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Sin noticias

Los gobernantes sueñan con un país de desencantados, de abstencionistas, en el que a los ciudadanos cada vez les interese menos controlar los mecanismos de poder.

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La Semana Santa pasa como un paréntesis de actualidad, una válvula de alivio sobre la batalla del día a día. De vez en cuando es necesario pararse y descomprimir la presión acumulada. No sólo en nuestros trabajos, en nuestros estudios, o en la cada vez más cotidiana tarea de buscar empleo. También se hace necesario descansar en el seguimiento de la actualidad política y económica. Durante los días de vacaciones florecen las noticias de sucesos, abundan los comentarios sobre el tráfico o el tiempo. Éstos son maderos flotantes en la mar informativa, que permiten a uno, al menos, coger aire para zambullirse de nuevo ahora, de regreso a la normalidad.

Se suele decir que la mejor noticia es que no haya noticias. Es posible que en algunos casos sea así. Es tentador pensar que escuchar a los políticos presumiendo de su mediocridad a diario es un martirio que cuando cesa se agradece. Pero en otros casos la ausencia de noticias puede ser una mala noticia. España se encuentra varada en la orilla de la crisis económica, despuntando en las listas mundiales del desempleo. La letal combinación de una recesión galopante, un sistema institucional inoperante y unos dirigentes políticos incompetentes va inyectando lentas dosis de pobreza a un país al que se le trata de extirpar la esperanza. En ese contexto es alarmante que el debate económico se haya diluido lentamente, como si en silencio hubiéramos admitido que no existe remedio.

Deberíamos estar debatiendo las reformas necesarias para darle la vuelta a esta situación. No hace mucho, Zapatero prometió un pacto económico que nos sacaría de la crisis. Desde el principio quedó claro que no era otra cosa que una operación política de diseño, un ejercicio de minimalismo gestual que sólo buscaba un egoísta balón de oxígeno para el Gobierno. Prueba de ello es que los estilistas políticos del PSOE se apresuraron en bautizar las negociaciones con un nombre con pegada, los Pactos de Zurbano, pero nunca llegó a escucharse ni una palabra del contenido de dicho acuerdo, más allá de los reproches de turno. Tan sólo el hecho de que el capitán que pilota las negociaciones es un táctico vacuo, un prestidigitador gris tan ajeno al funcionamiento de la economía como Pepiño Blanco, es indicador suficiente del poco interés que tiene el Gobierno en sacar esto adelante.

Los gobernantes sueñan con un país de desencantados, de abstencionistas, en el que a los ciudadanos cada vez les interese menos controlar los mecanismos de poder. Al ver esa maraña de corrupción que cada vez enreda a más políticos de todos los partidos al tiempo que dan lecciones de ética, no es de extrañar que los españoles busquen una semana de santa tranquilidad informativa. Una época sin noticias.

Ignacio Moncada es ingeniero industrial por ICAI y trabaja como analista financiero de inversiones en Nueva York.

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