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AUTORES Y GéNEROS

Un contexto policial

Lo que primero sorprende en "Vestido para la muerte" es que parece escrita por un italiano. O eso parece a los lectores que no han nacido en el país de Verdi. Sin embargo, la autora, Dona Leon —un nombre que necesariamente es un nombre artístico— es una americana de Nueva Jersey que se ha ido a vivir a Venecia y ha comprendido tan bien como una italiana lo que hay por debajo y por encima de los canales. Algo debe de haberle servido que trabajó de guía turística en Roma. Estos trasvases culturales van siendo corrientes.

Agustín Jiménez
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En Nueva York publica con cierto éxito Camilla T. Crespi, una autora de padre italiano, nacionalizada americana hace poco tiempo, que ha creado la serie de Simona Griffo, una detective aficionada que remacha los clichés que los americanos guardan de los italianos. Cada uno de sus libros trae una receta culinaria. El caso de Dona Leon es más sofisticado. Arranca de la nunca extinta tradición de diálogo entre continentes que inició Henry James, el escritor americano que estudió sistemáticamente el contraste que marcaban sus personajes con el marco europeo. O eso sugiere que, en "Vestido para la muerte" sea la lectura favorita de la esposa del protagonista, que ameniza su veraneo con "La copa dorada". Un libro que recobra actualidad con la versión cinematográfica que acaba de realizar James Ivory (Nick Nolte, Uma Thurman). En cine, Ivory lleva años especializado en James. Los ciudadanos americanos, y algunas de sus extravagancias bohemias, están presentes en otros libros de Dona Leon: "Muerte en un país extraño" resuelve el asesinato de un soldado americano. Un personaje reiterante es la arqueóloga, y americana rica, Brett Lynch, que evoluciona en "Muerte en La Fenice", primer libro de la serie, cuando Brunetti era aún subcomisario, y en "Acqua Alta".

Maridajes de cultura aparte, el enfoque estilístico de James cuadra bien con el modo de moverse del comisario Brunetti de "Vestido para la muerte". Henry James buscó intensamente un método de escritura que mostrara una perspectiva correcta y completa de las cosas. Quería "ver su historia", declara en el prefacio que puso a "La copa dorada", y ese método de apertura y desapego, que en nada merma la simpatía o la irritación ante las acciones de los hombres, ese equilibrio relativamente raro en los investigadores policiales es lo que define la gran figura de Brunetti. Que tiene méritos para rivalizar con el otro gran comisario italiano de la actualidad: el Montalvano de Camilleri.

Montalvano es siciliano. Empezó a publicar libros en una editorial que había apadrinado Sciascia. Dona Leon se ha hecho tan italiana que el Brunetti que ha imaginado podría perfectamente, sea ella o no consciente, emparentarse con Sciascia. Como en el caso de los sabuesos del maestro, sus andanzas están salpicadas de citas literarias. No sólo porque Brunetti lea con atención a Tácito, por más que la intelectual de la familia sea la Señora Brunetti, pues Dona Leon se esfuerza por ser políticamente correcta. Hay sensaciones, como una que Sciascia recoge expresamente de Borges, que, advertidamente o no, son coincidentes. Compárese la escena de "El contexto" en que Rogas contempla su doble en el ascensor con el pensamiento que le viene a Brunetti de que el cadáver del banquero muerto es el suyo propio. Las tramas de Brunetti son menos metafísicas, pero en todas subyace la idea tan italiana, tan de Sciascia, del contexto confuso urdido por el poder para enmarañar nuestras vidas.

Por lo demás, Brunetti es un hombre equilibrado y muy, muy educado. A los travestis los trata de "señor". Y, en la página 130, nos enteramos de que el melocotón lo toma con cuchillo y tenedor.

Este libro se puede adquirir en la Tienda de Libros de El Corte Inglés
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