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MEDICINA Y SALUD

Sexo, drogas y decepción

Los consumidores de marihuana no pasan por sus momentos más felices, al menos desde el punto de vista de la biomedicina. Los científicos están empeñados en hacer que se les atragante el humo de sus cigarrillos rellenos de cannabis. Mientras que algunos médicos defienden sin complejos las propiedades terapéuticas de las hojas de esta planta, como ya adelantamos hace unas semanas en Libertad Digital, otros nos muestran sus efectos perniciosos para la salud.

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En un artículo publicado por Shailaja K. Mani y sus colegas del Baylor College of Medicine, en Texas, en la revista estadounidense Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), puede leerse que el cannabis altera la predisposición a realizar el acto sexual, al menos en las ratas hembra. Y, lo que es quizás más interesante, han dado con el mecanismo celular por el que la marihuana inhibe el apetito sexual.

La marihuna y el hachís son drogas que contienen delta-9 tetrahidrocannabinol o THC, un alcaloide similar a las anandaminas bien conocido por sus efectos psicotrópicos. Ahora bien, esta sustancia también produce múltiples efectos no psicotrópicos, pues actúa, por ejemplo, como analgésico, hipotensor, modulador de los espasmos bronquiales y reductor de la inflamación. El THC además ejerce determinadas acciones sobre la sexualidad, tanto en animales de laboratorio como en humanos. En los machos, esta sustancia reduce la concentración de la hormona masculina o testosterona en el plasma, suprime la espermatogénesis, es decir, la producción de espermatozoides; reduce el tamaño de los testículos e inhibe el apetito sexual. En las hembras, los científicos han comprobado que el THC dilata el periodo de celo de las ratas, altera la producción de la hormona leutinizante y, por ende, inhibe la ovulación y estimula el comportamiento sexual.

En honor a la verdad, hay que decir que la conexión entre este opiáceo y el sistema reproductor ya fue claramente establecida en los años ochenta. No puede decirse lo mismo de los mecanismos moleculares por los que el THC interfiere en la conducta sexual, que han permanecido en la más absoluta oscuridad. Hoy, los científicos empiezan a ver la luz al final del túnel.

En el último número de PNAS, Mani y sus colegas afirman haber identificado la diana molecular que es tocada por el principio activo del cannabis para hacer de las suyas en la sexualidad. También aseguran haberse topado con lo que podríamos denominar un interesante cruce de palabras entre el THC y dos sustancias que juegan un papel insustituible en el comportamiento reproductivo. Nos referimos a la dopamina, un neurotransmisor cerebral, y la progesterona, una hormona producida en los ovarios. El delta-9 tetrahidrocarbinol fue aislado de la marihuana en 1964 por Raphael Mechoulam, de la Universidad de Jerusalén. El hallazgo sirvió de estímulo para que un número cada vez mayor de investigadores se interesara por sus mecanismos de acción y sus efectos en el organismo, algo que el opiáceo se negó a concederles durante muchos años. En 1988, Howlett y sus colegas demostraron que el THC se unía a un lugar específico, o sea, un receptor, de la membrana de las neuronas del cerebro de rata. Este descubrimiento fue inmediatamente secundado por el aislamiento de una pareja de receptores para este opiáceo: los receptores canabinoides CB1 y CB2.

El primero se halla ampliamente distribuido en el sistema nervioso central, mientras que el receptor CB2 parece ser que sólo se encuentra en las células del sistema inmunológico. Se sabe que la activación del CB1 modula la liberación de una serie de neurotransmisores, unos mensajeros que permite la comunicación entre neuronas, que podrían estar relacionados con los efectos producidos por el TCH en determinadas funciones cognitivas.

Por su parte, la activación de los receptores que se hallan en la superficie de los macrófagos -un tipo de células de defensa que patrullan por el organismo- reduce la respuesta de éstos, lo que podría explicar la acción antiinflamatoria del THC, así como de su versión sintética comercializada en las farmacias, el Marinol. Utilizando hembras de rata como conejillos de india, Mani ha descubierto que el receptor CB1 producido en una región específica del hipotálamo es el que interfiere en la sexualidad de estos animales. La administración de altas dosis del opiáceo reduce la actividad motora de las hembras. Concretamente, inhibe el movimiento, llamado lordosis, que deben realizar para ser montadas por los machos.

Los resultados del estudio llevado a cabo por los investigadores del
Baylor College of Medicine no son aplicables a humanos, aunque es probable que los mecanismos de acción del TCH sobre nuestras células no sean muy distintos. También ponen de manifiesto las lagunas que existen sobre los efectos, perjudiciales o beneficiosos, que puede tener la marihuana sobre el organismo humano. Esto es así si además se tiene en cuenta que el cannabis contiene 400 compuestos químicos de los que unos 60 son primos hermanos del TCH.
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