrollo del bestseller más que ningún otro factor. Añádase a ello una idea general de un autor —puede ser los arquetipos de Jung— y la emoción apresurada provocada por uno o dos autores, incluso apreciables —del tipo de Herman Hesse o Borges— y ya tenemos carne y médula para un gran libro. Eso y otro aspecto superficial que condiciona para siempre el estilo de los escritores pertenecientes a la generación poscinematográfica: todo debe ser visible. Cuando Lovecraft —a quien afortunadamente ya no leemos porque estamos ocupados con Katherine Neville— quería provocar el horror, dejaba al lector solo imaginándola ante un pozo abierto. El horror posterior a Stephen King anota con precisión las dimensiones del monstruo y los colores abyectos de sus muecas. Eso facilita la conversión en película de la novela.

El ocho, como decíamos, ha conquistado a innumerables lectores. He aquí por qué.

El rey moro de Barcelona, agradecido porque Carlomagno lo libró de los "vascos pirineos", los que mataron a Roldán, le regaló un ajedrez, que transportaron hasta Aquisgrán ocho moros, y que luego se guardó en un paño en cuyo centro había dos figuras en forma de serpiente enredadas para formar un ocho. Carlomagno empezó una partida y notó una influencia maléfica. Se lo regaló a su contrincante, que lo legó a una abadía. Cuando llega la Revolución francesa, Catalina de Rusia, amiga de la infancia de la abadesa de entonces —qué cosa más natural—, sabiendo que el ajedrez contiene el secreto de todo: —ha leído el testamento, también secreto, de Richelieu que le ha regalado Voltaire— intenta apropiárselo. Pero la abadesa ha tomado precauciones. Ha dispersado a las monjas, entre las que ha dividido las piezas, una sola de las cuales lleva ella en persona a Rusia. Los miembros más simpáticos de la orden son dos jóvenes que van a París al cuidado de David, el pintor, y a quienes Talleyrand, el obispo con pezuña de diablo, invita a la ópera.

Un aspecto interesante del libro es su tinte progresista y feminista —el ajedrez es un juego de hombres— que conduce a afirmaciones enigmáticas pero seguramente profundas: "París es el único lugar en que es más fácil poseer a una mujer que a una Abadía". Pero no son éstos los únicos atractivos del libro. En unos pocos cientos de páginas —parecen miles porque son muy densas— pasamos por diversos continentes, con sus islas respectivas, trabamos contacto con la familia de Napoleón, memoramos el diálogo del caballero y la muerte de El séptimo sello y llegamos a Nueva York, donde vive una mujer especialista en informática de contabilidad y luego especialista forzada en informática de petróleo y adonde llega un campeón de ajedrez ruso. Y todo ello está minuciosamente documentado: "El tren de Lily llegó antes del nuestro, alrededor de las dos".

El inglés de la Neville es torpe hasta las lágrimas: "El punto culminante del festival era el día mismo. En la mañana de ese día...” Pero consigue mantenernos en tensión durante el montón de horas que dura la lectura. Su dominio del suspense se prolonga incluso más allá, puesto que, cuando acaba ésa, seguimos sin saber cuál es el secreto, aunque atisbamos que es algo muy gordo. Debe destacarse también la composición moderna de la novela estilo puzzle. El puzzle americano ha dado a la literatura varias novelas de Paul Auster y una del francés Antoine Bello recién publicada por Anagrama, Elogio de la pieza ausente, sobre una sociedad de promoción del puzzle en la que se inserta un asesino en serie para hacer puzzles descomponiendo y recomponiendo cuerpos humanos. Curiosa.

De todos modos, lo que más nos gusta de la Neville es cómo resuenan en sus palabras las grandes ideas que han conformado el destino humano y su manera pedagógica de introducirnos en ellas. Se une así a un escogido grupo de autores. El otro día, Paulo Coelho —que ha presentado El demonio y la señorita Prim. y también ha escrito sobre cosas misteriosas— adelantaba, en un encuentro digital en "El Mundo", la pregunta que haría a un lector asiduo : "¿Eres un guerrero de la luz"? Y la gente ilustrada de Madrid saludó hace poco la comparecencia de George Steiner como el gran acontecimiento de la década y denostaron con justicia al novelista Suso de Toro que se permitió el despiste de criticar a George.

El maestro es un inmenso erudito, ha escrito una novela apreciable y ha expresado varias ideas sugerentes. Aunque también ha extrapolado conclusiones lingüísticas a partir de lecturas escasas, parece desconocer la cultura moderna —confiesa que lo que le pone es Edith Piaf— y ha beatificado a autores tan hueramente locuaces como Derrida. Todo eso no importa. La gente, cuando lo lee, no lo entiende, pero ¡cuántas cosas resuenan en sus libros! Pues Katherine Neville es como George Steiner.
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