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IMPUESTOS

¿Una tasa sobre las viviendas vacías?

La Confederación de Asociaciones de Vecinos de España (CAVE) —de notoria inspiración comunista— está cabildeando para conseguir la aprobación de una tasa fiscal sobre las viviendas vacías, siguiendo así los pasos de Francia y de Navarra. CAVE informa que el número de viviendas vacías en España asciende a 2,7 millones de unidades. Sin embargo, sus propias estadísticas no cuadran. Sumando las cifras dadas por Comunidades Autónomas por la misma fuente, el número no llega al millón y medio. El objetivo declarado es “promover la exigencia de adopción de medidas frente a la vivienda vacía de carácter especulativo”. El tufillo marxista de esta Confederación se trasluce meridianamente en estas declaraciones: “el problema básico es que la vivienda recibe en muchos casos un tratamiento de mercancía o de bien de inversión. Los poderes públicos no asumen la cuestión de la vivienda de un modo prioritario” (ABC inmobiliario 6-4-2001).

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La idea de que los poderes públicos son capaces de producir bienes con calidad y a bajo coste desafía toda evidencia teórica o empírica. Así nos lo recuerdan tanto el análisis económico sobre la inviabilidad del socialismo de un Ludwig von Mises, como las ilustraciones prácticas de Bulgaria o Albania. Por otro lado, ningún socialista ha demostrado jamás por qué un mercado no intervenido sería incapaz de producir un número suficiente de viviendas de calidad a precios reducidos. Mientras el estado no se inmiscuye en la provisión de vídeos, televisores, ordenadores o maquinaria industrial, dejando libre al mercado para funcionar —y con ello permitiendo que dichos bienes sean cada vez más baratos, de mayor calidad y que estén al alcance de las grandes masas—, no ocurre lo mismo en la provisión de otros bienes considerados “socialmente” preferentes —vivienda, educación, sanidad. No es casualidad que en estos campos persistan los problemas. Decía Bob Hope con gracia. ¿La solución para acabar con los atascos? Muy fácil. Dejemos que el mercado se encargue de construir las carreteras y nacionalicemos la fabricación de automóviles.

Señala CAVE que uno de sus objetivos es sensibilizar a la ciudadanía sobre este asunto. Pues bien, va siendo hora ya de que la gente advierta los efectos de la legislación “social” en materia de vivienda. También consideraremos los efectos del envilecimiento de la moneda.

Apuntaba Joaquín Trigo Portela en un magnífico estudio sobre los Efectos del control de los arrendamientos urbanos (Bienestar social y mecanismos de mercado, Unión editorial, 1996) que la cuantía de viviendas desocupadas, además de mostrar el proceso de pérdida de población en áreas rurales, es buen indicador de los paradójicos efectos de la legislación social en este campo. Así, el porcentaje de viviendas vacías en capitales de provincia que era del 30,5 % en 1981, descendió al 10,9 % en 1991. ¿Las causas? La liberalización de los alquileres autorizada por Miguel Boyer en 1985. Antes de esta liberalización, era mucho más prudente mantener la casa vacía cuando quedaba desocupada, que perderla alquilándola sine die por una cantidad que al poco tiempo resultaría irrisoria.

Desgraciadamente, la Ley de 1994 volvió a la senda intervencionista al prohibir el arrendamiento de vivienda por plazo inferior a cuatro años y al establecer el derecho de tanteo a favor del inquilino en caso de venta. El último precepto incrementó la presión fiscal efectiva de las viviendas alquiladas. Escriturar su venta por debajo del precio del mercado podía significar que el inquilino ejerciese su derecho a este último precio. Medidas tan “sociales” sacaron pues del mercado de alquileres, muchas viviendas. En concreto, aquellas que presumiblemente serían vendidas en un par de años como por ejemplo las que estuviesen en una testamentería.

La dificultades a la hora de desahuciar morosos contribuye enormemente a la multiplicación de viviendas vacías. La pregunta que ni CAVE, ni todos aquellos que critican la especulación inmobiliaria saben responder es ¿por qué esa gente tan codiciosa que especula con la vivienda, renuncia a obtener el fruto de los alquileres? ¿Por qué renuncian quizás a 700.000 ó a un millón de pesetas al año? Me parece a mi que la legislación nos da buenas pistas al respecto.

Existe una necesidad inexorable que lleva al hombre a convertir parte de su renta en patrimonio para más adelante, cuando ha pasado la flor de su vida, poder volver a convertir éste en aquélla. El patrimonio es un medio indispensable para afrontar la vejez, la invalidez y la enfermedad. La conversión de la renta en patrimonio es la manifestación racional y típicamente humana de la ley de la Biosfera según la cual todos los seres vivos sólo pueden sobrevivir y desarrollarse acumulando su sustancia. En el caso del hombre esa sustancia recibe el nombre de riqueza y puede revestir varias formas, según las instituciones legales que pervivan en la sociedad. Mientras la usura estuvo prohibida y se careció de mercados financieros, el oro fue la forma más adecuada de conservar y acumular riqueza sin perder valor. Con la despenalización de la usura y el desarrollo de los mercados de renta fija, la forma de conservar riqueza experimentó enormes cambios. Dichos cambios permitieron que se produjera una acumulación de capital y un desarrollo económico sin precedentes. La miseria dejó de ser algo con lo que el ser humano habría de convivir eternamente. Había surgido el capitalismo. Ahora no era oro, sino la maquinaria y el equipo industrial que respaldaba el préstamo a las empresas, lo que los ahorradores estaban conservando.

Una de las principales víctimas del siglo XX, ha sido la renta fija. Si el dinero pierde la mitad de su valor cada diez años en el mejor de los casos, carece de sentido conservar la riqueza en títulos que dan derecho a tenerlo cuando ya no vale. Si los gobernantes inspirados por Keynes y Marx habían declarado la guerra al dinero, a los ahorradores y a los rentistas, éstos no se iban a quedar de brazos cruzados. También ellos sabían endeudarse en un dinero que no valdría en el futuro para comprar bienes reales y acumularlos. Durante los años 70, asistimos a una brutal redistribución de la riqueza. Las víctimas de Marx y Keynes alimentaron los bolsillos de todos aquellos que huyeron a los bienes reales (pisos, materias primas, arte...), a menudo a través del endeudamiento. Desde los años 70, la gente tiene claro que mientras el dinero sea de papel, conservar la riqueza a través de la inversión inmobiliaria es apostar a ganador seguro. Igual que prohibieron guardar oro entonces, quizás ahora traten de gravar la inversión en inmuebles. En tal caso, otros bienes esenciales serían el destino de esa “demanda especulativa o monetaria”, dado que la necesidad de acumular riqueza es intrínseca a la naturaleza humana. Sólo la rectitud monetaria del oro y la rehabilitación de la renta fija volverá a canalizar la necesidad de acumular hacia la inversión productiva y el desarrollo. Lo demás son tonterías.
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