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La trampa inflacionaria

De este deterioro del valor de las monedas, ganado a pulso con las políticas inflacionistas del BCE y la Fed, no es responsable el tendero de la esquina ni las perversas gasolineras. Los responsables de esta trampa inflacionaria viajan en coche oficial.

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En un artículo anterior en Libertad Digital opiné que el presidente del Banco Central Europeo debería ser siempre un alemán. Y es que tal vez el principal freno a las políticas inflacionarias en Europa sea la filosofía monetaria germana, encabezada por el presidente del Bundesbank, Axel Weber. Sin embargo, dicha corriente económica está perdiendo la batalla ante las presiones políticas. Weber, que era el principal candidato a sustituir a Jean-Claude Trichet en la presidencia del BCE, ha anunciado que el próximo 30 de abril será su último día como presidente del Bundesbank, enterrando la posibilidad de dirigir los designios de la maltrecha moneda común europea. Éste era el deseo de la gran mayoría de los políticos europeos y los miembros del BCE, que veían en Weber un impedimento para proseguir en la senda de corrupción monetaria que hasta ahora ha imperado en la zona euro.

Axel Weber criticó abiertamente la inyección masiva de dinero mediante la compra de deuda pública durante la crisis de deudas soberanas. También se opuso frontalmente ante la posibilidad de que se emitieran eurobonos, instrumento que incentivaría la irresponsabilidad fiscal al igualar a los países que gestionan bien sus finanzas públicas con los que despilfarran lo que no tienen. Todas esas medidas que tanto gustan a los políticos irresponsables –valga la redundancia salvo en honrosas excepciones– tienden a generar una falsa primera sensación de alivio económico, para después ponerse de manifiesto, en forma de inflación, que todo se debía a la artificial impresión de papel moneda. No es sorprendente, por tanto, que escasos meses después de que en Europa, al igual que en Estados Unidos, comenzaran a inyectar dinero de forma masiva, la inflación se haya disparado de forma espectacular en tan poco tiempo.

La verdadera causa de la inflación suele quedar protegida tras los argumentos de quienes en el fondo son partidarios de las políticas inflacionarias. El diario El País nos ofrecía recientemente una gran reflexión económica en el editorial titulado Latigazo inflacionista: "Las causas de esta subida brusca y súbita de los precios son el encarecimiento de la energía (la luz y los carburantes) y de los alimentos". Es decir, que la causa de que los precios suban es que... ¡los precios suben! Parece un comentario inocente, pero no lo es. Es muy habitual en épocas de alta inflación que señalen con dedo acusador hacia las mercancías para que creamos que son los malvados empresarios y especuladores los que han decidido subir sus precios. Probablemente para fastidiar, ya que lo único que conseguirían sería vender menos. Así, haciendo palanca con este argumento, de inmediato se lanzan a pedir más intervención del Gobierno en la economía.

Sin embargo, es evidente que el problema no reside en el lado de las mercancías. La energía, los alimentos, las materias primas o los servicios no son hoy más valiosos que ayer. El problema es que las monedas a las que se referencia el precio, ya sea el dólar o el euro, ahora valen menos. Y de este deterioro del valor de las monedas, ganado a pulso con las políticas inflacionistas que han desarrollado el BCE y la Fed, no es responsable el tendero de la esquina ni las perversas gasolineras. Los responsables de esta trampa inflacionaria viajan en coche oficial. Y ahora, con Weber en fuera de juego, actúan con un poco más de impunidad.

Ignacio Moncada es ingeniero industrial por ICAI y trabaja como analista financiero de inversiones en Nueva York.

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