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Humo

La meta confesada por el presidente ya era un mal punto de partida, que era dictar un cambio de modelo productivo. Es evidente que esto no puede decidirlo un Gobierno, por totalitario que quiera llegar a ser.

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Unos estaban ilusionados y otros se temían lo peor. Pero todos, al final, han acabado de acuerdo en que la Ley de Economía Sostenible es un tiro errado. Es un paquete sin medidas ni reformas, repleto de ocurrencias y contradicciones. El Gobierno es consciente de que su proyecto económico no triunfa en ningún rincón ideológico de la sociedad, y por eso decidió presentar su ley estrella un viernes por la tarde. Cuando la gente termina sus semanas laborales, prepara el fin de semana y se frota las manos con el Barcelona-Real Madrid, en lo último que piensa es en lo que se trae entre manos Rodríguez Zapatero.

Hace tiempo que al presidente del Gobierno le falla lo único que le ha mantenido siempre a flote, que son los fuegos artificiales. Antes, cuando se veía acorralado, se sacaba un conejo de la chistera que le daba oxígeno para varias semanas. Ahora le salen muertos. Esta ley se lleva anunciando meses y se ha estado vendiendo como el antídoto infalible contra la crisis económica. Ha creado expectativas entre el electorado natural del PSOE, que ahora está más desencantado que nunca. Y a la hora de la verdad, Zapatero ha asumido que tiene la pólvora mojada, y ha preferido que una ley tan decepcionante se ahogara entre las noticias deportivas del fin de semana.

La ley es un cajón de sastre, un recipiente que recoge todo tipo de ocurrencias sin ningún criterio, sin rumbo hacia el que dirigirse. Apila ideas que parecen anotadas en cinco minutos y que persiguen objetivos contradictorios. La meta confesada por el presidente ya era un mal punto de partida, que era dictar un cambio de modelo productivo. Es evidente que esto no puede decidirlo un Gobierno, por totalitario que quiera llegar a ser. El comunismo giraba en torno a la pretensión de controlar el modelo productivo, y el fracaso llevó a la miseria a millones de personas. Aún después de la caída del Muro, el socialismo superviviente conserva tics de lo que fue su ideario, y este intento del PSOE de definir por ley el modelo productivo es uno de ellos.

Tal vez la medida más llamativa de este proyecto sea la limitación por ley de las temperaturas en edificios privados. Con la excusa de ahorrar energía, el Gobierno se permite meter la mano en el termostato de oficinas, comercios o bares, regulando de forma directa el bienestar de acuerdo a criterios políticos. Esto, además de ser un caso preocupante de despreocupado intervencionismo, no persigue ningún objetivo final. Si lo que se pretende es reducir la factura energética de España, esta medida va en dirección contraria al permanente encarecimiento de la energía en que se empeña el Gobierno. Esto es lo que se logra al cerrar centrales nucleares mientras se obliga a instalar fuentes de energía que provocan pérdidas económicas, como la fotovoltaica, sin llevar a cabo ningún estudio económico del modelo. Si en lugar de limitar el consumo de energía se procurara abaratarla, la economía española sería un poco más sostenible.

El anterior es un buen ejemplo de la tónica general del proyecto estrella de Zapatero. Parches sueltos, deslavazados, reunidos de forma desordenada lastrando la economía española. Entre tanta confusión de ideas repetidas o ineficaces, se adivinan medidas positivas, como algunas deducciones fiscales, que son devoradas en un mar de contradicciones. Al final, la Ley de Economía Sostenible ha quedado en nada. Ni es buena para la economía ni es sostenible. No pasa de ser un anuncio sin pegada, una consigna vacía que sólo beneficia a los que vendían ese humo. Es tan volátil, tan gaseosa, que me recordó al símil de Josh Lyman, personaje de la serie El Ala Oeste de la Casa Blanca: es como tratar de acabar con el tabaquismo limitando la venta de cajas de cerillas de un determinado color. O sea, puro humo. Nada.

Ignacio Moncada es ingeniero industrial por ICAI y trabaja como analista financiero de inversiones en Nueva York.

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