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AUTOMóVILES

Una pasión de juventud

La General Motors acaba de anunciar sus planes de cerrar la división Oldsmobile, una marca con 103 años de historia. El primer Oldsmobile fue producido en 1897. En 1901, Oldsmobile fue el primer auto con velocímetro, ocupó el primer lugar en ventas en Estados Unidos y costaba 650 dólares. La Oldsmobile fue absorbida por GM en 1909.

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Para mi generación, los automóviles fueron una verdadera pasión. De niño vivía en un suburbio de Caracas y cuando iba de visita a casa de mis tías en el centro, me situaba por horas en el balcón para distinguir las diferentes marcas y modelos que circulaban por la calle: los Packard, Nash, MG, Studebaker, Hudson, Fraser, Kaiser, De Soto, Willys, Triumph, Morris, Lancia, Austin y tantas otras ya desaparecidas. Los autos no solamente eran muy diferentes entre sí, sino que cambiaban cada año.

Mi primer auto fue un Chevrolet Bel Air 1956, de dos tonos. Lo recuerdo como si fuera ayer. Lo lavaba cada dos o tres días, lo pulía con cera dura Simmoniz y cuidaba las bandas blancas como si fuera cuestión de honor. Hasta instalé unos alambritos en la parte baja de los parafangos izquierdos que me indicaran si me acercaba mucho a la acera al estacionar, de manera de no rozar la banda blanca del caucho.

La Caracas de entonces era una ciudad de lindas y sombreadas avenidas. Cada vez que regresaba a casa del colegio en Estados Unidos encontraba fastuosas obras públicas recién inauguradas y aunque no era posible salir solo con una muchacha (siempre había que llevar a la hermana fea o a la tía solterona), el automóvil nos daba un extraordinario sentimiento de libertad. Bastaba con salir un rato a manejar para olvidarse de las contrariedades y preocupaciones. Uno de los paseos favoritos era dar vueltas por los colegios de muchachas, a la hora de salida de las clases. Buen momento para una inspección ocular y la posibilidad de toparse con alguien conocido que pudiese presentarnos a la más bella. Las intenciones siempre eran honorables; nadie ni siquiera pensaba en faltarle el respeto a una muchacha. Y nadie se preocupaba por asaltos o que le fueran a robar el auto. Caracas era una de las ciudades más seguras del mundo.

Esa pasión por los automóviles me condujo a trabajar, a mediados de los años 60, en la General Motors de Venezuela. Por mi previa experiencia periodística conseguí me nombraran gerente de relaciones públicas. Fue una experiencia extraordinaria trabajar en la que entonces era la empresa industrial más grande del mundo. GM había instalado una planta de ensamblaje en Caracas en 1948, mucho antes que el gobierno obligara a los fabricantes de automóviles a producir en el país y a incorporar cierto porcentaje de “contenido local” en sus vehículos. Ese “contenido local” pronto se convertiría en una piñata para los fabricantes nacionales de piezas automotrices, quienes no trataban de vender sus productos por su calidad y buen precio, sino a través de los reglamentos impuestos por el ministerio de Fomento. Así, en pequeño, comenzó la corrupción en Venezuela.

Cuando comencé a trabajar en GM, la empresa tenía la mitad del mercado automotor en Estados Unidos. Algo que hoy se ha reducido a 27%. Recuerdo mi sorpresa al llegar al aeropuerto de Nueva York en 1966, en un vuelo de Pan American, y encontrarme a la puerta del avión a un funcionario de inmigración con un cartelito con mi nombre. Ese funcionario estaba encargado de recibirme, sellarme el pasaporte, conseguirme las maletas y conducirme por una puerta lateral a la limosina de la empresa que me esperaba. Yo era un ejecutivo de tercera categoría, pero ese era el trato que se le daba a GM.

En 1969 pedí un permiso para regresar a la universidad y hacer un postgrado. Cuando regresé, dos años más tarde, encontré una empresa totalmente cambiada. Se había acelerado la invasión de pequeños autos japoneses a Estados Unidos y de ser un bastión del libre comercio, la GM se había convertido en otra industria proteccionista, usando todas las palancas políticas a su alcance para evitar la libre competencia. Decepcionado, me fui a los dos meses.

Pero mi pasión por los automóviles no murió. Ya no me gustaban tanto los modelos nuevos. Cada vez que iba a Londres visitaba la multiplicidad de pequeñas ventas de autos clásicos y me encantaban los Bentleys de los años 30. Como cada vez conseguía los precios más altos, tomé la decisión de llevarme un Bentley 4 ¼ litros, 1937, con carrocería Sport Saloon de Park Ward, el mejor auto que jamás tuve. Tenía, desde luego, el volante a la derecha y de sus cuatro velocidades ni la primera ni la segunda estaban sincronizadas, lo cual hacía obligatoria las peripecias del doble embrague.

Cuando años después emigré a Estados Unidos, me resultó muy duro vender mi Bentley ’37, mi Packard convertible ’42 y mi Mercedes Benz 300S Cabriolet ‘57. Pero se trata de una pasión no compartida por las nuevas generaciones. Para mis hijos, el automóvil es un simple medio de transporte.

© AIPE Carlos Ball es director de la agencia de prensa AIPE y académico asociado del Cato Institute.
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