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AUTORES Y GéNEROS

Un plan gallego

Carlos G. Reigosa inventó hace veinte años a dos personajes de aventuras tan anómalos como necesarios. El detective Nivardo Castro y el periodista Carlos Conde —¿qué es un reportero sino un detective un poco más comodón, un poco más vanidoso?— desentrañaron juntos un "Crimen en Compostela" que fue poco comentado fuera de Galicia. Los dos amigos vuelven a la carga, algo más sabios pero mucho más disparatados, en "La guerra del tabaco", que ha publicado Plaza. Muchísima gente conoce a Carlos G. Reigosa en España. Hace tiempo que mangonea de directivo en la Agencia Efe. Pero a lo mejor no se han parado a pensar en la deuda narrativa que tenemos con él. Aunque los lectores de su última novela tendrán dificultad en señalar un relato español que se les haya hecho más corto

Agustín Jiménez
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¿Español? Bueno, sí, pero sólo porque lo gallego es necesario para lo español. Triunfa ahora en todo el mundo "Traffic", una película de Sodenbergh. Aunque evidentemente no es la película más épica que se ha realizado sobre el mundo de la droga, es posiblemente la más inteligente. Pero, más allá de su osadía formal, la película nos enseña pocas cosas que no supiéramos. Ni siquiera podemos considerarla una denuncia de la hipocresía. Su protagonista, Michael Douglas, es tan acartonado que nos parece normal, dentro de la convención de la caricatura, que su hija salga rana. Conocemos los clichés. Hemos visto muchas películas americanas. Del cine y del bestseller conocemos la retórica de la mafia americana, de la mafia italiana. Un poco de la china y la japonesa. "La guerra del tabaco" dramatiza las noticias que tenemos de cierta mala vida gallega que Reigosa, y con razón, nunca califica de mafia.

En realidad, ni siquiera la califica de mala. Las cosas son más complejas. "La guerra del tabaco" es una estupenda novela policíaca. No estamos sobrados en España de novelas policíacas y habría que ver por qué. Hay intrigas, argumentos macabros, tramas con policías —las novelas de Alfonso Rojo— pero, en general, nuestra narrativa está ayuna de dos elementos esenciales: la capacidad de crear tramas y la sabiduría de crear esos personajes oportunos que, en otras literaturas, parecen resumir una manera de enfocar la vida. El Inspector Maigret o Philip Marlowe, ambos igualmente eficaces por necesidades del guión, representan estilos de civilización diferentes. Ninguno de los dos era una persona culta. Leonardo Sciascia creó un tipo de investigador lírico. Ha influido en los nuevos detectives italianos. Los de Reigosa, reflexivos, eruditos, se emparentan con ellos. Sin que les copen el terreno. Igual que los contrabandistas gallegos de la novela no acaban de entrar en negocios con sus admirados colegas italianos. Pero la capacidad de armar tramas —el doble cebo final— que despliega Reigosa sólo puede obtenerse de una gran reserva de inteligencia.

Casi más que novela policíaca, "La guerra del tabaco" es una novela gallega. Sólo una mentalidad descardinada, soñadora, dispersa y pachorra origina un libro así. Y charlatana. Si el protagonista es en realidad dos protagonistas equivalentes —tres, durante varios capítulos en que actúa un amigo italiano—, es tal vez para que cada cual tenga a quien contar sus batallitas. El libro es subido de acción, de balas y de sexo de puticlub. Pero no sería un disparate que los dependientes de las librerías lo expusieran en el anaquel de antropología o de historia y que se titulara "Galicia, proyecto histórico". Con este folletín de policías y ladrones, Reigosa se alinea con otros novelistas desvariados que hoy forman la tertulia narrativa más coherente de España: con Suso de Toro o con Manuel Rivas. A propósito de "El lápiz del carpintero", Rivas defendía su empeño en descubrir una Galicia ignota hasta para los gallegos y en superar la dicotomía entre calidad y comercialidad.

Sabido es que los proyectos históricos gallegos se hacen con bogavante y alvariño. El libro de Reigosa refiere tiroteos, persecuciones en lanchas, celadas en cementerios, atentados en carretera. Los protagonistas presencian refriegas, y se meten personalmente , a golpes de astucia y de puños, en varias bocas de lobo. Por muchas dificultades que encuentren, ni un solo día comen mal. Y, por muy osados que sean los contrabandistas, no dejan de ser unos chapuceros como suele pasar en las tierras de grandes proyectos históricos. Rodeados y encañonados por la Guardia Civil, "ni siquiera sabían cómo rendirse". Las tragedias gallegas —o quizás españolas— siempre son chuscas. Al "amo del fumo", gran señor de un castillo sobre la ría, los civiles le disparan en una nalga.

Y ¿qué piensan del desenlace los protagonistas? ¿Cuál es, según ellos, la influencia de la de la economía de la droga y de la posible connivencia de Madrid en el fresco rumoroso que va de los irmandiños hasta la hilarante normalización lingüística de la televisión de Fraga Iribarne? Y, en un orden más amplio de cosas, y quizás un poco cursi, ¿cuál es la postura moral del periodista que investiga? ¿Se puede asistir a un tiroteo sin tomar partido? (Era la pregunta central de "Territorio Comanche" de Pérez Reverte). Carlos Reigosa toca todas las teclas pero no ofrece ninguna melodía. Una novela es más sugerente que un simple libro de denuncia. Además, Carlos Reigosa es gallego hasta en su estilo desquiciado de escribir (¿Qué es eso de "las tres de la noche" en vez de "las tres de la mañana"?) Y de los gallegos sólo sabemos que les gusta mucho Galicia.

Este libro se puede adquirir en la Tienda de Libros de El Corte Inglés.
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