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MEDICINA Y SALUD

¿Se hereda el alcoholismo?: El azúcar tiene la respuesta

A principios de los noventa, Kenneth Blum, de la Universidad de Texas, y Ernest P. Noble, de la Universidad de California en Los Ángeles, anunciaron a bombo y platillo el descubrimiento de una conexión genética entre el alcoholismo y una versión mutante del gen que dirige la síntesis del receptor de la dopamina 2 (DRD2), un neurotransmisor cerebral. Por fin, el mecanismo de la herencia de esta terrible enfermedad empezaba a ver la luz, y corroboraba la idea nacida en los años setenta de que la adicción al alcohol corre por familias, es decir que pasa de padres a hijos.

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Pero la alegría duró bien poco, tanto para los investigadores como para los esperanzados enfermos alcohólicos. Así es, investigaciones posteriores revelaron que el mismo fragmento de ADN guardaba relación con otras muchas enfermedades: el autismo, el síndrome de Tourett, la adicción y la hiperactividad infantil. Por tanto, no podía ser la clave genética del alcoholismo. Algunos científicos sugieren que el gen DRD2 podría modular la severidad de la crisis alcohólica en lugar de desencadenarla.

Algo similar ha ocurrido con otros genes candidatos, pero este hecho no ha desalentado a los cazadores de genes, sobre todo ahora que el genoma humano ha sido descifrado. No cabe duda de que el hallazgo de uno o varios genes implicados en la aparición de la adicción al alcohol sería recibido con honores por parte de la comunidad científica. Las razones son bien patentes.

En primer lugar, el gen alcohólico permitiría el desarrollo de pruebas de ADN. Bastaría pues una muestra de sangre para esclarecer en cuestión de horas si una persona es susceptible de caer en la bebida. De ser el resultado positivo, los médicos podrían tomar medidas preventivas de forma eficaz para impedir que el paciente caiga en la fatal tentación.

En segundo lugar, ayudaría a comprender el papel de los factores socioculturales y ambientales que son críticos en la aparición del alcoholismo. "A diferencia de la mayor parte de las sustancias susceptibles de ser objeto de abuso por sus efectos sobre la esfera psíquica, que pueden ser nocivos a cualquier dosis, el consumo moderado de alcohol no es perjudicial para la mayor parte de las personas sanas e incluso podría tener efectos beneficiosos para la salud", asegura el doctor José María Laredo-Quesada, jefe de Sección del Aparato Digestivo del Hospital Clínico San Carlos, en Madrid. Sin embargo, hay muchas personas -añade este especialista- que por razones genéticas, culturales, ambientales o de otro tipo pierden su capacidad de controlar el consumo de alcohol y desarrollan una dependencia, el alcoholismo, que es hoy un problema social en todo el mundo. No hay que olvidar que la ingesta abusiva de alcohol constituye una lacra del siglo XX e interviene directamente en el desarrollo de patologías que pueden ir desde la cirrosis, hasta el coma etílico e incluso la muerte.

Por otro lado, como señalan los expertos, el alcoholismo constituye un factor de riesgo que incrementa la violencia doméstica, los accidentes de tráfico y demás situaciones derivadas de la pérdida de control por parte del bebedor.

En un artículo publicado en Medicina Clínica por F. Javier Álvarez y M. Carmen del Río, del Departamento de Farmacia de la Facultad de Medicina de Valladolid, puede leerse lo que sigue: "Sólo por citar algunos datos, entre los conductores de vehículos, casi el 65 por 100 son bebedores habituales, y el 17 por 100 consume una media diaria de 80 gramos o más de alcohol. Entre las personas fallecidas en accidentes de circulación, en el 50,5 por 100 de los casos se detecta alcohol, siendo en más de la tercera parte, las concentraciones de alcohol en sangre superiores a 0,8 gramos por litro".

En tercero y último lugar, con los genes en sus manos, los científicos tendrían una oportunidad única para desarrollar nuevos tratamientos basados en los mecanismos fisiológicos de la adicción al etanol.

Nada de esto ha sido posible hasta la fecha: encontrar los fragmentos genéticos que gobiernan una conducta humana es como buscar una aguja en un pajar. La cosa se complica aún más, si se tiene en cuenta que nuestro ADN interactúa con el ambiente de una forma difícil de desbrozar. Los genetistas del comportamiento lo saben. No obstante, la nueva esperanza ha surgido durante la última reunión de la Sociedad de Neurociencias estadounidense, que se ha celebrado esta semana en Nueva Orleans.

El psiquiatra David Overstreet y sus colegas de la Universidad de Carolina del Norte, en Chapel Hill, presentó un interesante informe que relaciona el alcoholismo con la herencia. Trabajando con un grupo de 19 parejas de hermanos gemelos, el doctor Overstreet ha descubierto que existe una tan asombrosa como perversa correspondencia, siempre en hombres, entre el apetito por los dulces y la tendencia al alcoholismo. Y todo ello vendría determinado por la genética. "Hace varios años, encontramos la primera evidencia clínica que relacionaba la apetencia por los sabores dulces y el alcoholismo en un estudio en el que hacíamos probar a un grupo de voluntarios azúcar diluido en agua en diferentes concentraciones", dice Overstreet. Y continúa: "En este nuevo ensayo, nos hemos encontrado con que, a pesar de que lleven estilos de vida diferentes, los gemelos siguen compartiendo sus preferencias por el azúcar y el alcohol".

En palabras de este psiquiatra, los hermanos siempre mostraban respuestas emocionales similares ante la ingesta de dulces. En los cuestionarios, los gemelos coincidían en afirmaciones como la que sigue: "tener algo dulce que echarme a la boca me hace feliz".
Ninguna de las personas que han participado en el estudio es alcohólica, como señala Overstreet. "Ahora bien, los individuos que manifestaron beber más alcohol en determinadas ocasiones y que tenían más problemas con la bebida, también confesaron que eran incapaces de controlar la ingesta de alimentos dulces, sobre todo cuando estaban nerviosos o deprimidos. El azúcar era su salvación para sentirse mejor", explica este psiquiatra, miembro del Skipper Center for Alcohol Studies.

El nuevo estudio viene a complementar otras investigaciones llevadas a cabo previamente en roedores. En éstas se demostró que era posible predecir la predisposición al alcoholismo según el gusto por el azúcar: los ratones que mostraban más apetito por las soluciones más azucaradas tenían una mayor propensión al consumo de alcohol. Similares conclusiones pueden sacarse de otro ensayo, pero esta vez con dos grupos de humanos: 20 alcohólicos abstinentes y 37 no alcohólicos. A unos y otros se les invitó a probar cinco soluciones con diferentes grados de dulzura. Pues bien, el 60 por 100 de los alcohólicos se decantaron por las bebidas más dulces, frente al 16 por 100 de los abstemios.

¿Cómo se explica este vínculo entre el azúcar y el etanol? No es fácil. "El gusto por lo dulce es una reacción básica de placer que se observa en los humanos y otros animales inmediatamente después de nacer", dice el doctor Alexey Kampov-Polevey, de la Mt. Sinai School of Medicine, en Nueva York. Es más, el líquido amniótico tiene un sabor dulzón. "Una perturbación en la respuesta placentera hacia los dulces puede reflejar una disfunción del sistema cerebral de reforzamiento positivo, que también está involucrada en el desarrollo del alcoholismo", señala el doctor Kampov-Polevey.

No cabe duda de que es muy probable que los hallazgos de Overstreet puedan acabar siendo de gran utilidad en la práctica clínica, para tratar a los enfermos alcohólicos. Mientras tanto, millones de personas en el mundo siguen regando sus genes con etileno, sin pensar que quizás éste pueda ahogarles: cada español consume por término medio casi 11 litros de alcohol por año.
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