Menú
Con tu apoyo hay más Libertad
  • Sin Publicidad
  • Acceso a Ideas
  • La Ilustración Liberal
  • Eventos
CRóNICAS COSMOPOLITAS

Últimas tardes del comunismo en Europa

Acabada la primera Gran Guerra que destruyó tres Imperios (el ruso, el austro-húngaro y el otomano) los vencedores de la contienda, y muy concretamente Lloyd Georges para el Reino Unido, y George Clemenceau para Francia, a través de una serie de conferencias y tratados como el de Versalles, mostraron con las ruinas de esos Imperios una nueva configuración de Europa central, no para la felicidad de sus ciudadanos sino para evitar al máximo la creación de nuevas potencias que podrían convertirse en peligrosas para ellos.

0
Así nació, de la nada o de los escombros, Yugoslavia, que reunió artificialmente y hasta hace diez años a Serbia, Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia, Montenegro y Kosovo (¿No me he olvidado de nadie?). El Rey Alejandro I (asesinado en 1934 por un croata “ustachi”) intentó en los primeros años de su reino establecer una monarquía constitucional, pero las fuertes tensiones entre serbios, croatas, bosnios etc, le llevaron a imponer un régimen dictatorial. Que me disculpen los ciudadanos de esos países si voy tan deprisa y salto, sin más, a la II Guerra Mundial.

En 1941 los nazis invaden Yugoslavia, crean en Croacia un Estado “independiente”, las comillas se refieren a que dependía de Berlín, con Ante Pavlevic, el jefe de los ultranacionalistas y terroristas croatas, a su frente; pero en el resto de la región los invasores se enfrentan a dos movimientos de resistencia armada. El primero, y el único conocido hoy, en el que dominan los comunistas con Josip Broz “Tito” como líder; el segundo, monárquico o en todo caso fiel al rey y al gobierno exiliados en Londres, está dirigido por el general Draza Mijailovic. Los dos movimientos guerrilleros antinazis colaboran en un principio pero en cuanto pueden, y según una táctica verificada en todas partes, los comunistas comienzan a atacar a las tropas de Mijailovic hasta aniquilarlas y fusilar al finalizar la guerra a este general antinazi como traidor pro nazi.

Hace unos días, hablando de los recientes sucesos, recordaba yo el papel de Mijailovic en la guerra contra los nazis. Jóvenes periodistas franceses me miraron con sorpresa, casi con indignación, y declararon uno tras otro “no me lo creo”. En sus libros de texto y en sus redacciones han aprendido que fue Tito el único que estuvo contra los nazis, y siguen creyéndolo. Las cosas se complican, incluso para los enfermos políticamente correctos, cuando se recuerda que Stalin, en los acuerdos de Yalta con Roosevelt y Churchill, aceptó que Yugoslavia permaneciera en la órbita occidental y que el rey Pedro II pasara de Londres a Belgrado. Contra todos ellos y después de haber aniquilado a sus contrincantes internos, Tito se rebeló e instauró su República socialista.

Fue una dictadura, desde luego, pero no fue peor que otras dictaduras difuntas de la Europa del Este. Tuvo, eso sí, su mentira peculiar con aquella cacareada “autogestión”. Puede que la autogestión sólo sea el sueño de una noche de verano, pero en un régimen dictatorial de partido único y propiedad exclusivamente estatal la autogestión yugoslava no pasó de ser un mirlo blanco para turistas progres. Turismo progre que, por cierto, prefirió durante años las costas montenegrinas a las de Crimea.

En 1948 Stalin, que no podía tolerar jefecillos comunistas con iniciativas propias y menos aún contrarias a sus decisiones, intentó desbancar a Tito del poder y fracasó. A este episodio se le ha calificado de “cisma yugoslavo” pero en realidad tuvo menos repercusiones en la Internacional comunista que otros cismas, el chino, por ejemplo. En Yugoslavia, en cambio, tuvo mucha importancia porque a partir de entonces los ciudadanos vivieron bajo dos miedos: miedo a la dictadura titista, que sofocaba todo anhelo democrático, y miedo a la intervención militar de la URSS que podía aprovecharse del menor disturbio para lanzar sus tanques sin que la OTAN, ni USA, ni nadie, interviniera como así ocurrió en Berlín en 1953, en Hungría en 1956, en Checoslovaquia en 1968, sin citar a otras intervenciones más discretas.

Dos miedos añadidos no constituyen un terreno favorable a la expresión de sentimientos democráticos. La procesión iba por dentro. Pero llegamos a finales de los años 80, a la destrucción del muro de Berlín y sobre todo a la imposición de la URSS en la que Yeltsin, tan insultado y depreciado hoy, desempeñó un papel positivo. Llegamos a la revolución de terciopelo en Checoslovaquia, etc y etc, y Yugoslavia explota.

Uno de los primeros en darse cuenta de que los tiempos han cambiado fue el propio Milosevic, quien varió el nombre de su partido convirtiéndolo en socialista, le regaló otro a su esposa, por aquello del pluralismo, abandonó el inexistente socialismo autogestionario para reivindicar la Gran Serbia, y se lanzó a la guerra y a la depuración étnica. Si Eslovenia primero y Croacia después lograron la independencia e instauraron la democracia parlamentaria, la guerra, las masacres, el éxodo, se instalaron durante años en Bosnia y en Kosovo. Las cosas han transcurrido como han transcurrido y si hoy algunos pueden ir a promocionar sus libros a Sarajevo, ayer ciudad heroica y asediada como Vukovar y otras, es gracias a las intervenciones militares extranjeras y a los bombardeos de la OTAN.

Vale la pena, creo, puntualizar que si la negativa de una intervención terrestre permitió a Milosevic permanecer en el poder y a sus partidarios en Europa planear la normalización de las relaciones con el dictador y la continuación de su dictadura, han sido los propios serbios quienes han puesto el punto final a las ilusiones de unos y otros a este respecto. Primero derrotándole en las elecciones presidenciales, luego, cuando se negó a aceptar su resultado, como es lógico tratándose de un dictador, miles y miles de manifestantes en las calles de Belgrado los obligaron a él y a sus partidarios en Serbia como en el extranjero, empezando por Rusia, a acatar los resultados de las urnas y a retirarse.

Esta victoria ejemplar de la voluntad popular, doblemente expresada en las urnas y en la calle, no significa que se hayan solucionado los problemas de toda índole que existen, desde los económicos hasta los institucionales, para liquidar todo lo que queda de socialismo en ellos; ni se puede saber aún cómo se van a replantear las relaciones entre Serbia, liberada de la dictadura, y Montenegro y Kosovo. Pero sociedades sin problemas no existen y una de las diferencias entre democracia y tiranía es que la democracia acepta los problemas para resolverlos y la tiranía los niega para aplastarlos.

Constatemos con profunda satisfacción esta nueva victoria de la democracia: la última dictadura comunista de Europa, por mucho que se haya disfrazado, ha sido derrotada y constatemos asimismo que en las últimas batallas contra el comunismo totalitario en todos los países del Este europeo, ayer sometimos a Moscú, las urnas y la calle, la calle y las urnas han desempeñado juntas el papel fundamental. Lo mismo está ocurriendo en Perú, pongamos. Lo digo así muy de paso por el placer de contradecir ciertos leguleyos maniáticos de una legalidad intrascendente. Las leyes deben de estar al servicio de la libertad y no al revés.

Demos la bienvenida a los serbios, hoy en el umbral de la democracia.
0
comentarios

Servicios