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EL MUNDO DE LOS CóMICS

X-Men: Tras la Revolución

Hay que reciclarse. Los chicos de Marvel lo tienen muy claro. Si una serie no vende, se cancela. Y si vende pero empieza a perder lectores, se relanza. ¿Cómo? Pues es muy fácil: se ponen unos cuantos anuncios, se monta un crossover, se trae a nuevos autores, se mueve un poco a los personajes, se da la impresión a los lectores de que todo ha cambiado (cuando todo sigue igual) y ya está. Ya hemos conseguido relanzar una serie sin que cambie ni un ápice. Lo de todos los días. Así se resume la “Revolution”, el megaevento que prometía devolver a los mutantes su gloria pasada y atraer a miles de nuevos lectores a las librerías especializadas. Pero vayamos por partes.

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Con la película de los X-Men en el horizonte, Marvel decidió que era la oportunidad perfecta para conseguir nuevos lectores. Y siguió el esquema descrito anteriormente: anuncios, crossover, nuevos autores, movida de personajes, etc. Pero una parte, la de los autores, sorprendió a todo el mundo: el nuevo regidor de los destinos mutantes, el que se encargaría de escribir “Uncanny X-Men” y “X-Men” sería Chris “Patriarca Mutante” Claremont. El mismo que, en los 70, se había encargado de convertir un título de segunda como era “X-Men” en la franquicia más rentable del mundillo del cómic. Así, Marvel podría asegurarse miles de lectores que, tras maravillarse con los mutantes de Claremont en los 70 y 80, y aburrirse con los de Lobdell en los 90, querrían volver a ver las historias que les metieron en el mundo de los tebeos. Y para dar esa sensación de cambio, decidieron hacer que entre el último número de Alan Davis y el primero de Claremont hayan transcurrido seis meses en tiempo Marvel.

Pues bien, sale al mercado el primer número de la nueva etapa de Claremont en X-Men. Los aficionados corren hacia la librería más cercana, entran a toda leche y tiran al suelo a todo el que se les ponga delante hasta llegar a las estanterías. Ahí está, el “Uncanny X-Men” #381 y el “X-Men” #100. Bonitas portadas, enseñando los nuevos grupos. Los fans cogen una copia de cada uno, dejan un billete en el mostrador y se largan sin esperar a que les den el cambio. Llegan a casa. ¿Cuál me leo primero?. Bueno, el “X-Men”, que parece más gordo y tiene una portada más bonita. Con manos temblorosas, abren el cómic. ¡Voy a ser testigo del comienzo de una nueva etapa de los X-Men! ¡Qué emoción!

A ver, a ver... caray, qué dibujos hace Leinil Francis Yu, menudo “crack”. Sigamos... Dios mío, cuánto texto de apoyo, y, total, no dice nada. Bueno, me lo salto y paso a lo importante, o sea, a los diálogos. Buf, ¿por qué tantos monólogos? ¿por qué no explican lo que ha pasado en estos seis meses? ¿cómo pueden haberse tirado tanto tiempo haciendo reparaciones en una estación espacial? ¿quién es ese nuevo miembro? ¿dónde están Lobezno, Médula y Arcángel? Bueno, pues me tendré que leer los textos de apoyo también, qué rollo. (Pasa media hora) ¿Cómo? ¿¡Tampoco viene en los textos de apoyo!? En fin, pasemos a la acción. Vaya, se suelta un trozo de metal en el espacio, qué... emocionante. A ver... (se pasan las páginas) ¡ah, esto está mejor! ¡el novio de una miembro es un saboteador! ¡ahora sí que va a haber acción!... Er, pues tampoco, el malo escapa y deja una bomba. Bueno, al menos tendremos la emoción de verlos escapar por los pelos... vaya, ni siquiera eso. ¡Ah, se dejan a un protagonista detrás, podremos ver cómo sobrevive a una situación delicada! ¿Tampoco? Bah, menuda decepción, me voy al cine (arroja con desdén el tebeo a la basura y se larga de casa, pensando con mayor fuerza que nunca que el cómic como medio desaparecerá en un par de años).

Representativo, ¿verdad? Pues esto es todo lo que tiene que dar la “Revolution” en los X-Men: incontables textos de apoyo (a ver si se entera, Mr. Claremont, de que el dibujante está ahí para que usted no tenga que describir con todo detalle un escenario), aventuras confusas y sin una pizca de interés, villanos sosos como ellos solos (¿Hermanas Retorcidas? ¿quién en su sano juicio se llamaría así?) y unos personajes que sienten un deseo irrefrenable de hablar consigo mismos durante horas. Y, para colmo, uno de cada dos números es dibujado por el impresentable Tom Raney en lugar de los maravillosos Francis Yu y Adam Kubert.

En definitiva, la “Revolution” ha sido una gran decepción que ha dejado a más de un lector desconsolado. Claremont no ha sabido darles a estos cómics la magia de que estaba impregnada su primera etapa al mando de los mutantes, y por una vez se echa de menos a un editor que le pare los pies y le diga cuándo debe dejar de escribir diálogos superfluos. Queda como esperanza el ver qué tal se ha dado la “Revolution” en los otros títulos mutantes, pero, si es como en los “X-Men”, no vamos a tardar mucho en ver el próximo relanzamiento...
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