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Construir una escuela en África

Preferimos seguir gastando dinero en construir bibliotecas, escuelas y hospitales, sin caer en la cuenta de que no funcionarán. Aunque sea tan absurdo como pensar que para tener una universidad como la de Harvard basta con replicar sus edificios.

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Tim Harford contaba en El economista camuflado un gráfico ejemplo de por qué la ayuda externa no permite que África se desarrolle. En Camerún, país centroafricano devastado por un gobierno totalitario, el autor visitó una moderna biblioteca construida gracias a un programa de ayuda occidental. La biblioteca era una especie de versión reducida de la Ópera de Sidney en la que no habían reparado en gastos. Sin embargo, cuando entró en el edificio descubrió que, pese a tener tan sólo un par de años, la biblioteca estaba arruinada. Las fuertes lluvias la habían inundado tantas veces que más bien parecía un invernadero ecuatorial. Ni rastro de libros, ni por supuesto de lectores, sólo vegetación. La biblioteca estaba abandonada. Pese a que el edificio fuese espectacular el día de su inauguración, las organizaciones occidentales que hicieron el esfuerzo de construirla para fomentar la lectura no cayeron en la cuenta de que para construir una biblioteca no vale con levantar un edificio. Es necesario, sobre todo, que tenga un propietario.

Este ejemplo me traía a la cabeza el vano empeño con el que tantas organizaciones y ejércitos occidentales presumen de construir escuelas en África u Oriente Medio. Se limitan a erigir un edificio, en ocasiones vistoso, y ponen "colegio" en el cartel de la entrada. Pero para que los locales puedan disfrutar de una escuela, el edificio es lo de menos. El verdadero cimiento para implantar un buen colegio, o universidad, es generar la confianza suficiente a los padres de que si llevan a sus hijos, diez años después saldrán con una formación adecuada. La educación siempre es una inversión a largo plazo a cambio de un intangible, aunque nuestro subconsciente tienda a relacionar el servicio de la enseñanza con el edificio. Para que se cumpla esto es necesaria, como en casi todos los problemas de desarrollo, la propiedad privada. Y para ello unas instituciones que la respeten y la protejan, no que la ataquen.

La receta puede parecer sencilla, pero es enormemente complicada de aplicar. Para construir una escuela es necesario que alguien esté dispuesto a gastar dinero anualmente para pagar a buenos profesores. Que sea capaz de atraer a los padres y convencerles con un buen servicio. Y sólo alguien que tenga que vivir de gestionar adecuadamente una escuela podrá garantizar una formación eficaz para los lugareños. Un gobierno que no respeta la propiedad privada como el de Camerún, o tantos otros, bloqueará la educación de su país. Este problema que los occidentales tienden a infravalorar, cuando no a negar, es la mayor causa de pobreza en el mundo. Preferimos seguir distrayéndonos gastando dinero en construir bibliotecas, escuelas y hospitales, sin caer en la cuenta de que no funcionarán. Aunque sea tan absurdo como pensar que para tener una universidad de la calidad de la de Harvard, basta con replicar sus edificios.

Ignacio Moncada es ingeniero industrial por ICAI y trabaja como analista financiero de inversiones en Nueva York.

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