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EL SOCIALISMO ALBANéS

Un modelo para Euskal Herria

De sobra se sabe que, en busca de un modelo de sociedad para un Estado vasco independiente, los “abertzales” de izquierda han optado, desde hace bastante tiempo, por la experiencia del socialismo albanés. No pretendemos juzgar si el modelo es malo o bueno. Sólo queremos recordar cómo fue este socialismo, hoy en día desaparecido igual que otros regímenes marxistas de Europa.

Víctor A. Cheretski
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El principal rasgo de aquel régimen, a lo largo de sus 45 años de existencia, era su aislamiento internacional. Las relaciones que mantenía, al principio, con la Unión Soviética y China fueron cortadas. No tenía contactos con nadie porque el capitalismo era “malo” y el socialismo en los países del Este era “aburguesado”, según el dirigente albanés, Enver Hoxha. Pero esta postura, al parecer, puramente ideológica tenía un propósito muy concreto: aislar al pueblo albanés para que no supiera nada del resto del mundo. Mientras tanto, la propaganda oficialista persuadía a la población de que en su país se vivía mucho mejor que en cualquier otro sitio del mundo, especialmente en Occidente, donde la clase trabajadora “moría de explotación y de hambre”.

Como si esto no bastara para atontar a los albaneses, el régimen siempre mantenía presente el fantasma de una amenaza exterior. “El imperialismo estadounidense y su lacayo yugoslavo” sólo pensaban en atacar a Albania. Y en estas circunstancias, la población no tenía otra opción que dedicar su tiempo libre a prepararse militarmente y a construir fortines y búnkers. Los albaneses vivían con la conciencia de una invasión extranjera inminente. La paranoia llegaba a tal punto que los labradores salían al campo con un fusil en la mano a la espera de “paracaidistas americanos”.

Por supuesto, hubo sólo un partido político -el Partido del Trabajo- y la participación ciudadana en la política consistía en elogiar a este partido y a su líder. La oposición no existía. Pero, en previsión de cualquier disidencia, el régimen practicaba purgas sangrientas. Los presuntos “enemigos” eran fusilados junto con todos sus familiares. En esto último, Enver Hoxha ha superado a su ídolo, al “gran padre de todos los pueblos, camarada Iosif Stalin”. Las faraónicas estatuas a este último se veían por todas partes.

La iniciativa privada no existía, todo era del Estado. El régimen controlaba todos los recursos del país y la situación económica de cada uno de sus habitantes. No había coches en propiedad. Y no sólo porque era todo un lujo, sino porque el coche representaba un cierto peligro para el régimen por su capacidad de proporcionar a la persona una sensación de libertad, quizá sólo por desplazarse a cierta velocidad. Y eso era incompatible con el régimen. A los trabajadores de “vanguardia”, eso sí, se les premiaba con una bicicleta. Al final de su mandato, Hoxha, en su esfuerzo de purismo estalinista, decretó la supresión de cualquier “propiedad privada”, incluyendo las gallinas, patos u otros animales domésticos.

La miseria era generalizada. Y tenía su justificación ideológica. Así era más fácil manipular a la gente que, en su lucha por la supervivencia diaria, no pensaba en la alta política del Estado. El salario era igualitarista, de unas 10-20 mil pesetas al mes, sin gran diferencia entre un trabajador manual, un médico o ingeniero. Cada familia tenía derecho a un kilo de carne a la semana. La gran excepción eran los altos cargos del partido que ganaban 15 veces más. Aunque eso sí, todos los cargos públicos, incluso altos, tenían que pasar tres semanas al año realizando tareas “de base” en fábricas o en el campo, para no perder el “espíritu proletario”. Mientras tanto, los estudiantes pasaban sus vacaciones en las obras del ferrocarril, por supuesto, de forma “voluntaria”, sin cobrar nada.

Todos vestían igual. Tener dos pares de zapatos, uno de invierno y otro de verano, y dos trajes, era una norma que nadie podía violar. El precio de un traje equivalía a un salario mensual. El régimen prohibía las barbas, los bigotes, las melenas, los escotes, los pantalones vaqueros, las minifaldas, los anticonceptivos y los cosméticos, ya que todo esto representaba la “decadencia de Occidente”. Una televisión en blanco y negro era más que un lujo. Para comprarla con un bono de la empresa un trabajador debía ahorrar durante años. Los programas estaban dedicados a los “logros” de la economía nacional y a la lectura de los 40 tomos de memorias de Enver Hoxha. La religión musulmana fue fulminada y las mezquitas reconvertidas en almacenes, tiendas o bares. A los visitantes de estos últimos se les permitía escuchar sólo música folklórica o revolucionaria.

Así que todo un ejemplo para seguir…
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