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BASURA SELECTA

Traiciones a la herencia

Ricardo Bofill Junior y la cantante mexicana Paulina Rubio forman una pareja espléndida. No sólo son guapos, ricos y famosos, sino que también nos ofrecen a menudo un delicioso espectáculo cuando se prestan a hablar de sus amores o se comportan como traviesos y caprichosos adolescentes en la edad del pavo.

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Ricardito es hijo del prestigioso arquitecto catalán Ricardo Bofill y de la hermosa actriz italiana Serena Vergano, musa en su tiempo de la llamada “Escuela de Barcelona” y protagonista de aquellos films de arte y ensayo, que tan sólo entendía la intelectualidad catalana más progresista de finales de los sesenta. Sus progenitores fueron, sin duda, miembros egregios de la “gauche divine”, que solía fumar porros y discutir las tesis de Marcuse en la terraza del algún lujoso chalet de inspiración constructivista en la Costa Brava. No parece, sin embargo, que Ricardito haya heredado de sus padres esa pasión por el compromiso histórico y la alta cultura. Todo lo contrario.

Desde que se dio a conocer en la páginas del corazón por su romance con la remilgada Chabeli Iglesias Preysler, Bofill Junior ha demostrado ser un personaje frívolo y lenguaraz. El hecho de que luego se casase con el retoño de Julio Iglesias e Isabel Preysler, que no son precisamente unos intelectuales, ya fue todo un síntoma de su carácter descarriado. Luego se separó, pero tanto la boda como el divorcio le sirvieron para consolidar una imagen de calavera sin oficio, que pretendía convertirse en arquitecto, cineasta, novelista o cualquier otra profesión digna de sus ilustres apellidos. No fue así y al final acabó convertido en atracción estelar del barracón de feria de las vanidades con sus procaces impertinencias en “Tómbola” o sus numeritos de pijo rebotado en “Crónicas marcianas”. Pese a sus excesos histriónicos, debo reconocer que Bofill Junior tiene la lucidez suficiente como para burlarse de sí mismo y asumir que forma parte del selecto grupo de golfos y crápulas rosas, junto a Pocholo Martínez Bordiu, Jimmy Giménez Arnau, el conde Lecquio o Luis Ortiz.

El hijo del arquitecto no pareció atemperar su carácter cuando conoció en una discoteca de Miami a la mexicana Paulina Rubio. Hija del prestigioso abogado Enrique Rubio y de la popular actriz Susana Dosamantes, Paulina es otro ejemplo de las imprevisibles leyes de la herencia; ha heredado la vocación artística materna, pero su currículum como miembro del grupo infantil Timbiriche y figura del pop melódico azteca no está a la altura de los méritos de su madre. Pese a sus discutibles cualidades como cantante, Paulina ha conseguido ser más popular en España que sus compatriotas Thalia y Alejandra Guzman, gracias a su recurrente aparición en los medios para desmentir las broncas, separaciones y supuestos adulterios que ensombrecen a menudo su relación con Ricardo Bofill.

Una de las últimas tormentas vividas por la pareja fue la aparición de una desconocida llamada Montse Paez que decía estar embarazada de Bofill Junior. Tras un aborto tan improbable como su embarazo, la señorita Paez se ganó descaradamente unos minutos de fama asegurando que tenía unas ecografías para demostrar la paternidad de Bofill. Al parecer, el diminuto feto era la viva imagen de su padre y daba pataditas como Ricardo cuando se presenta en “Tómbola”. El montaje parece ya olvidado, pero le ha servido a Montse Paez para grabar una canción dedicada a Bofill (“Marinero de agua dulce”) e integrarse en el circo de advenedizos que promociona Emilio Rodríguez Menéndez.

La emergencia de pelarruecas ávidas de titulares como la Paez, no parece poner en peligro el idilio de Ricardo y Paulina. Tan sólo es de esperar que no sigan posponiendo su anunciada boda porque se gasta tinta y se pierde crédito. Es una regla tácita del corazón que no se puede vender la misma noticia más de tres veces.
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