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AL MICROSCOPIO

Terremotos en el sol

Como buen ser vivo que es, la Tierra se mueve. Y sus movimientos, que de cuando en cuando provocan catástrofes humanas, no son otra cosa que manifestaciones de su condición de planeta activo. De ellos, los sismólogos han sido capaces de inferir leyes que explican cómo es la Tierra por dentro, cómo se mueve su corazón latiente de magma, qué sutil juego de puzzle conforma el engranaje de las placas tectónicas.

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Los conocimientos de la sismología han sido muy útiles en la ciencia más actual, cuando se han aplicado al otros cuerpos astronómicos, como los astros. En concreto, la heliosismología ha permitido conocer algunos secretos del interior del Sol. Nuestra estrella de referencia está dividida en tres regiones principales. Casi el 70 por 100 de su radio lo compone un corazón relativamente tranquilo, cubierto de una zona de convención. Una segunda capa la conforma la atmósfera más fría y difusa que da paso al tercer gajo: la corona llameante de plasma solo visible durante los eclipses.

Las oscilaciones físicas detectadas por los heliosismólogos en estas tres regiones han servido para conocer cómo se comportan las estrellas del tipo de nuestro Sol, es decir, a medio camino de su vida y de intensidad mediana: una del montón. Y ahora, los científicos están empezando a aplicar estos conocimientos para el estudio de otros astros de esta familia que se encuentran a distancias muy superiores. Las oscilaciones de estas estrellas lejanas no pueden ser detectadas, sin embargo, por las técnicas astronómicas actuales ya que la información que nos llega de ella está preñada de interferencias de otros objetos cósmicos.

Los instrumentos de la heliosismología son una solución a este problema. Por ejemplo: el estudio del desplazamiento Doppler. El efecto Doppler no es otra cosa que el cambio en la longitud de onda de una radiación electromagnética (como la luz) como consecuencia del movimiento relativo entre la fuente y el receptor. Del mismo modo que la frecuencia del sonido de una sirena de la policía varía según el coche se aleja de nosotros, la luz procedente de una estrella (que evidentemente se mueve) también presenta cambios en su longitud de onda según la perciben nuestros telescopios. Estudiando esos cambios, se puede deducir la composición, el tamaño y otras características del objeto emisor.

La magia de la capacidad deductiva del científico es que hoy, cuando este método se ha perfeccionado hasta extremos increíbles, un astrónomo avezado puede utilizar estos datos para conocer el modo de estratificación, la abundancia de helio en el corazón del astro (lo que sirve para conocer su estado evolutivo y, por lo tanto, su edad), y el intercambio de energía de su zona de convección.

Es posible pues, realizar una completa radiografía de estrellas lejanísimas simplemente poniendo a funcionar los telescopios y radiotelescopios, de manera similar a la que los indios de las películas ponen a funcionar sus pabellones auditivos sobre el suelo para detectar que se acerca una manada de bisontes. Los bisontes hacen vibrar el terreno: el helio hace “vibrar” la luz del sol.

Pero lo más fascinante de esta historia es que las raíces de esta ciencia de vanguardia se pierden en los primeros pasos de la astronomía. La variabilidad oscilatoria estelar fue descrita por primera vez por Fabricius en 1596. El ingenio osado de aquellos astrónomos les acercó a grados de conocimiento del cosmos cercanos a lo que hoy nos arrojan las más avanzadas tecnologías. La técnica, en el fondo, no ha hecho más que afinar el enfoque de la materia gris humana desnuda. Afortunadamente.
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