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BASURA SELECTA

Tamarxistas y tamarianos

Lo más irritante del denominado fenómeno Tamara no es que sea la última representante de la cultura del error y del horror, sino la interesada polémica que despierta en los medios de comunicación y las tertulias de café entre sus devotos admiradores y sus más feroces detractores. Desde aquellos tiempos remotos del referéndum de la OTAN convocado por el PSOE ("sí pero no") no recuerdo un debate nacional más tedioso. Como en toda controversia, nos encontramos con dos bandos irreconciliables.

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En primer lugar, tenemos a quienes denominaría "tamarxitas" por su apocalíptico discurso contra la siempre atolondrada Tamara. Es posible que a don Carlos Marx se le erizase la barba por esta frívola utilización de su ilustre apellido, pero quienes se rasgan las vestiduras ante la notoriedad pública de Tamara me recuerdan bastante a aquella alegre muchachada de los felices setenta con sus consignas contra el imperialismo yanquee, la alienación de la sociedad de consumo capitalista, la familia pequeñoburguesa y bla, bla, bla. Debo precisar, sin embargo, que no todos los tamarxistas son antiguos "progres". Tamara también genera animadversión entre liberales, democristianos, conservadores y otros especimenes de centro y derecha. Para todos ellos, la desafinada cantante es el símbolo más representativo de la degradación de los contenidos televisivos y de las informaciones de la prensa rosa. No les falta razón.

Sin duda, el espectáculo mediático de Tamara y su cuadrilla (Leonardo Dantés, Loli Jiménez, Toni Genil, Margarita Seisdedos, Paco Porras) provoca bochorno y vergüenza ajena. Al parecer, los españoles han descubierto el placer de disfrutar con estos dos sentimientos tan poco edificantes, pero que disparan las audiencias televisivas y mantienen las ventas de las revistas del corazón. Es evidente que los estridentes gorgoritos de Tamara y las reyertas de verduleras entre los miembros de su pandilla crean una pulsión morbosa que esta siendo hábilmente rentabilizada por los programadores de las cadenas televisivas y los directores de las publicaciones de cotilleos. La cuestión reside en saber si esta moderna parada de los monstruos, que recuperan la laca y el peluquín setentero, es tan sólo una moda efímera o si puede dar paso a famosillos menos inocentes y candorosos. De momento, la omnipresencia en la tele y las revistas de un personaje tan siniestro como Emilio Rodríguez Menéndez es un síntoma inquietante de que lo peor aún está por venir.

Aunque tan sólo sea una advenediza en el Olimpo de la fama, Tamara ya cuenta con miles de admiradores enloquecidos que la veneran como si fuese la Pilarica o la Virgen del Rocío. Bien podrían ser bautizados como tamarianos, dada la herética devoción mariana que le profesan a esta nueva virgen de una prensa que está pasando del rosa al amarillismo. Al igual que el bochorno y la vergüenza ajena, los tamarianos han descubierto el placer de mirar de forma distanciada e irónica los fenómenos más chirriantes de la cultura basura. Y Tamara es uno de ellos. También sienten una cierta superioridad intelectual al disfrutar del espectáculo circense que escenifican a diario Tamara y sus satélites, porque la pobre muchacha no deja de ser como el tonto del pueblo al que le ríen las gracias una pandilla de amiguetes borrachos. Tras el fervor mariano se oculta una burla cruel.

El responsable de la entronización de Tamara como reina del glam y el petardeo de barrios bajos no es otro que Javier Sardá y sus "Crónicas Marcianas". Sin ánimo de dar la tabarra como si fuese un inquisidor, me gustaría recordar que Sardá fomenta lo peor de lo peor en las 625 líneas. Ya puede interpretar el papel de seductor travieso y despistado que no dejará de ser culpable de haber saturado la tele de vertidos tóxicos cuyo hedor tan sólo puede atraer a las mentes más obtusas. Si quisiéramos disculparlo, deberíamos decir que se siente presionado por los angustiosos índices de audiencia y que su fórmula del éxito es promocionar personajillos de cutre-lux con sus artificiosas peleas.

Releyendo lo que escrito siento la incómoda sensación de ser un moralista. Peor aún. Me he convertido en un avinagrado tamarxista aunque haya sustituido la pana por un cómodo chándal adquirido en las rebajas de algún hipermercado. Deber ser cuestión de la edad provecta, los venenosos triglicéridos y la alopecia rampante.
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