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EE. UU Y LA UNIóN EUROPEA

Una nueva era de libre comercio

Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal -el banco central de Estados Unidos- le dio una calurosa bienvenida a George W. Bush a Washington rebajando sorpresivamente en medio punto las tasas de interés. Ello ha distraído la atención de algo que el presidente electo sigue repitiendo como su principal prioridad: mayor apertura en el comercio internacional.

Irwin Stelzer
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Recordemos que una de las principales diferencias entre Bush y Al Gore era si una nueva apertura comercial debiese estar o no entre las primeras cosas que el nuevo presidente debería hacer. Gore, atado a los sindicatos proteccionistas, no mostraba mayor entusiasmo por una nueva ronda de acuerdos comerciales. Bush, por el contrario, no perdía oportunidad de enfatizar las virtudes del libre comercio y se comprometió a desmantelar las barreras que todavía existen, a la vez que impulsar el intercambio de servicios.

Esto coloca a Bush del lado histórico de los defensores del libre comercio, como los australianos, y en directa oposición a la crecientemente proteccionista Unión Europea. Se considera divertido burlarse de los europeos por no aceptar la orden de la Organización Mundial del Comercio (OMC) de abandonar su proteccionismo de los plátanos provenientes de las ex colonias francesas, pero para Washington no es ningún chiste. A Estados Unidos le preocupa obedecer decisiones de la OMC, cuando Europa las ignora olímpicamente.

A la gente de Bush también le molestan los esfuerzos de la Unión Europea en bloquear las tres exportaciones más importantes de Estados Unidos: productos agrícolas, servicios y aviones. De manera ilegítima, los europeos le han cerrado las puertas a la importación de carne de Estados Unidos, pero resulta que Bush es de Texas, un estado que todos los que han visto películas de vaqueros saben que es un estado ganadero por excelencia. En cuanto a aviación, los gobiernos europeos han decidido subsidiar el financiamiento del nuevo Airbus A3XX, lo cual es contrario a las reglas establecidas por la OMC. El bloqueo comercial europeo se extiende también a las películas, programas de televisión, música y demás productos audiovisuales. Los franceses siempre han argumentado que quieren proteger su cultura, su idioma y sus actitudes morales de la invasión yanqui.

Bob Zoellick, quien probablemente será encargado por Bush de las negociaciones comerciales internacionales, es un conocido enemigo de las limitaciones al intercambio de servicios y los economistas que lo rodean están decididos a proceder con acuerdos bilaterales en América Latina y el Pacífico si fracasan las nuevas rondas mundiales de libre comercio.

Otra área de fricción entre el equipo Bush y los europeos tiene que ver con las normas ambientales y laborales. Los países en desarrollo saben que ese tipo de normas -favorecidas por la administración Clinton- los despoja de su ventaja competitiva de más bajos costos en mano de obra y los expertos de Bush saben que tales normas fueron inventadas por sindicatos norteamericanos que tratan de aumentarle los costos a la competencia extranjera. Por su parte, los ambientalistas insisten en imponer normas verdes para tratar de frenar la globalización y el crecimiento económico.

Todo esto sucede mientras crece el malestar en Estados Unidos respecto a la poca efectividad de la OMC en la conciliación de disputas comerciales. Si el déficit comercial de Estados Unidos sigue creciendo y la Unión Europea mantiene la posición proteccionista liderada por los franceses, la nueva administración puede decidir tomar el camino de acuerdos bilaterales.

© AIPE

Irwin M. Stelzer es, desde Washington, columnista del Times de Londres.
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