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DRAGONES Y MAZMORRAS

Traduce que algo queda

Entre la gente del libro (lo digo en el sentido en el que se dice “culturas del libro” y para distinguirnos de los titiriteros y aristócratas de cartón piedra), las presentaciones, inauguraciones, ciclos, cursos, conferencias y otras manifestaciones del espíritu están sustituyendo a los cumpleaños, bailes y demás actos sociales. Es evidente que al código de cortesía que obliga a devolver las visitas, hoy en día habría que añadir “y asistir a las presentaciones de libros de los demás”. Ya saben, lo de Eugenio d’Ors de que en Madrid, y en “saison” o la das o te la dan.

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Por tanto es un alivio cuando te convocan a uno de esos cónclaves que, por la lejanía del lugar de reunión, se convierte en una suerte de amable secuestro en el que eres, por turno, atenta espectadora o satisfecha participante y te ves exenta de andar de un lado a otro como un azacán. Esta vez se trataba del VIII Encuentro de Traducción Literaria de Tarazona, lugar donde tiene su sede la Casa del Traductor que es una institución -casi un lujo- patrocinada por el Consejo de Europa y las autoridades locales, en este caso las aragonesas y, a su manera, la administración central, con el apoyo de las asociaciones de traductores literarios.

Supongo que no tengo que explicar a mis lectores lo que es un traductor literario pero como algunos pueden creer que se trata de un programa informático me voy a permitir una digresión puramente informativa. Un traductor es una persona que tiene una parte fundamental en la cadena de transmisión textual y que, sin embargo, permanece en el más absoluto anonimato. Cuando ustedes leen un libro escrito por un autor extranjero cuya lengua no conocen y lo entienden, no es que el Espíritu Santo les haya dado de pronto el don de lenguas sino que un traductor ha puesto en ello todo su talento y sus conocimientos y lo ha trasladado al español (o a su lengua vernácula).

La cosa no es nada fácil porque se puede hacer muy mal y destrozar el idioma (como puede hacerlo también cualquier escritor), y sin embargo la gente se empeña en creer que los mejores traductores tienen que ser escritores. A veces se da esa coincidencia-al menos eso espero por lo que me toca- pero muchas otras no. Unamuno tradujo fatal a Shakespeare (lo explica muy bien Julio César Santoyo en su libro El delito de traducir), Galdós tradujo mal a Dickens, Valle Inclán no acertó con Queirós, ni Pedro Salinas con Proust, Jorge Guillén fue el autor de una de las peores de las cuarenta traducciones (o más) que hay del Cementerio marino de Paul Valéry. Y eso para limitarnos al español y a épocas ya pretéritas, pero en el ancho mundo ocurre más o menos igual, lo que pasa es que casi nadie se atreve a meterse con los monstruos sagrados, pero es la verdad.

Y es que la traducción es una forma de escritura, pero también es una profesión y tiene, como tal, sus técnicas. Por eso, para deliberar sobre la mejor manera de traducir se llevan celebrando desde hace ocho años estas reuniones en las que los traductores, entre otras cosas, dialogan con escritores y editores. Las relaciones con los escritores son buenas, como es de suponer, pero no ocurre lo mismo con los editores, de forma que en esta lucha que tiene ahora este gremio contra la administración por lo de la liberalización del precio de los libros verán solidarizarse con ellos a pocos traductores, hartos como están de que los editores rechacen sus tarifas argumentando que hay libertad al respecto, esa misma libertad que los muy ladinos rechazan ahora cuando se trata de aplicarla al precio de los libros.

En esta ocasión el escritor convocado para hablar con sus traductores fue Julio Llamazares, el leonés más traducido de todo el famoso (y numeroso) grupo de los oriundos de esa bienaventurada región, en el que figuran Antonio Pereira, Luis Mateo Díez (flamante Premio Nacional de Narrativa), Juan Pedro Aparicio, José María Merino, Antonio Colinas. Llamazares, que confesó no saber ningún idioma, parecía abrumado ante sus traductores -un hebreo, una húngara y un griego- y no les puso ninguna pega. Las conferencias solemnes las pronunciaron Luis Gil y Lucía Rodríguez-Noriega, helenistas ambos y premios nacionales de traducción por añadidura. Hubo más cosas, como es natural, pero la palma en cuanto a brillantez se la llevó el grupo de teatro español de Bruselas (El TEB) que representó la Medea de Séneca en versión al español de ilustre filólogo clásico y académico de la lengua, Valentín García Yebra, por cierto, berziano de pro. Yo salí entusiasmada con la representación que me consolidó en mi idea de que la mitología griega es la madre (lo sepan o no) de los mangas japoneses.

La traducción es pues, difícil y a veces peligrosa. Que se lo digan a Vázquez Montalbán que, como ya se contó en esta sección, fue condenado por plagiar al profesor Pujante una traducción de Shakespeare, pero sobre todo que se lo digan ahora a Ana Rosa Quintana y a la editorial Planeta a quienes un “negro” literario ha puesto en una situación harto embarazosa, es decir, con el culo al aire al colarles literalmente (con los cambios oportunos en los nombres de personas y de lugares) párrafos enteros de una traducción de una novela de Danielle Steel. Ya saben que utilizar a estos trabajadores del lenguaje es una práctica tradicional que está muy de moda últimamente, sobre todo cuando se trata de explotar la popularidad coyuntural de algunas personas pergeñando a toda prisa cualquier cosa. Mi antecesora en esta sección, la nunca bien ponderada Clara de Luna, trabajó alguna vez de negra literaria y me contaba que los trucos son infinitos: desde poner párrafos enteros de autores clásicos hasta folletones sacados de periódicos antiguos o, como en este caso, traducciones que los editores y los autores, generalmente iletrados, se tragan sin rechistar.

Yo tengo mi teoría sobre este caso y es que se trata de una venganza del “negro” que confiaba en que algún lector aficionado al género acabaría descubriéndolo, como así ha sido, de otro modo habría utilizado un párrafo de Cervantes. Y ahora que lo echen. O que le denuncien. De hecho ya hay rumores sobre la identidad del "negro" que según me dicen también podría ser leonés. A quien nadie menciona es a la traductora, Maria Antonia Menini, asimismo plagiada, omisión que prueba lo que les decía al principio del anonimato de los traductores. Como decia mi abuela, la vida es un asco.
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