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LA PROHIBICIóN DEL DDT

Un arma para reducir la población

El número de casos de malaria en Ceilán (ahora Sri Lanka) se desplomó de 2,8 millones en 1948 a 17 en 1963 y en la India se redujeron de 750.000 al año a 1.500. ¿Cómo? Gracias al insecticida DDT. Pero en 1972, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) prohibió el uso del DDT en Estados Unidos y en todas las naciones que reciben ayuda estadounidense. Los resultados eran fáciles de predecir. En apenas seis años surgieron 800 millones de casos de malaria, ocasionando 8,2 millones de muertes al año.

Paul K. Driessen
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Nuevas medicinas y pesticidas han reducido la mortalidad a 2,7 millones anuales, cantidad espantosamente elevada. Y otras docenas de millones de personas que esta brutal enfermedad no mata, sufren frecuentes recaídas durante años, debilitándolos tanto a ellos como a los recursos médicos y económicos de sus países. Por eso, muchas naciones están regresando al DDT.

Esto ha impulsado a organizaciones ambientales como World Wildlife Fund y otras a exigir una prohibición permanente y mundial de este pesticida que ha salvado incontables vidas. La propaganda oficial es que se requiere la prohibición para “salvar al mundo”. Pero sus verdaderos motivos son bastante menos nobles, al demostrar una cruel indiferencia respecto al impacto devastador que la prohibición significa entre la gente más pobre y enfermiza del mundo.

Los verdes insisten que las naciones que sufren de malaria pueden utilizar otros pesticidas. Pero las alternativas son mucho menos efectivas y mucho más costosas. Como el Brasil, Ecuador, Perú, Sudáfrica y otros países se han dado cuenta a través de amargas experiencias, el DDT es el único producto químico que realmente funciona. Los casos de malaria se dispararon en Brasil y en el Perú cuando se dejó de utilizar DDT en los años 90. Perú fue también el país que eliminó la clorificación del agua potable por sugerencia de la EPA y por ello sufrió miles de muertes por cólera. El Ecuador, por el contrario, redujo considerablemente los casos de malaria al incrementar las fumigaciones con DDT. La enfermedad se convirtió en una epidemia en Sudáfrica hasta que el gobierno cambió su política en contra del DDT.

En contra de los alegatos de World Wildlife Fund, los efectos ambientales del DDT son mínimos. Actualmente el DDT no se fumiga en extensas áreas, sino que se utilizan pequeñas cantidades en las paredes internas de las viviendas. De tal manera que todas las viviendas de un país tropical pueden ser fumigadas con la misma cantidad de DDT que anteriormente se utilizaba en una sola hacienda.

Nuevas investigaciones han comprobado que, bien utilizado, el DDT no significa riesgo alguno para la gente y se descompone mucho más rápido de lo que se creía.

La prohibición del DDT es un espantoso caso de imperialismo ecológico. Al Dr. Charles Wurster, ex jefe científico del Environmental Defense Fund, le preguntaron en una ocasión si no creía que la prohibición del DDT podría tener como consecuencia el uso de productos químicos mucho más peligrosos y en una explosión en el número de casos de malaria en Sri Lanka. Contestó: “Probablemente sí ¿y qué? La gente es la causa de todos los problemas. Hay demasiada gente. Hay que prescindir de algunos y esta es una manera de lograrlo”.

Tal opinión no es rara. Según los ensayos sobre la llamada ética ambiental, publicados bajo el título “Earthbound”, “las muertes humanas masivas serían algo bueno. Es nuestro deber causarlas. Es el deber de nuestra especie... eliminar el 90% de nosotros”.

El ex biólogo del Servicio Nacional de Parques, David Graber, se hizo famoso al declarar que “nos hemos convertido en una plaga para nosotros mismos y sobre la tierra. Hasta que los homo sapiens decidan unirse a la naturaleza, algunos podemos sólo tener la esperanza de que aparezca el virus conveniente”.

Las enfermedades pulmonares afectan a 30 millones de personas al año en países en desarrollo; enfermedades por contaminación del agua, como la disentería, matan a 10 millones de personas al año. Esas enfermedades se pueden evitar y no se conocen en los países ricos. Ocurren por falta de electricidad y de agua potable, problemas que se eliminan construyendo represas hidroeléctricas. Pero los verdes se oponen porque ello causaría la muerte de pequeños animales.

Ambientalistas como David Foreman, fundador de Earth First, en una ocasión se refirió a las hambrunas de Etiopía, diciendo que “lo peor que podemos hacer es brindar ayuda; lo mejor sería simplemente dejar que la naturaleza logre su propio equilibrio, dejando que gente muera”. Pero los medios de comunicación, los tribunales y el público siguen aceptando sin crítica las más recientes cruzadas de los verdes, sin medir sus consecuencias ni indagar sobre sus motivaciones.

© AIPE

Paul K. Driessen es académico de la Atlas Economic Research Foundation de Washington.
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