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DRAGONES Y MAZMORRAS

Señas de identidad

Siempre tuve la molesta impresión de que algunos hispanistas, en el fondo, odiaban a los españoles, pero después de haber leído el artículo de Henry Kamen en «El Mundo» («Un himno para una nación», miércoles 7 de febrero), lo que no era más que incómoda sospecha, se ha convertido en desagradable certeza. Ahora resulta que, según este señor, que se supone que es un hispanista, es decir que conoce la historia de España como nadie, los españoles tenemos un problema de identificación parental grave: nuestro himno no tiene letra que nos represente que es como no tener perrito que nos ladre.

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El artículo no tiene desperdicio. Creo que jamás leí un cúmulo tal de errores y tonterías puestas unas detrás de las otras. Pero como no soy historiadora «ni lo quiera Dios» (como dijo Lola Flores en Estados Unidos cuando la preguntaron si sabía inglés), no voy a enmendarle la plana pero, a cuento de lo que él dice, me gustaría sugerir que si de lo que se trata es de que cuando nos dan medallas en los Juegos Olímpicos no nos quedemos con la boca cerrada, huérfanos de letra con la que acompañar nuestro himno, mientras que los súbditos de los demás países (incluida Rusia que como todo el mundo sabe tiene una identidad que no les cabe a los rusos en el pecho) se desgañitan cantando encendidas estrofas que les empujan a degollar al enemigo, a morir por la patria y a otras tiernas heroicidades, pues que el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, en colaboración con el de Defensa, convoquen un concurso público para tal fin. No faltarán letristas que se atrevan con ello, como hizo en su día Agustín García Calvo con el himno de la Comunidad de Madrid. Ahora que como tenga la misma difusión…

Para terminar con este asunto me gustaría que alguien le dijera a Kamen (ya que no creo que lea este periódico ni este artículo) que está equivocado si cree que no existe «un simple himno que todos los españoles puedan cantar todos juntos». Lo hay. Es el que dice «Asturias, patria querida». Pero claro, eso causaría problemas de identidad aún más graves que los que Kamen pretende solventar.

Con razón me refugio yo en la torre de marfil de la literatura que no es tan ebúrnea como se dice. Tampoco es ficción todo lo que en ella se cuece. Por ejemplo, no lo es, sino cruda y dura realidad, el esperado libro de memorias del editor Jorge Herralde (Anagrama) que publicará próximamente El Acantilado con un añadido de 16 textos inéditos. Recordarán que Herralde lo publicó en noviembre del año pasado en México, donde fue seleccionado por el periódico «Reforma», como el mejor libro testimonio del año.

Lo que sí promete ser ficción es el libro de Cristina Peri Rossi titulado Julio Cortázar que publica en la editorial Omega. Con este motivo le hacen una entrevista en «La Vanguardia» en la que además de quejarse de que en España, y en general en Europa, nos tocamos poco, —que no nos manoseamos, vamos— la escritora argentina refiere algunas cosas de su vida y de su relación con Cortázar, que fue platónica pero intensa, tanto que él le dedicó unos versos que no me resisto a reproducir: «En realidad poco me importa que tus senos se duerman la azul simetría de otros senos. Yo los hubiera hollado» Aunque argentino, tampoco parece que él fuera muy sobón.

Peri Rossi lanza de pasada una carga de profundidad a la «gauche divine» con la que se topó cuando llegó a Barcelona. A ella le parecieron más divinos que gauchistas y su rebeldía poco seria, pues, según ella, consistía «en irse juntos a un estreno en Londres y en reunirse a charlar y beber». Y añade: «Recuerdo que Carlos Barral volvió furioso de Cuba porque no le habían dejado subir prostitutas al hotel; esas eran sus preocupaciones». ¿Se habrá levantado la veda? Porque no hay que olvidar que ella es progre.
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